El chico rubito odia que le digan rubito: le parece que es una forma –otra más– de rebajarlo. Si los demás chicos quieren hablar de su pelo que digan que es rubio o que no digan nada. Y siempre será mejor que no digan nada, pero el problema es que no es solo el pelo: con él todo es así, como un ataque. Todos siempre lo atacan, como si fuera siempre fácil. Y así son los movimientos lentos, deliberados, deliberadamente lentos con que su padre se saca el cinturón de cuero de la cintura de su pantalón marrón, enrolla la hebilla alrededor de su mano derecha, prueba el cuero gastado contra la izquierda tres o cuatro veces y le dice que se baje los pantalones –a él, al chico rubito, le dice que se baje los pantalones cortos– y se arrodille en el suelo con el culo levantado, la espalda bien derecha y la cabeza y los brazos apoyados en la silla –los dos brazos, le grita, apoyados en la silla– porque lo que acaba de hacer se merece una paliza seria. El chico rubito le pregunta balbuciente, entrecortado que qué acaba de hacer –no sé, papá, yo no hice nada, te lo juro– pero su padre le dice que no sea pelotudo que él sabe bien qué hizo. Entonces el chico rubito le dice que lo perdone, que no sabe pero que le jura que no lo va a hacer más y su padre le dice que no sea mongólico que si no sabe qué es cómo le va a jurar que no lo va a hacer más y que además no hay que jurar en vano y que si los curas no se lo enseñaron ya se lo va a enseñar él, que son cinco más para que aprenda a no jurar pavadas.
Son veinticinco. Iban a ser veinte pero los cinco agregados los volvieron veinticinco. El chico rubito ya sabe cómo es todo el recorrido: los cuatro o cinco primeros son los que menos duelen, quizá porque todavía no tiene la carne del culo lacerada o porque su padre todavía no tiene la mano calentita o porque todavía le da un poco de cosa pegarle así a su hijo o porque le gusta hacerle creer que van a ser livianos, para que se ilusione. Y después vienen tres o cuatro que empiezan a ser brutos: ya los siente en serio, su padre resopla cada vez que le pega, el silbido del cinturón en el aire se hace más agudo, su golpe en su culo más chasqueado y él, el chico rubito, le dice no papá no papá pero sin fuerza, sin esperanzas, sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de parar los golpes, entonces llora, grita, dice basta papá me duele me duele mucho papá, por favor, basta.
Y, entonces, lo peor es mirar la cara de su madre –porque la voluntad de su padre o la costumbre o quizás el deseo de su madre exigen que cada vez que lo azota tanto su madre como su hermanita tienen que mirarlo. La cara, entonces, de su madre: la forma en que se muerde el labio inferior que alguien, a primera vista, podría confundir con pena o con dolor pero que, en realidad, piensa el chico rubito, es pura admiración por la fuerza del padre, de su marido desencadenada sobre su culo que ya empieza a hacer sangre. Y la forma en que cierra los puños como si ella también hiciera fuerza para acompañar o aumentar la fuerza de esos golpes, y a veces la respiración ruidosa que se le acompasa con la del padre, su marido, como si sus pulmones azotaran juntos. Y entonces vienen diez horribles: su padre ya le pega sin más freno, él tiene el culo atravesado de tajos y moretones que hacen que cada golpe sea, además, el rebrote de un golpe anterior. Y la cara de su madre sería aterradora si no fuera porque ya aprendió que en ese momento es mucho mejor cerrar los ojos.
Hubo tiempos en que quería mantenerlos abiertos para poder prever la llegada de cada latigazo y endurecer un poco el culo o hacer algo o por lo menos que no lo tomara por sorpresa, pero con el tiempo ya aprendió a detectarlos por los ruidos, los silbidos del cuero, las respiraciones, así que prefiere cerrarlos –con una fuerza que le duele casi tanto como el culo– para no ver la cara excitada de su madre. (Al fondo, siempre un poco más lejos, su hermanita llora o gimotea; él la oye, prefiere no mirarla porque sabe que si la mira ella va a llorar más y su padre, alguna vez, la ha castigado por llorar. No la castiga con azotes, pero tiene sus métodos: a veces, por ejemplo, le secuestra durante tantos días su muñeca favorita, una barbie vestida de enfermera, o le prohíbe a su esposa –a su madre– que vaya a darle un beso cuando apaga la luz, cosas por ese estilo.)
Al principio el chico rubito trataba de no llorar ni gritar, pero casi nunca lo conseguía. Una vez sí y su padre le siguió pegando sin parar hasta que terminó casi desmayado –su padre terminó casi desmayado por el esfuerzo y su madre se preocupó y le trajo de la cocina un vasito de ginebra. Entonces entendió que mientras no gritara o llorara su padre le iba a seguir pegando, y decidió hacerlo siempre: someterse. Pensó si eso no lo convertía en un cobarde o, peor, como decía su padre, en una rata chilloncita; pensó que no, que lo hacía más astuto, pero no estaba seguro. Aunque tampoco era tan complicado: él gritaba y lloraba porque le convenía y porque no podía evitarlo.
Y a veces le daba mucha vergüenza pensar que cuando su padre le pegaba podía tener el culo un poco sucio, que su padre debía pegarle en ese culo sucio. Recién después, mucho después, se dijo que era lo que se merecía: que su padre se embarrara con su mierda. Porque a menudo piensa que su padre espera que él haga cosas equivocadas –que, muchas veces, de verdad no distingue– para poder darse el gusto de pegarle; otras piensa que a su padre le duele pegarle pero que tiene razón en hacerlo, que se sacrifica porque si no él nunca va a corregirse y ser un hombre de bien, como dice el padre Alfonso, una persona de provecho. Y a veces no piensa nada, no consigue pensar nada porque solo puede pensar en lo que duelen esos azotes en el culo y que ojalá que por lo menos se los emboque todos en el culo porque si no mañana en la clase de gimnasia todos los demás chicos le van a ver las marcas, van a ver que otra vez lo cagaron a latigazos y se van a burlar, otra vez, como siempre. Y los muy turros de los curas no lo van a defender: si hasta parece que les parece bien y se divierten.
Al final los azotes terminan: los últimos son raros, más blandos pero mejor ubicados, como si su padre buscara con cuidado los puntos más heridos para dañarlos más. El chico rubito no los cuenta: hubo tiempos en que los contaba, hasta que notó que su padre a veces le daba algunos más o, muy pocas veces, uno menos. Y que el día en que protestó porque ya llevaba dos de más su padre le dio otros diez, para que aprendiera. Eso le dijo: para que aprendas, pelotudo, a hacerte el vivo. Pero al final terminan y, cuando se terminan, su padre, su madre y su hermana salen de la habitación y lo dejan encerrado, habitualmente sin cenar y, sobre todo, sin nadie con quien hablar hasta que su mamá vaya a acostar a su hermanita. En esas horas largas, tan oscuras, el chico rubito imagina venganzas que nunca podrá llevar a cabo. Aunque a veces se ilusione y piense que quién sabe.