Yo estaba contento porque no me habían rajado: charlaban y me dejaron escucharlos. Era el último recreo, el de las cuatro, y Daniel les decía a Jorge y a Hernán que en la mercería de Ángela, ahí a la vuelta del colegio, si ibas y le pedías ella te vendía una de esas revistas americanas y Jorge le preguntaba si no le daba vergüenza comprarle algo así a una señora y Daniel se reía y gritaba una señora, una señora, si esa por plata hace cualquier cosa. Seguro que cualquier cosa, le preguntaba Jorge; bueno, no sé si cualquier cosa, contestaba Daniel, pero las revistas bien que te las vende y encima cuando te la da te pone una carita que mamma mia, te le querés tirar encima. Y yo los escuchaba sin entender gran cosa pero me daba miedo preguntar, no quería quedar mal, encima que me dejaban quedarme ahí con ellos no quería meter la pata. Hasta que al final me dio demasiada curiosidad y me atreví y les dije que qué revistas eran esas y los pibes se rieron fuerte y Daniel dijo que qué boludo, que qué revistas van a ser, esas que tienen mujeres en tetas o en culo, mujeres en pelotas, y los tres se rieron y después les pregunté cuánto costaban y me dijeron que dos pesos cada una y eso me impresionó y quería preguntarles de dónde sacaban los dos pesos pero en cambio les pregunté –le pregunté a Daniel, que era el que más sabía– para qué las querían, esas revistas, y entonces primero se rieron más fuerte todavía y después Daniel me miró como se mira a un animal extraño, un bicho de otro mundo:
–¿Vos nunca te hiciste una paja, rubito?
Aquella vez en el patio fue una revelación. Ellos tenían razón: nunca me la había hecho, ni siquiera sabía qué quería decir hacerse una paja. Pero fui y le pregunté a Gustavo, que de últimas era al único al que podía preguntarle una cosa así, el único que no se iba a reír tanto de mí y le iba a contar a todo el mundo y me iban a empezar a cargar y yo entonces iba a tener que agarrarme a trompadas con alguno, no, Gustavo era el hijo de una señora que era medio amiga de mi mamá y que no sé por qué me trataba bien, me trataba distinto, y cuando le pregunté me miró un poco raro pero se contuvo, me preguntó cuántos años tenía, le dije que trece, como él, me dijo no yo tengo catorce y se puso a explicarme. Y entonces de pronto entendí tantas cosas, tantas al mismo tiempo que no puedo ni acordarme de todas: por qué a veces la pija se me ponía como un palo, por qué los pibes querían comprarse esas revistas, por qué mi papá también tenía en un cajón de su cómoda unas revistas como esas, por qué las chicas se tapaban partes. Yo ya estaba avivado, ya sabía qué quería decir coger, qué era, pero creía que era algo que ya me llegaría cuando fuera grande y con una mujer y todo eso, y aprender de pronto que lo podía hacer yo solo cuando yo quisiera fue como si se me abriera un mundo de repente, lo que digo: una revelación.
Y me lancé: prefiero no acordarme de cómo tuve la pija en esos días, roja como un tomate, casi en llamas, hasta que se me pasó un poco y pude regular, bajar el ritmo para que no dejarla hecha una lágrima. Y también prefiero no acordarme de esa vez, en esos días, en que mi viejo se dio cuenta de que le había sacado una revista de ese cajón medio escondido. Yo conocía el escondite porque ahí también guardaba plata y a veces le sacaba, no mucho pero le sacaba, para un helado, alguna boludez, y veía esas revistas y no las entendía; cuando entendí empecé a usarlas yo también pero un día me olvidé de devolver una, se quedó en el baño y mi viejo, que entró después que yo –qué suerte que no entró mi madre–, la encontró y salió furioso, pegó ese grito que siempre había precedido a los azotes en el culo pero ese tiempo ya se había pasado, yo ya estaba demasiado grande para eso –en realidad, mi viejo había parado con los azotes cuando me empezaron a salir pelos en los huevos–, así que no sabía qué iba a pasar. Y por un momento me dio la impresión de que él tampoco sabía: se había quedado parado en la puerta del baño, mirando a un costado con los ojos fruncidos, la frente fruncida, como quien de verdad no sabe. Después pensé que seguramente no quería castigarme por algo que él también escondía: que si mi madre después le preguntaba qué había pasado le tendría que contar, aunque seguro que mi madre sabía y se hacía la boluda, como siempre, pero él debía querer que las cosas siguieran así y se quedó parado, mirándome, y fue la primera vez que le vi una mirada como de cariño: Si las vas a usar, dejalas siempre donde tienen que estar, nene, no seas pelotudo. Su frase tenía que terminar con la puteada, claro, pero estaba armando una complicidad que nunca habíamos tenido y eso sí que me llenó de orgullo: éramos, al fin, hermanos en la paja.