No son las seis y ya es de noche: es lo que tienen los inviernos. En cuanto el chico ve entrar a su padre al departamentito sabe que va a cobrar: su padre tiene esa cara de que algo le fue mal y necesita que algo le vaya bien, sentir que es el que manda. Y con su esposa no se va a meter y con la nena menos, así que le va a tocar a él: seguro, a él. El chico rubito intenta refugiarse en su habitación –y quizá, si llega, en el armario– pero el grito con falsete se lo impide: ¡Nene, yo qué soy, un pelotudo, te creés que no te ví, vení p’acá! El chico vuelve, la cabeza gacha, los pelos rubios que le cuelgan tristes, pero su padre no le da la cachetada. La cosa, piensa el chico, pinta mal.