Evaristo Grulder era todo un personaje. Ya llamarse Evaristo era un chiste malo, sin contar su cabreo cuando alguien, para hacerse el amigo o el gracioso lo llamaba Eva. Yo lo ví, un par de veces, al borde de las piñas. Además de ese nombre desdichado Grulder tenía casi cincuenta años, el pelo cortado al ras, la cara cortada al ras, un metro noventa de músculos muy trabajados y una panza de cerveza que precisaba todo ese cuerpo para no caerse. Hablaba poco, como si le molestara tener que articular palabras, y yo siempre me preguntaba por qué le tenía la confianza que le tenía. Al fin y al cabo el tipo me servía porque yo le contaba y consultaba casi todo lo que hacía, sabía casi todo lo que hacía, y era un cana. O sea que manejaba una parva de información sobre un medio delincuente y todos los delincuentes completos con los que trabajaba y esa info le podía servir en cualquier momento para armar una causa del carajo y sin embargo yo le seguía dando más, pidiendo más, creyendo que no me iba a traicionar. No sé, realmente no sé por qué tenía esa idea. Alguna vez, después, pensé que era por bobo, por no pensar las cosas como corresponde. Pero en ese momento pensaba, por un lado, que él también estaba embarrado en todo esto así que denunciarme no le resultaría tan barato –y era una boludez, porque fácilmente podría haber comprado su impunidad a cambio de entregarme. Pero también resultaba que el tipo me despertaba confianza, me hacía sentir algo que no sé bien que es pero que me tranquilizaba. Y eso que a veces me ponía a pensar en las cosas que debía haber hecho, si había matado gente, si le dolía o le gustaba, si disfrutaría pegándole a un ñato para sacarle alguna información, todas esas cuestiones. Y muchas tuvo que ir a ver a algún cliente que quería hacerse el vivo, rajarse sin pagar o pagar menos, y siempre los convencía y nunca le pregunté cómo lo hacía: yo no quería saber, no me molestaba pensar que alguien hacía en mi nombre cosas que yo, quizás, habría lamentado. Las hacía, y las hacía en mi nombre y habitualmente funcionaban. Y llegaba con una sonrisita satisfecha cuando alguna de las “misiones” había dado resultado y yo le daba unos mangos de más y él me los agradecía y yo lo veía como un perro contento porque trajo muchas veces la pelota y entonces su amo le da un hueso: quizá por eso le tenía confianza, porque lo veía como un perro fiel. No lo sé. En todo caso, por una vez tuve razón: Grulder nunca me cagó, conmigo fue derecho. Creo que fue derecho, que no tuvo nada que ver con la denuncia, estoy casi seguro. Y encima lo mataron, unos años después, en un procedimiento. Hubo rumores: decían que las balas vinieron de su lado, pero yo no lo creo.