Cómo me rompieron las pelotas durante toda la carrera esos pendejos de papá, cajetillas del orto. La verdad, no se qué se creían: ¿que eran más vivos, más guachos, más bonitos, más algo? ¿O era nomás que los muy putos sabían que no necesitaban nada de eso, que por ser hijos de los que eran ya la tenían mucho más fácil que lo que los tipos como yo la podíamos tener por más que nos rompiéramos el upite en cuatro partes? ¿O, peor, ni siquiera tenían que pensar esto o lo otro, era que eran así de fábrica, que desde siempre los habían amaestrado para no pensar por qué eran mejores sino que eran mejores, así nomás, sin molestarse en preguntarse las razones? Tantas veces los odié, tantas los envidié. Me gustaba esa mezcla, la cercanía de la envidia y el odio. Hasta llegué a pensar, en algún momento, que uno solo puede odiar lo que envidia, que solo podés odiar algo o alguien que realmente querrías para vos y no lo conseguís, y entonces envidia y odio son la misma cosa. No sé, tendría que repensarlo, algunos dicen que a menudo odiás algo por demasiado distinto, pero yo creo que si no tiene algo que vos querrías tener seguramente no lo odies, y por eso se podría decir que no hay ninguna emoción tan útil, tan productiva como esa: cuando envidiás y odiás a algo o alguien hacés tus mejores esfuerzos por parecerte a eso, a ese, y el sentimiento te hace avanzar, ser mejor en la vida. Lo curioso es que mientras no lo conseguís lo descalificás –no, son unos pelotudos, es una pelotuda– pero después si llegás a ser así esas mismas cosas te parecen tus mejores cualidades. En fin, me encarajino. Pero está claro que la pasé mal y está claro que la mayor parte de lo que traté de hacer en la vida fue para ser uno como ellos –o si pudiera, ser uno de ellos– y está claro que no lo conseguí del todo pero hubo veces en que me acerqué bastante. Y lo más raro todavía es que en esos casos no me daba la satisfacción que había esperado sino unas ganas extraordinarias de cagarlos, de decirles ah, vos creías que yo no podía ser uno de ustedes, mirá cómo puedo y cómo les hago escupir sangre por el culo, pelotudo. Es raro pero no sé si es raro: al fin y al cabo, ser uno de ellos es saber que nadie te va a poder joder y querer joder a todo el mundo, y conseguirlo. No quiero usar la palabra venganza, que me parece tan vulgar; hablemos de adaptación, de éxito, que da tanto más fino.