Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Yo sé que el Señor me condena, por eso me refreno. Yo lo respeto y me contengo y me refreno, pero la verdad es que no lo entiendo: ¿por qué darnos el hambre y la boca y el aparato digestivo y hasta el culo y ponernos en medio de tanta carne fresca si no quería que comiéramos? Él me trajo hasta acá, Él me dio la vocación de pastor y educador, y Él me dio esta voracidad que es el flagelo de mi vida. ¿Sería para probarme, para ver hasta dónde mi espíritu puede imponerse a las tentaciones de mi cuerpo? ¿Para ver si mi amor por Él alcanza para olvidar cualquier desvío, incluso los que Él mismo puso en mi mente pecadora? Tiene derecho: por supuesto que tiene derecho, Él tiene derecho a hacer conmigo lo que quiera. Pero podría ser un poco más generoso, más amable conmigo, que hago todo lo que puedo por ser amable con Él. Un poquito de reciprocidad, Señor, por Dios. Digo, podría haberme dado una vida más fácil, menos plagada de contradicciones. Y aún así se la agradezco: al darme esta zozobra también me dio la oportunidad de demostrarle mi amor y mi respeto. ¿Cuántos habrían sido capaces de contenerse y refrenarse como yo? ¿Cuántos en mi situación, rodeados de los mejores manjares, podrían haberse privado de comerlos? Porque es cierto que yo los miré con codicia, los olí con placer, los toqué con cuidado, probé incluso un pedacito de alguno, pero nunca –nunca de los nuncas– me permití comerme ninguno, realmente comérmelo, metérmelo en la boca y masticarlo y deglutirlo y sentir como su masa amalgamada baja por mi tubo digestivo. Eso nunca lo hice y sé que el Señor lo sabe y me lo reconoce. Habré hecho otras cosas, puede ser, pero eso no y eso, espero, me salvará en el Juicio.