Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Le dice que quizá lo tendría que llevar él –el padre, Beto– pero tampoco le parece, que sería un poco desprolijo. Que debería ser algún tío o padrino pero que él no tiene ningún tío o padrino que lo puedan hacer, así que le va a dar la plata y él –el hijo, Julio– va a tener que buscarse la vida: quizá preguntarle a algún amigo, algún compañero, cómo hacer. Pero que no se haga el boludo: que en una semana como máximo lo tiene que hacer y que él le va a preguntar y él le tiene que dar detalles que le aseguren que no le está mintiendo. Él piensa que lo más fácil es preguntarle a Gustavo y Gustavo, en efecto, lo lleva a un departamento donde atienden seis o siete chicas. Gustavo lo impresiona: tiene respuestas para todo.

–¿Así que es tu primera vez?

–Bueno, sí, para qué te voy a engañar. Es la primera, sí.

–Claro, para qué. Y además no podrías, pichón. Pero no te preocupes, vos dejate llevar.

Un rato después él se está poniendo los pantalones, cabizbajo. Ella está recostada en la cama deshecha, desnuda, una pierna flexionada, estirada la otra, gran mata negra donde las dos se juntan. Julio la mira y piensa que parece un perrito, un cachorro caniche.

–La verdad, ya no sé qué más hacer, pibe. Lo siento.

Le dice ella y él no contesta, se concentra en abrocharse el cinturón como si fuera una operación de tremenda complejidad, terrible riesgo.

–Sí, lo siento, pero no se me ocurre más nada. Y me vas a tener que pagar igual, ¿sabés? Yo te hice todo lo que pude.

No es solo la decepción; además, le tiene que contar algo a su padre. Julio se pasa los tres días siguientes pensando qué decirle: que esa mujer no le gustó y tiene que probar con otra, que se sintió mal le dio un mareo, que la mina era vieja pero canchera y que estuvo todo bien, nada particular. Su padre no le pregunta nada pero lo mira cada vez más torcido. El jueves, a la salida del colegio, Julio le pide a Gustavo que lo acompañe a ese cine que le dijo donde dan películas en que hay minas que cogen, ese donde dejan entrar a los menores. Gustavo le dice que no puede pero le da la dirección, es menos de media hora en colectivo. Julio va al centro, ve el Obelisco, ve por primera vez en su vida una película porno, anota mentalmente los detalles. El sábado a la tardecita, mientras miran un partido, le cuenta a su padre que fue un polvo increíble, que le hizo tal y cual y cual –pura película. Su padre lo mira un poco sorprendido, se ríe, le dice ¿estás seguro?, lo palmea en la espalda, le dice ahora sí que sos un hombre. Julio recordaría ese momento muchos años: ya sabía qué era ser un hombre.