Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Me empezó a dar cada vez más curiosidad. Yo ya era bastante Javier Miralles Leyva: presentaba el documento en muchos lugares, había aprendido a contestar si me llamaban Javier, me acordaba perfecto los pocos datos que tenía de él. Pero quería tener más: es raro ser otro y no saber quién sos, quién era ése. No fue de golpe, se fue armando poco a poco, pero hubo un momento en que el finado Javier se me volvió una especie de obsesión. Quería saber de él, quería saber qué había hecho con su vida, qué había sido su muerte, si de verdad se había muerto, tantas cosas, y no tenía manera: en esa época la red todavía no estaba inundada de data sobre cada huevada que sucede en el mundo mundial, así que nada. Y trataba de olvidarlo pero no podía, y algunas veces hasta me salía sin querer ese acento español que al principio había practicado y entonces me preguntaba si no sería él que me estaba hablando y me quería decir algo, pero las palabras nunca tenían mucho sentido. Y una noche en un bar de la costa del lago, un local oscuro con el suelo lleno de aserrín para disimular los vómitos, el patrón, un negro grande y gordo, cincuentón, me oyó unas palabras con acento español y me preguntó por qué hablaba así. Yo me había tomado varios rones y le dije que nada, que era la voz de un muerto que a veces venía a joder y que nunca le entendía al muy tarado y que me tenía harto y que si por lo menos me hablara un poco más claro, si por lo menos lo entendiera. Y entonces el negro puso su manaza sobre mi mano sobre el mostrador y me dijo creo que tengo la solución para vos, amigo. Yo estaba por decirle que éramos todo salvo amigos pero la palabra solución me cautivó más: ¿qué solución? Mi mujer sabe hablar con los muertos; si querés te puede ayudar, me dijo; yo nunca había hablado con un muerto. No me parece mal, y supongo que deben tener muchas cosas que decir, solo que yo nunca había tenido ninguno muy cercano como para querer charlar con él. Pero con Javier sí, quería saber cosas de él, así que le pregunté cuánto me costaba, me dijo algo razonable y le contesté que bueno, cuándo. El negro me sonrió, me lleno el vaso de ron y me dijo ahora, por ejemplo, y me abrió una puertita que no había notado. La mujer negra del negro tenía un pañuelo tecnicolor en la cabeza y estaba sentada junto a una mesa redonda de tres patas; el negro dijo que ella se llamaba Fania y que él tenía trabajo y nos dejaba solos. Cuando se fue, Fania se sacó el pañuelo: una bomba de pelambre afro. Me pidió que pusiera las manos sobre el mantel rojo de la mesita, me las agarró, me dijo que mi amigo no era difícil porque todavía estaba cerca: “Es de esos que no se conforman y se la pasan dando vueltas alrededor de la puerta. ¿Javier, se llama, cierto?” A mí me impresionó y traté de recordar si le había dicho el nombre a su marido; me pareció que no. Entonces ella empezó a decir unas palabras raras, tipo canto, y de pronto se calló y me hizo un gesto de que me callara, aunque yo no había dicho nada en todo el rato, y me empezó a hablar con una especie de acento español raro, que confundía las eses y las ces, y a decirme que era Javier y que estaba feliz de que su vida continuara en mí aunque tenía que darme algunos consejos sobre cómo hacer para ser un poco más él y un poco menos yo y me dijo una sarta de pavadas y después me dijo que si no le hacía caso él me iba a retirar su nombre y me iban a pasar cosas horribles, y que ojalá le hiciera caso aunque desconfiaba porque sabía que yo era, dijo, un pobre tipo, un farsante como todos esos, dijo, aunque no dijo quiénes eran todos esos, y que mi única posibilidad de salvación era hacerle caso en lo que me decía, repitió. Y yo le pedí a la negra que me repitiera también cuáles eran las reglas que el muerto quería que siguiera y ella me dijo que no podía pronunciarlas en voz alta, que yo tenía que concentrarme mucho y escucharlas, que estaban en el aire, y entonces el silencio se hizo estrepitoso y yo escuché, sí, escuché, cosas que no voy a repetir nunca en la vida, cosas que obedecí y me trajeron hasta acá pero no voy a repetir nunca en la vida. No es fácil ser Javier, y la gente normal podría asustarse.