Y claro que lloraba o lloriqueaba. Y más que habría llorado o lloriqueado de no haber sido porque traté de contenerme, de que esos hijos de puta no me vieran lo quebrado que estaba, el miedo que tenía. Pero llamarlo miedo es como una agachada. No era miedo: era saber de pronto –pero saber, saber en serio– que acaba de pasar algo que te va a cambiar tu vida, algo que no tiene vuelta atrás, cerrado, sin salidas, y que además te acaba de pasar porque sos un boludo, porque ni siquiera fuiste capaz de imaginar que pasaría y cuidarte un poco, porque te creíste que siempre ibas a poder controlar todo y de repente te das cuenta de que estás en un brete donde no controlás ni tus esfínteres, donde estos hijos de puta pueden hacer con vos lo que quieran, te pueden cagar a trompadas si se les da la gana, te pueden dejar tres días ahí atado sin agua ni comida, te pueden escupir o mear encima pero, sobre todo, pueden decidir que vas a estar cinco años preso. Cinco años preso, la concha de la lora, cómo pensar, imaginar siquiera pasarse cinco años preso, maltratado, rodeado de una manga de turros que vaya a saber lo que van a hacer conmigo. Mearte, cagarte a trompadas, encerrarte años: casi ni importa lo que hagan, lo que importa es que pueden hacerte cualquier cosa, lo que les dé la gana; lo que importa es que vos ya no tenés ningún control, estás vendido, sos un muñeco para ellos. Eso sí que nunca se me había ocurrido. Por eso, claro, lloraba o lloriqueaba, y era poco. Lo raro es que uno igual quiera seguir viviendo: de puro cagón, nomás, puta gallina.