Estaba destinado a grandes cosas. Lo sabíamos, por supuesto, y lo sabía el Señor, que quiso destinarlo a más grandes aún. Javier, el pequeño Javier, ya retoza en los prados de Dios, donde va a aprender a caminar y a correr y a jugar con otros angelitos y a crecer y a ser, desde ese nuestro Cielo, una guía para todos los que la necesitan. Salve, Javier, hijo de todos, guía de extraviados. Que el Señor sea contigo y tú seas con nosotros, en espíritu ya que no en la carne, y que tu luz nos guíe. Salve, Javier, que te fuiste demasiado pronto.