Que todos esos resentidos digan lo que digan, lo que quieran decir, lo que quieran oír, pero esta es la belleza del sistema: que yo pueda vivir sin trabajar porque mi plata trabaja por mí, para mí. Esa plata, por supuesto, también necesitó trabajo alguna vez pero ahí quedó, el producto del trabajo de los míos, y ahora produce para que yo no tenga que hacer nada. Qué maravilla que las buenas acciones anteriores se acumulen y te den como premio una vida tranquila: que en alguna parte haya un poco de justicia. Y que con el producto de esas buenas acciones puedas seguir haciendo más, ganando más con lo que ya ganaron para vos, que haya una recompensa continuada. Un círculo virtuoso, el premio del mercado, y que sirve para marcar la diferencia con todos esos vagos o subnormales que no juntaron nada y entonces los suyos se tienen que seguir partiendo el orto para ver si sobreviven o se terminan de caer. Porque lo que no puede ser es que el nieto de un tipo que la vio y se jugó y pudo hacerla tenga lo mismo, empiece igual, que el nieto de un pelandrún que cargaba bolsas en el puerto y cada noche se chupaba el jornal con los demás borrachos. Los pelotudos que pretenden eso lo pretenden de puro envidiosos, porque no la tienen, que si la tuvieran ya se la guardarían y ni se les ocurriría andar diciendo que todos tienen que tener lo mismo o empezar igual. Esas son boludeces de zurdos resentidos, eso es lo que son, y encima se la pasan hablando de las lecciones de la historia: ese es el producto de la historia, chupachotas, de la historia de la gente de bien, no de cualquier huevón que se rascó a dos manos. Y yo estoy tan contento de poder verla bien clara y disfrutarla, tan contento de merecerme lo que me tocó. Lo único que no entiendo es cómo no son más los que la tienen clara. Resentimiento, debe ser, y que al fin y al cabo el hombre es una mierda.