Qué verdad tan verdadera, ¿no? Es cierto que acá no se puede vivir. Es un país de mierda: siempre tirándote para abajo, siempre embarrado de rencores y de envidias, siempre alguno que piensa que si él no la hizo, mejor que ninguno la haga y, sobre todo, siempre estos políticos que nos roban, nos engañan, nos la meten doblada hasta el caracú y nosotros nos dejamos; debe ser que un poquito nos gusta, ¿no?, porque si no no se entiende que los vengamos soportando desde hace tantos años y que nos dejemos coger todas las veces sin decir ni mú. Oíd mortales, dice el famoso himno, pero del grito sagrado acá hace mucho que no sabemos nada, otra que libertá libertá, si la libertá la tenemos de adorno, no la usamos para nada porque lo que queremos es ser esclavitos bien tratados, que nos den todo hecho y después poner cara de vivos, de cancheros que se la rebuscan de puro bananas. Truchos, eso es lo que somos, mentirosos que hablamos de libertá y de rotas cadenas pero bien que nos gusta que las arreglen y nos las vuelvan a poner. La verdad que hay un momento en que te cansa, que ya no soportás, y nunca se sabe cuándo puede ser, cualquier pavada, una cola que dura media hora más de lo que debería, un funcionario de cuarta que te atiende como si fueras paraguayo, un policía que se deja coimear y el que lo está coimeando sos vos mismo, un presidente que sale por cadena para decir otro bolaso de esos astronómicos, en fin, que de pronto todo te explota y decís no era una frase, no, esa no era una frase, era cierto que acá en este país no se puede vivir. Y sin embargo te quedás. Bueno, yo me quedo: yo nunca pude pensar en vivir en otro lado. ¿Qué carajo me ata? Dejémosnos de joder con la pavada esa del patriotismo: yo, acá, en un pueblo perdido de Córdoba, vendiendo perros, hago tanto por la Argentina como el camarada Zlotan Kuligorsky en su barrio de Vladivostok. El patriotismo es otra cosa, que ojalá me saliera. Yo acá vivo, nomás, me dejo vivir, no hago nada especial ni por la patria ni por nadie, ya bastante laburo es pagar el techo y comer todos los días, pero es cierto que no me puedo imaginar viviendo en otro lado. Mirá si va a haber algún lugar tan lindo como el nuestro, con la carne que tenemos acá, con la pasión que tenemos acá, con las minas que tenemos acá, los paisajes, el fulbo, nuestra música. ¿Y además qué voy a hacer? ¿Me voy a ir a un lugar donde todos hablen en un idioma raro, o por lo menos con un acento raro? ¿Un lugar donde tendría que aprender todo de nuevo, los lugares, los carteles, las costumbres, lo que dicen las caras? No, yo ya no estoy para esas cosas, nunca estuve. Yo necesito –sí, la verdad que necesito– mi lugar, un lugar donde sé qué significa cada cosa, uno donde entiendo todo al toque, donde no me van a meter el perro así nomás. Si vamos a hablar de patria, eso es la patria: el lugar donde no te van a meter el perro así nomás. Y, si te lo meten, sabes quién y por qué y por lo menos sabés que se lo están metiendo también a otros millones, tus compatriotas, tu gente, y ahí ya te sentís distinto, acompañado. ¿La patria será el lugar donde nos cogen de a montones?