Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Qué agradable es el mundo cuando cada quien conoce su lugar. Acá en mi hotelito, por ejemplo: dos docenas de empleados que no hacen ningún ruido, que pueden estar tan quietos que te los olvidás, que saben quién es el patrón y por eso cuando cometen cualquier error están dispuestos a escuchar pacientemente lo que el patrón tenga para decirles –e incluso cuando no lo cometen, si el patrón piensa que lo han cometido tiene razón por fuerza, porque es el patrón, y a ninguno de ellos se le ocurre discutirlo. Y eso es sabio, porque yo sé que a veces querés matar al idiota que te dijo un reproche injusto o un insulto pero sabés que si engranás lo único que conseguís es que te caguen a trompadas, así que lo mejor que podés hacer es agachar la cabeza y bancarte lo que te digan aunque por dentro estés volando de la calentura. Yo lo sé, yo lo sabía, pero nunca conseguía ponerlo en práctica, en la escuela, por ejemplo, cuando me gastaban; en cambio estos están bien educados, son tan amables que ni pestañean cuando les decís que son una puta mierda pinchada en un palo, especie de mogólico, si por mi fuera te hundiría a vos y a todos los de tu puta raza en una bañadera llena de lavandina, sucios asquerosos –y ellos dicen yes, míster, ya mismito, míster, y se quedan con la cabeza baja esperando que termines de darles su lección. Qué bueno cuando las cosas estan en su lugar, hay humildad, el orden está claro. Es justo lo contrario de la Argentina, donde todo es un puto caos, donde no hay estructuras, donde nadie respeta a nadie, donde cualquiera se cree que puede ser cualquier cosa, un disparate. Un país ingobernable, y así le va. Para que levantara la cabeza tendrían que mandar a millones de ñatos para acá, para que vean cómo es vivir en orden y obedecer lo que te dicen. Y ahí sí que capaz remontamos.