Hay una historia casi antigua, la historia de su nombre. Cuando Julio nació ya hacía más de dos años que Javier había muerto. Sus padres dudaron: Alberto dijo que lo lógico sería que lo llamaran Javier, que al fin y al cabo ellos siempre habían querido tener un hijo Javier y que si el otro no había podido bancarla quizás este sí, que valía la pena intentarlo; Mabel/Beba dijo que no le podían hacer eso, que si le ponían Javier siempre sería el reemplazo de uno que no supo vivir y que era una condena que el pobre chico no se merecía. Entonces Alberto le dijo que no le rompiera las pelotas con esa sanata de revista de peluquería, que su hijo se llamaba Javier y listo, que no había nada más que hablar, y su mujer le dijo ¿ah, no hay nada más que hablar?, tenés razón, no hablemos más. Tras una semana de silencio, tristeza de la casa, la pobre Beba embarazada, Alberto le preguntó casi en susurros si de verdad no quería que se llamara Javier. ¿A vos qué te parece? Con la mufa que nos trajo ese nombre, pura muerte… Bueno, querida, lo que vos digas, al fin y al cabo sos vos la que lo tiene adentro. ¿Y cómo le ponemos? No sé, algo bien distinto. Justiniano, ¿qué te parece Justiniano? ¿Vos estás bien, Alberto? No, no sé, lo que vos quieras. Recién entonces Mabel/Beba se dio cuenta de que estaban discutiendo raro: ¿Y si es una nena? ¿Solamente vamos a buscar nombres para nene? Su marido no le contestó: era un varón como el que se había muerto, para eso la había preñado, que no le rompiera más las bolas. Era un varón, era Javier, la boluda esta no entendía una mierda. El hombre se calló, se fue a dormir. A la mañana siguiente, mientras lavaba los platos de la cena, Beba escuchó en la radio una canción nueva que le encantó: Al final la vida sigue igual, decía y repetía, con un entusiasmo contagioso, y ella se sintió muy identificada, para bien y para mal: que la vida seguía, pero que seguía igual. Cuando el locutor dijo que el autor e intérprete era un español que se llamaba Julio Iglesias, el gran cantante del momento, la Beba dijo claro, Julio, Julio. Y esperó ansiosa a su marido para decírselo llena de entusiasmo y a él le pareció un nombre de mierda pero no dijo nada, ya estaba harto de pelearse. Así, Julito se salvó de llamarse Javier, llevar el nombre del difunto, pero nunca se salvó de la comparación: para su padre siempre fue un suplente, uno de la tercera.