Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Mi primer coche fue un renault 11 blanco, casi cien mil kilómetros, ese olor que se les va pegando: un coche muy común, pero lo quise mucho. Hay tantas personas en el mundo que no saben lo que es para algunas comprarse un coche, el primer coche. Digo: están los que siempre tuvieron un coche a su disposición, porque usaban el del papá o la mamá y en cuanto tuvieron edad para el propio se lo regalaron. Y están por supuesto los miles de millones que ni se les ocurre que podrían tener un coche, pobrecitos. Pero en el medio estamos los que nos hemos pasado años y años pensando que alguna vez, si nos esforzábamos, si teníamos suerte, si pasaba vaya a saber qué, quizá pudiéramos comprarnos un coche, tener un coche propio. Yo era uno de esos, y era casi un chiste: mi viejo tenía ya 30 o 40 pero eran todos taxis y yo no podía usarlos y él se reía de que no fuera capaz de comprar uno, a veces me decía no te preocupes, taradito, si tenés que ir a algún lado tomá un taxi. Así que comprarme mi renault –viejito, confuso de papeles– fue un gran cambio en mi vida. No que pudiera usarlo mucho: para ir al laburo no me servía, no había donde estacionar ni nada de eso, y los fines de semana tampoco iba muy lejos, pero tenerlo ahí en la puerta, pasar y verlo todas las mañanas me hacía sentir mejor, como que algo había hecho. Hasta esa mañana en que no lo ví. Fue raro: estaba seguro de que lo había dejado en ese lugar pero, cuando no lo ví, supuse que me había equivocado, y estaba llegando medio tarde al laburo así que me dije que después lo buscaba. Me pasé todo el día inquieto, distraído; me fui más temprano que nunca, me tomé el subte, llegué a mi cuadra y me puse a buscarlo y no estaba, y seguí por las calles más cercanas y no estaba, y caminé y caminé más allá de toda lógica y, por supuesto, no estaba: me lo habían robado. Las veces que pensé si lo había dejado abierto, si había sido mi culpa, si lo había dejado en un lugar demasiado oscuro; trataba de pensar que no, que son estos hijos de puta que nos envidian y nos quieren cagar la vida todo el tiempo. Cuánto mejor sería el país sin ellos, la reconcha de sus putas madres: si pudiéramos sacárnoslos de encima, meterlos a todos en un barco y mandarlos a hundirse en el océano. No sería fácil, pero el país sería tanto mejor. En fin, que encima tenía un seguro de mierda: no había querido gastarme mucha plata en eso, así que lo que me dieron no me alcanzaba ni para una bicicleta. Por un tiempo –un tiempo largo– volví a ser un tarado de a pie. Fue un golpe duro, la Argentina.