Ella me dijo que cuando era bebé comía sin problemas. Supongo que se refiere a su teta, que seguramente chupaba como un perro. Pero que siempre se acuerda de la primera vez que me puse caprichoso –ella dice “te pusiste caprichoso”–: que fue con unos zapallitos hervidos que no quise comer y que parece que le escupí uno en la cara y ella se calentó y por una vez no esperó a mi papá sino que me pegó ella misma flor de cachetada y que me dijo –me contaba ella– que a partir de ese momento me iba a comer todo, absolutamente todo lo que ella me diera y que, si no lo hacía, “ya iba a ver”. Y que entonces, dice ella, empezó un combate que duró varios meses en que ella me cocinaba todos los días los mismos zapallitos y me los daba y yo los escupía, a veces en su cara, a veces, cuando estaba cariñoso, al costadito, y que, dice ella, yo pasaba hambre y lloraba y decía papa papa y ella volvía a darme los famosos zapallitos y yo los escupía pero seguramente algo tragaba porque si no me habría muerto de hambre. Se me hace que fue el enfrentamiento de dos grandes cabezaduras, una fría, la otra hirviendo, y que la fría ganó, como siempre: si estás dispuesto a hambrear al otro tenés muchas posibilidades. Así que al fin, de puro hambriento, empecé a tragárme los zapallitos a grandes cucharadas, recuperé un poco de peso, mi madre me cocinó otras cosas. Pero parece que yo no quería otras cosas, quería los zapallitos, y era muy difícil hacerme comer un cacho de carne, un puré de pescado, proteínas. Hasta que, cuando tenía seis años, mi mamá decidió que ya era hora de volver a mostrarme quién mandaba: me dijo hoy te voy a hacer un bife con puré y te lo vas a comer y yo le dije no mamá y, a la vuelta de la escuela, me hizo el bife y no me lo comí, y en la cena me dio el mismo bife y no me lo comí, y al día siguiente a la vuelta de la escuela me dio el mismo bife y no me lo comí y tampoco esa cena, pero al otro día a la vuelta de la escuela me volvió a dar el bife con puré, todo recalentado, y me los comí con un hambre canina, y lo peor fue que me gustó, y por años y años no comí otra cosa. Ella al principio me hacía otras cosas y yo no las comía y al final se hartó, le pareció, supongo, que yo era un caso perdido y me sirvió, todos los putos días durante veinte años, mi bife con puré. Fue mi triunfo, mi mayor triunfo. Y después nunca lo dejé. Un bife con puré es perfecto: me lo puedo comer en tres o cuatro minutos y me da toda la alimentación que necesito sin perder el tiempo ni distraerme con boludeces tipo salsas y sabores raros. Lo que me impresiona es que ya lo supiera a mis seis o siete años: quizá no fuera tan tarado.