Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Nos hicimos de oro: nos convertimos en la agencia fiscal, les cobrábamos sus impuestos y ellos pagaban sin chistar. Pobre gente: viven chapoteando en su mierda, cagados de miedo, y van y ponen. Yo al principio le dije a Rubén que no lo quería hacer. Me imaginaba que habría que ir a buscar a estos tipos a quién sabe qué tugurios, que de pronto había que ir armados, yo, que no tuve un revólver en mi vida, pero no: lo que hacíamos era mandarles mails o mensajitos diciéndoles que teníamos todos sus datos y que estábamos dispuestos a entregarlos a la Migra si no depositaban la cuota antes del 5 de cada mes en una cuenta que les dábamos y que, por si acaso, la cambiábamos mucho. Eso a veces enredaba los hilos, porque nuestros contribuyentes eran más bien brutos y eso de cambiar el número de cuenta los complicaba y confundía, pero valía la pena como medida de seguridad y, al fin y al cabo, si hay algo que estos inmigrantes de mano atrás y otra adelante aprenden más o menos rápido es a hacer un giro, si vienen acá para hacer giros, los muy mariconazos, para mandarles plata a la mujer y a los hijos y a los padres, que el negocio es clarito: el huevón que viene se compra su libertad, ya no tiene que vivir con la familia y a cambio les manda la guita, los mantiene. Y mientras tanto las esposas se la pasan bomba sin el quía y los dueños de sus países lo celebran porque miles y miles de revoltosos posibles se van lejos, y por supuesto los que se fueron no pueden creer la suerte que tienen de no vivir en sus países reventados sino en América, América. Pobres muñecos, a veces daba un poco de penita ver cómo se cagaban de miedo y ponían la tarasca cada mes, sin falta, nos pagaban a dos audaces que lo único que teníamos era la puta lista y la decisión de no dejarnos pisotear: argentinos, digamos. Y ellos unos pobres ñatos amaestrados para obedecer, desde que nacen les enseñan que hay que obedecer, que el jefe siempre tiene razón, el policía siempre tiene razón, el cura siempre tiene razón, y los tipos bajan la cabeza y sí patrón y se bancan lo que les llegue, pobrecitos. Eso que les hacíamos no lo habríamos podido hacer con otros, no me lo imagino con tanos o españoles o rusos o polacos, pero a estos tristes sudacas se lo hicimos sin problemas durante mucho tiempo, pinches sometidos… Y era lindo mirar, a veces, sus contestaciones: pagaban, pero querían decir algo. Que Dios nos iba a castigar por aprovecharnos de los pobres, que cómo puede ser que un hermano latino le haga eso a otro hermano latino, que por nuestra culpa su familia está pasando hambre… ¡Por nuestra culpa! Como si no fuera culpa de ellos venir de esos lugares y ganar esa miseria. ¡Por nuestra culpa! La verdad que, si uno lo piensa, se merecen todo lo que les pasa y algo más.