O me dejé engañar, que es lo más fácil que una persona puede hacer con ella misma. A mí, la verdad, me resulta difícil creerme este verso de que acá estamos los que hemos renunciado a las cosas que no importan para concentrarnos en lo importante de la vida: comer, dormir y no hacer una mierda. No lo creo: lo que creo es que somos una banda de ratas y ratones y avestruces que nos conformamos con la mierda que tenemos, algunos porque intentamos otras cosas y no nos salieron, otros porque nunca tuvieron la capacidad o los huevos para hacer nada más, otros porque nunca se les ocurrió, porque nadie les dijo que pudieran hacer nada más, otros porque son tan vagos que solo la idea de hacer algo más los deja muertos. Eso somos: los que nos rendimos. El problema es que, en este mundo tan conchudo, se podría discutir mucho si es mejor seguir peleando, con tantas posibilidades de perder, o rendirse de una vez por todas y no pasarse la vida amargándose al pedo con todo lo que intentás hacer y no te sale, no dejan que te salga, no te sale. Y al mismo tiempo, qué bueno no apretarte con que tenés que conseguir esto o lo otro, no tener obligaciones pelotudas, no tener más que esta nube de pedos en que nada importa demasiado. Y, también al mismo tiempo: ¿se imaginan qué mierda que habría sido el mundo si todos los hombres hubieran pensado así? ¿O sería al revés y no habría habido ni una guerra ni un genocidio ni nada de eso y seguiríamos viviendo de los frutos silvestres y los conejos distraídos? Yo qué sé, y a mí qué me importa. Yo sé que si alguien quiere pelear que pelee; yo no me voy a dejar engañar por esos hijos de puta que te dicen que pelean por vos, que vayas, que los sigas y después resulta que lo único que les importa son sus cuentas, sus minas, sus aviones. A mí con esa no me agarran más, ninguno, y menos que ninguno esos que dicen que también van en contra de los que te curran: uy, esos son los peores por goleada.