Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Yo no sé si son siempre así de improvisados o es que conmigo se sentían seguros. Pero esto de que me den la guita y me maquillen las ojeras y la papada y me manden al aire sin decirme qué quieren que diga, sin ninguna instrucción, me pareció muy raro. Bueno, en estos programas todo es raro. Uno se cree que controlan más, que están controlando casi todo y lo único que controlan en serio es el pirulo ese que les dice cuántos espectadores tienen. El resto, en el momento, me parece que les importa tres carajos. Lo que más disfrutamos, ellos y también yo, es el remolino que hace el productor cuando ve que estás midiendo bien: empieza a revolear los brazos como un muñeco descompuesto para decirte que sigas, que sigas, y a mí me encanta, es como si me metieran otra raya en la nariz, o más de una: me calienta ver al tipo revoleando, saber que estoy haciendo una que marcha, darle más y más fuego. Y a veces ahí me sale lo mejor, porque al principio digo lo que ya sabía que iba a decir, más o menos lo que había pensado, pero cuando tengo que alargar me largo e improviso, le meto para cualquier lado y ahí sí que la rompo, parece como si tuviera un ejército de hijos de puta en la cabeza que se pelean por salir y decir sus cositas, tirar sus tiritos, mear para todos los costados. Puta madre, cómo lo disfruto. Qué polvo ver que me escuchan, que me dan bola, que quieren más y más y más de mí, que no pueden cansarse de mí, que me volví su guarango favorito. Nunca había ganado tanta guita tan fácil: ahora entiendo por qué los políticos y todos esos hacen lo que hacen; no laburan tres carajos, gritonean tres boludeces y se forran. Y lo mejor es que yo grito contra ellos y me creen: a mí, que estoy haciendo igual que ellos, los puteo y la gente me cree. La verdad, a veces pienso que tengo un dios aparte. O será el pobre Sansón, que me cuida desde arriba, allá, al lado del barbudo.