Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Tiempo después el padre Alfonso Olmos, originario del Tandil, 61 años, décadas de servicio en el colegio Cardenal Emiliozzi, fue transferido a un gran convento perdido en las afueras de Tinogasta, provincia de La Rioja, montañas polvorientas. En el colegio se anunció que el traslado tenía que ver con su salud, que el clima seco de los Andes sería fructuoso para sus pulmones.

Julio ya había egresado pero igual lo supo: un ex compañero se lo comentó. Ya tenían más de 20 años y se habían encontrado por casualidad en el subte, camino a estudios y trabajos. El ex, Daniel, era uno de los que habían sido más crueles con él; de hecho, un día en un recreo le hizo una zancadilla que lo derribó y le hizo golpear la nariz contra el suelo, sangrar un buen rato. El padre Olmos estaba a cargo de la disciplina de ese recreo y lo vio todo pero, en lugar de ayudar al agredido, se fue a buscar al agresor, le puso una mano en el hombro y se lo llevó fuera del patio, caminando, seguidos por muchos pares de ojos relucientes.

–No veo por qué te alegrás con su desgracia, Daniel, si a vos el padre Olmos te tenía en bandeja de plata.

–Justamente por eso, bolú. Vos no sabés las cosas que tuve que hacer para que me tratara así.

–No, no las sé. ¿Qué tuviste que hacer?

–No te las voy a contar, qué te creíste. Lo único que te puedo decir es que el padre era tremendo, se comía todo lo que le pasaba por delante.

Le dijo Daniel, y Julio insistió y el otro lo miró con un resto de odio:

–Ni en pedo te voy a hablar de eso. ¿Para qué, para que te rías de mí, la puta madre?

Julio quiso decirle que no, que le preguntaba para ser amable nomás, y que si no se lo contaba lo que él se iba a imaginar sería mucho peor –pensó, y ya empezó a imaginar imágenes del padre Alfonso lengüeteando el culo de Daniel y viceversa– pero antes Daniel le preguntó si nunca había oído hablar de ese convento de Tinogasta:

–Parece que es un lugar adonde se llevan a los curas más toquetes, más lanzados. O los que disimulan menos. Alguien me dijo que tienen varias docenas y que al final para ellos en lugar de castigo es como un paraíso.

–¿Cómo, como un paraíso?

–Sí, claro. ¿Vos no me entendés, no?

Otra vez los viejos mecanismos: siempre había otro que sabía lo que él, Julio, no.

–No, Daniel, mucho no te entiendo. Casi como vos a vos mismo.

–No seas gil, pibe. ¿No te das cuenta? Agarran a los curas más calentones y los ponen a todos juntos. ¿Vos sabés las fiestas que se hacen? El paraíso, me dijeron, el verdadero paraíso.

–No digas boludeces, Daniel. ¿Cómo va a ser así? ¿Vos te creés que los obispos son tan brutos como para poner a todos esos tipos juntos?

Julio tuvo que hacer un esfuerzo para apartar de su cabeza las imágenes que lo atropellaban: grandes misas de curas en pelotas cantando avemarías y los abrazos entre ellos y después cada uno que iba a recibir la hostia y en lugar de la galleta el padre a cargo del servicio les ponía en la boca su garompa para que comulgaran.

–No seas animal, Daniel, eso es imposible. Otro rumor que sueltan los zurdos de mierda para desprestigiarnos.

Dijo, tajante, pero las imágenes no terminaban de borrarse.