A veces se las miro, sí. Ella no se da cuenta porque ni se da cuenta de que yo estoy ahí, de que yo existo, entonces yo aprovecho y se las miro, cuando se está desvistiendo para entrar a la ducha, por ejemplo, o si vamos a una pileta y se le corre un poco el corpiño se las miro. Son grandes, blandas, como una torta llena de crema y chocolate blanco, grandes, blancas. A veces trato de abrazarla para sentirlas en mi cara, o por lo menos en mi pecho, pero ella me aparta, no me deja. Y no es justo: capaz que Karola va a tener las tetas como ella y yo en cambio voy a tener la cara de turro de mi viejo. ¿Será que va a tenerlas como ella? Prefiero ni pensarlo.