Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Me gustaba sobre todo ese momento en que los billetes bailan. También era lindo, es cierto, ver a aquellos cajeros que se ponían unos manguitos de tela gris sobre los puños de las camisas y una visera negra o verde y tenían una almohadilla redonda donde iban mojando los dedos y contaban billetes a una velocidad extraordinaria, pero cuando llegaron esas máquinas les rompieron el orto. Qué placer poner un fajo de dólares en ese aparatito y ver cómo, en un segundo, te dice con precisión absoluta cuántos son, lo mismo que uno de esos cajeros con visera habría tardado quién sabe cuánto y siempre con el riesgo del error y siempre con la cara de otra vez venís a romperme las pelotas. En cambio la máquina lo hacía todo y no te reprochaba nada y encima te regalaba esa especie de remolino de billetes, esa pequeña tempestad de viento dólar que de pronto se aquieta para decirte estos son, aquí están, son todos tuyos. Y era muy fuerte sacarlos de la máquina y saber que tenías, por ejemplo, diez mil dólares en ese fajo que se iba a agregar a otros fajos de diez mil cada uno y de pronto tenías en esa mesa, en ese bolso, medio millón de dólares, un millón, quién sabe. Billetes, más billetes, más billetes, con ese verde que es el color de lo que ya va a madurar, de la esperanza y la armonía, aunque algunas mujeres intenten afanarlo. Nada, verde, viento de billetes, ladrillos de billetes: te dicen que te acostumbrás, que pasan a ser una materia tan banal como cualquiera, que son fugaces, que siempre se los tenés que dar a otro o guardar en una caja de la empresa y terminan siendo papeles como tantos: es mentira. Para mí nunca dejaron de ser miles y miles, millones, la posibilidad de comprarte todo lo que querés, de cagarte en tus jefes y patrones, de demostrarle al mundo que no sos lo que creen. Nada me gustaba más que eso: la idea de demostrarle al mundo que no soy el que creen. Entonces la tentación siempre presente de agarrar un buen bolso y llenarlo y rajarme de una vez por todas, la idea de que seguramente no lo hiciera pero la presencia de la posibilidad que hacía que cada momento fuera la elección de no hacerlo o la postergación: ahora no pero quizá la próxima. Y el olor, sobre todo: me habría quedado horas disfrutando ese olor, esa mezcla de tintas y papeles y manos que han tocado, manos en los cinco rincones de la Tierra que los han tocado, que los tuvieron con el respeto con que se tiene lo que importa y los apretaron quizás entre sus dedos, fueron dejando hebras de su cuerpo: su olor, antes que nada, su perfume perfecto. En un dólar, en el olor de un dólar, está el mundo.