Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Nunca entendí por qué a los hinchapelotas de los curas les molestaba tanto que nos hagamos una buena paja. Y que hasta se inventaran esa pelotudez de los pelos en las palmas de las manos, que me hicieron pasar años preocupado, buscando a ver si me salían, y todavía alguna vez cuando no me doy cuenta me las miro y me siento el más tarado de la cuadra. ¿A ellos qué carajo les importa? ¿Qué problema tenían con que uno se sacudiera bien el trozo, mirara cosas, se imaginara cosas, la pasara lindo y se pudiera ir a dormir tranquilo? No creo que fuera, como decían algunos, envidia de la competencia: que alguno de los pibes que les gustaba toquetear o incluso culear se hiciera una buena paja nunca les impidió nada. Era como si quisieran tener la exclusiva, no sé, pero las pajas y los toqueteos iban por carriles diferentes, las pajas eran nuestras y los toqueteos eran de ellos, así que no tenían por qué preocuparse ni un poquito. Y, encima, cuanto más nos pajeáramos nosotros más preparados íbamos a estar para sus toqueteos o hasta para pajearlos a ellos. Pero siempre nos rompieron las pelotas con esa cuestión y la verdad que no se me ocurre por qué cuernos sería, a menos que sean las ganas de mostrar su poder: acá se hace lo que yo digo y nada más. Pero solo los poderes muy vacilantes tienen que hacer eso, hacer notar que son poderes, y no creo que los curas sintieran que su poder vacilaba ni un poco, así que no. Otra cosa, muy otra cosa es cómo lo hacés: ahí sí que podrían haber servido para algo, enseñarnos así no hacíamos tantas cagadas. Recuerdo que una vez tuve que ir a una guardia porque me la dejé violeta, estrangulada, y me dolía demasiado. El médico del Ramos Mejía me preguntó qué me había pasado; a mí me daba vergüenza decírselo de una, así que intenté dos o tres explicaciones pero el tipo me ponía una cara que al final me obligó a contarle la verdad: que me la había cagado a cachetazos, apretado con un cinturón de cuero, reventado. El tipo me miraba cada vez más raro, me puso una pomada –bueno, me dio una pomada– y me dijo que me la tratara con un poco de cariño, que tenía una sola y que si la rompía me iba a quedar precisamente en bolas y que en una de esas me convenía ir a ver a un psiquiatra, una psicóloga, una puta, me dijo, algo con pe. Y entonces, suspirando hondo, me preguntó si alguien me había pegado mucho de chiquito y yo le pregunté por qué. No, por nada, me dijo, pero a veces suele ser la causa. Yo, por supuesto, no se lo conté.