Eso me impresiona: la única vez que podría haber sido padre o, mejor dicho, que pensé más o menos en serio que algo así me podía suceder, mi hijo no habría sido como un hijo mío. He conocido algunos que se hacían los vivos: no, a mí no me importa, si mi mujer es china y nos salen chinitos no me importa, si mi mujer es negra y nos sale mulata, si mi mujer es esquimal y nos sale foca me da igual, pero es mentira; yo nunca lo hice, pero sé que es mentira. Uno no tiene un hijo para traer un ser al mundo, un parroquiano a Dios, un laburante a la fábrica Mongo; traés un chico al mundo para que sea como vos, tu historia, tu continuación, una especie de copia que te gustaría mejorar, si te da el cuero. Pero para eso tiene que ser como vos: si vos sos blanco tiene que ser blanco, si sos peludo tiene que ser peludo, si tenés la nariz como un zapallo tiene que haber algo en su naricita de bebé que haga pensar que con el tiempo se va a zapallizar. ¿O me van a contar que cuando un pobre tano de pelo castaño y ojos verdes mira un negrito en una cuna va a pensar ay qué lindo es mi hijo? Y lo peor es que el pobre tipo va a tener que simular toda su vida, hacerse el que lo quiere y lo cuida como si fuera un hijo, simular, simular, disimular. A menos que se inspire en el conchudo de mi viejo y piense que un hijo es para darle caña sin descanso: entonces, qué fácil debe ser si tenés un hijo de otro color, de otra pinta, y ni siquiera te parece que le estás pegando a alguien cercano, ¿no? ¿O eso será mucho menos excitante?