Yo los amo, pero ahora ví que ellos tampoco saben vivir la libertad. En eso me había equivocado, yo creía que eran otra cosa. Es algo que me pasa mucho en la vida, esto de imaginarme que los otros, personas o animales, son mejores que lo que son. A los perrros se ve que también los tenía idealizados, con eso de que no tienen que hablar con nadie y pueden vivir como quieren y esas cosas, pero no: resultó que todos esos perros de la calle andaban vagabundos porque no tenían más remedio, pero lo que querían era volver a ser unos mantenidos, volver a la vida que debían tener antes, de cucha y galletitas asquerosas y paseo para echar un cago dos veces por día, siempre con correa y a veces con bozal, y sabiendo que a cambio le tienen que chupar las medias o lo que sea a su patrón, a su patrona. Al final son tan sometidos como cualquier ser humano. Yo les doy esa libertad de ir y venir, de vivir realmente como quieren y no les gusta, se van, me dejan. Sí, es cierto que no siempre puedo darles toda la comida que quieren, pero no es nada personal, a mí también me pasa muchas veces y sin embargo la sigo peleando. Ellos no: se me van, los muy hijos de puta, quieren un amo, quieren ser de algún dueño, pobres bestias. Y eso que yo a todos los traté siempre bien. Les cuento cosas, les presto atención, les doy calor: si hasta me acostumbré a dormir abrazado al perro para que no pase frío, que a veces es tan incómodo pero yo lo hago igual para cuidarlos, y todo el cariño y las caricias que les doy, que a veces me lo agradecen y se tiran panza arriba pero más de una cuando le hacía cariñitos por ahí se puso a gruñirme, me mostró los dientes la muy turra. En fin, que me decepcionaron también los perros, y era lo único que me quedaba, o casi. Primero me decepcionaron las mujeres, después los hombres, después ellos, después a veces yo. Pero yo siempre me recupero, porque sé que estoy haciendo todo esto porque tiene sentido, porque la libertad siempre tiene sentido. El problema es que aprendí que al final los que sabemos qué es la verdadera libertad somos muy poquitos. Y menos todavía los que estamos dispuestos a abandonar todo por ella, como yo. Ya otros entenderán mi ejemplo, seguirán mi ejemplo, buscarán sus libertades, y entonces mi vida por fin tendrá el sentido que le estoy buscando. Ahí sí que voy a descansar en serio y, en una de esas, hasta me consigo una perra que se quede conmigo. Ese sería mi sueño pero ahora ya aprendí: si la consigo, la voy a atar a un poste para que no se vaya nunca más.