El bebé no tiene conciencia de sí –o, si tiene una conciencia, la pierde en cuanto podría usarla. Ser bebé es una época particularmente peligrosa para el yo: cualquiera puede decirte cualquier cosa sobre ella, sobre vos en ella, y no tenés ningún argumento para retorcar. Ser bebé es estar completamente indefenso frente a la construcción ajena: al fin y al cabo uno será –uno habrá sido– el bebé que otros digan. Es así, para que te acostumbres de chiquito.