Parece, me decían. ¿Por qué carajo les podía parecer que me cogiera o que no me cogiera a esa chica que ellos ni siquiera sabían que era mi hermana? ¿Qué veían que les hacía parecer eso, que no le metía la mano en el culo, la lengua en la boca, que no armaba los espectáculos que armaban ellos cada vez que una mujer les daba cinco de pelota? ¿Eso es lo que querían decirme, que no era avasallante como ellos, un auténtico macho como ellos? Los muy pelotudos saltaban a sus conclusiones sin tener ni la menor idea: sin saber, por supuesto, si éramos personas pudorosas y no nos gustaba mostrarnos en ciertas situaciones y, sobre todo, sin saber lo más importante: que esa mujer era mi hermana. En eso, sin querer, tenían razón: yo no me la había cogido, ella no me había cogido. Yo recién había cumplido treinta, ella debía tener veinticuatro o veinticinco, éramos gente grande pero creo que todavía no éramos hermanos grandes. Quiero decir: como hermano y hermana seguíamos bajo el poder de nuestros padres, respetando las estructuras familiares, decididos a no romper con lo que se esperaba de nosotros. Y, por razones que perdieron su sentido, lo que las familias esperan de los hermanos es que no se cojan, lo que las sociedades esperan de las familias es que se lo impidan. Yo entonces todavía no sabía por qué; sabía que era así, no sabía las razones. Fue un golpe pocos años después, cuando leí casi entero un libro que no me acuerdo el nombre, sobre la vida de no sé qué pueblos primitivos, que explicaba que la prohibición del “incesto”, de polvos entre hermanos, era porque habían descubierto que a menudo los hijos de dos hermanos les salían tarados: eran un desperdicio, tenían que tirarlos. Lo cual podía ser razonable hace cinco mil años, cuando coger y la reproducción venían muy pegados, pero no lo es ahora, cuando los hemos despegado en el 98 por ciento de los casos. Más peligroso era, en la época del sida, contagiarse, y sin embargo la mayoría siguió cogiendo, forros y cuidados. Así que esto es una tontería que viene de otros tiempos, de costumbres muy otras, que ya no tiene nada racional; cuando lo descubrí me reventó una luz en la cabeza y pensé en ella y me dí cuenta de que todo eso no tenía sentido, que no valía la pena mantenerlo, que podíamos. Nunca me rindió más haber leído un libro.