Sí, ese fue el problema: que yo quería estar del otro lado. Ahí en esas reuniones me dí cuenta de cómo era y me enganché con la idea de estar del otro lado, salvo que no tenía ninguna posibilidad: ¿por qué carajo iba a estar del otro lado? Pero sí, debe ser genial tener tus fans, cantidades de fans, millones que te digan que sos lo mejor, que quieran saber todo sobre vos, que les importe cada cosa que decís o que hacés, que les parezca que tus chicas o tus chicos siempre son poco para vos, que nunca se emocionen tanto como cuando te ven; debe ser increíble que te recuerden todo el tiempo lo bueno que sos, saber que el efecto de lo que hiciste son todos esos desaforados que se cortarían la mano por pasar una tarde con vos –o esas desaforadas que te la chuparían durante cuatro horas y media sin perder la sonrisa ni ponerse rodilleras. Eso es ser en serio, y lo demás son boludeces. Así que nada, entendí, y entonces lo que no pude soportar fue seguir siendo fan yo. Era lo mismo de siempre, ponerme en esa posición de felpudo en que me pasé toda la vida, desde que era chico, una posición tan del esclavo que reconoce que no vale ni una uña del tipo que sigue; como que te pasaste la vida peleándote porque te decían que eras un sorete y de pronto te volvés un sorete oficial, sí, yo soy un fan, soy un ser secundario, un trocito de la sombra de mi ídolo. Ni en pedo, muchachos, ya bastante mal la he pasado sin eso. Pero soñar que alguna vez me pueda pasar a mí, aunque sería ridículo, es glorioso: ya tengo con qué pajearme cuando los videos ya no me calienten.