Sí, es verdad: me he pasado la vida imaginando cosas que no son lo que son. Yo mismo, por ejemplo: siempre me he creído que soy un tipo más o menos piola, más o menos inteligente y desenvuelto y el mundo siempre me dice lo contrario y yo me convenzo de que el que se equivoca debe ser el mundo, nunca yo. ¿Pero qué iba a hacer, aceptar lo que siempre me dijeron mis viejos, que soy un inútil completo, un bueno para nada, y pasar por la vida con esa idea y esa carga? Capaz que otros lo hacen; yo no podía. Así que siempre tuve que inventarme cualidades que no tenía, capacidades que se me escapaban, para contrarrestar todo ese lastre. Y sí, imaginar que las cosas no son lo que son. De todas formas: ¿quién dice cómo son o no son las cosas? ¿No se podría discutir interminablemente sobre cómo es o no es tal o cual? Quizá por eso me gustó la economía: porque ahí no es cuestión de opiniones. Sí, claro, se puede opinar sin fin sobre los métodos, los modos y maneras, pero llega un momento en que las cuentas dan o no dan, en que la acertaste o la pifiaste según el veredicto implacable de los números y ahí sí que no podés decir más nada. La economía es franca, sincera, no como esos chamuyeros de los intelectuales que se inventan una teoría para decir que X y otra enseguida para decir que menos X y les da todo igual mientras parezca que ellos la manejan. Pero sí, es verdad, a mí también me gusta imaginarme cosas que no son lo que son: me gusta imaginarme convertido en un faraón egipcio, con mis gorras de semidiós y mis esclavas con tules transparentes, o en el jefe de una tribu de trogloditas que están a punto de inventar un arma con un hueso como en esa película que no me acuerdo el nombre, o incluso como un león, digamos, o un leopardo, aunque el león me gusta más porque es más majestuoso, no una leona que son peladas y muestran cómo las hembras son siempre menos que los machos, no, un león con toda su melena despejando la sabana con el miedo que produce su rugido. Eso me gusta: imaginarme cosas. Total, imaginarse es gratis y si algo sé es que no voy a ser ni un faraón ni un león ni un jefe troglodita, así que a quién le importa…