Durante años y años mi pelo fue mi enemigo principal. El muy puto fue rubio hasta mis once o doce años, y gracias a eso tuve que soportar que todos los turros del colegio me llamaran Rubito, tenía las bolas llenas. Pero después le dio por empezar a oscurecerse. Y yo, en lugar de aprovechar la oportunidad para alejarme del mote y de aquel pibe y convertirme en otra cosa, reaccioné como un boludo: decidí que quería seguir siendo ese imbécil y que quería seguir siendo rubio, con las armas que fueran necesarias. Mientras estuve en casa fue un quilombo: me teñí más de una vez con un agua oxigenada que había en el baño, que me dejaba unas manchas muy raras. Mi viejo no se enteraba, pero mi vieja sí y dos o tres veces me amenazó con cosas si seguía usándole ese agua. Pero era la época en que yo ya la tenía medio controlada: cuando me decía algo que no me gustaba yo le decía dos o tres nombres, que seguro que a alguno de esos se lo estaba cogiendo, y la muy puta se iba al mazo. Acá en Guatemala fue más fácil: me habían recomendado un peluquero muy discreto en la capital, así que dos veces por mes agarraba el bocho y me iba a su peluquería, a un reservado, y el tipo me renovaba las colores: yo era rubio, inconteniblemente rubio, rubio natural de esa naturaleza que crece en los frascos. Después, con el tiempo, entendí que todos mis compañeros sabían que me teñía –tenían que saberlo, me veían en las duchas– pero tampoco les parecía un problema: yo creo que algunos de ellos ni sabían que se podía ser rubio sin teñirse, creían que esa era la única manera, y no se calentaban. O sea: que una vez más laburé al pedo.