Era lindo, tanta gente en la calle cagándose en las instituciones. Yo estoy a favor de las instituciones: si no hubiera una aduana no tendría cómo coimear a un aduanero, si no hubiera una policía el precio de mis envíos bajaría muchísimo, esas cosas. Algunos putean contra las instituciones, pero es que son un poco nabos: las instituciones sirven para que la gente piola pueda hacer mejores negocios, aprovechar sus ventajas para ganar más y mejor en el mercado. Pero igual era lindo ver cómo de repente millones les habían perdido cualquier respeto y las atacaban, las despreciaban, solo las recordaban para putearlas con encono. Era lindo ver cómo todo se derrumbaba, no había presidente, no había luz, no había orden pero los negocios no cerraban, seguían funcionando, porque los hombres pueden bancarse que falle o que falte cualquier cosa pero no el mercado. Un chico puede no tener escuela una semana, pero si la mamá no puede comprar leche tres días seguidos le da un patatús. Y eso se veía muy claro en ese revoltijo, y también quién era quién, cómo era cada cual. A mí siempre me tomaron por uno muy diferente del que soy; capaz que por eso siempre me gustó tratar de saber cómo son los otros, porque sé los errores que podemos cometer cuando pensamos cómo es alguien. Siempre me interesó aprender sobre las personas. No solo para aprovechar y hacer mejores negocios, que también. Pero no es solo eso, no; el tema es que yo no las conozco mucho porque nunca viví con más personas. Ni en mi casa ni en mi colegio ni en mi barrio anduve con muchas personas, y después cuando me fui de la Argentina menos todavía. Por eso veces pienso que no conozco cómo son, no sé cómo van a reaccionar, y entonces las conozco menos todavía porque no me acerco por si acaso. Así que justo en esos días había pensado que tenía que mirar mucho, tratar de aprender mucho, también sobre personas que no me importaban nada pero seguro después me iban a servir para entender a las que sí me importan. Y a esas entenderlas sirve mucho: lo digo yo, que me cuesta bastante. Pero sí, creo que me sirvieron aquellos amasijos de personas, la olla popular del barrio, esas asambleas donde los burros rebuznaban sin parar por el gusto de oírse rebuznar, todas esas reuniones que podían durar siete minutos y duraban cientos porque siempre hay alguno que necesita demostrar que él piensa distinto porque entendió distinto las distintas cosas porque él es tan distinto. Lástima que casi todos pensaban que esa libertad que habían descubierto de pronto, con la fuga de todos los delincuentes que coparon la política, solo les iba a servir para perderla: para buscarse otro jefe que los llevara de la nariz a quién sabe qué barros. ¡Es tan difícil conseguir la libertad y conservarla, no tratar de perderla a toda costa!