Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Qué impresión ver a esa máquina perfecta en movimiento: sus músculos, sus colmillos, la tensión de sus ojos, el poder de sus patas, la fuerza arrolladora de su cuello. Qué placer verlo en ese cuadrado de arena donde ningún perro se le resistía, donde cada noche tardaba menos en cerrar sus dientes sobre el cuello del otro, humillarlo y que el otro se entregara, que se tirara al suelo para decir que no podía, que aceptaba que Sansón era más fuerte. Y, junto con eso, su docilidad para volver a mi costado moviendo el rabo y sonriéndome, esperando su caramelo o su terrón de azúcar como un chico que se sacó un diez en una prueba, y su alegría cuando lo acariciaba y lo felicitaba y le limpiaba, las pocas veces que tenía, algún rasguño que le sacara sangre. Era tan tierno su agradecimiento cuando le curaba esas heridas: se lamía la sangre, me lamía la cara, nos unía en esas lamidas compartidas, y yo lo sentía más cerca que nunca. Y nada me gustaba más que ver cómo esa fiera intratable, esos cien kilos de potencia que acababan de acabar con otra fiera, se transformaba de pronto en una dulce ovejita cuando se sometía al amor y al poder de su dueño, más tarde, cuando volvíamos a casa y yo le contaba mis historias y mis dudas y escuchaba con toda atención lo que él tenía para decirme con sus patas, con sus ojos y su lengua y demás gestos, y para aconsejarme y convencerme. Tantas veces pensé que si hubiera una hembra –mujer, perra– que fuera una mezcla de Karola y Sansón sería perfecta. (Y alguna vez, lo voy a confesar, me los imaginé juntos engendrándola: era espectacular, lo más erótico que vi en toda mi vida.)