Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Gustavo Quartucci había nacido casi un año antes que Julio Méndez y, sin embargo, habían recorrido juntos toda la escuela secundaria. Hijo único de un importador de aperitivos prematuramente fallecido, Gustavo fue criado por su madre, María Luisa Spicciafuocco, que, una vez viuda, demostró una habilidad para los negocios que nadie le había sospechado. En sus manos la operación de su difunto prosperó y le permitió una vida más que desahogada. Sin embargo, nunca volvió a casarse: un rumor barrial aseguraba que era la condición testamentaria que el muerto le había impuesto para quedarse con el negocio y que ella, tras descubrir las mieles de su vida de comerciante, prefirió respetar. Otros decían que solo la respetaba en las apariencias: que tenía un amante en cada armario y que, próspera como era, tenía muchos armarios. Otros más, que la respetaba pero no por el negocio en sí: que se sacrificaba para darle a su hijo Gustavo la vida regalada que ella habría querido tener. (Vivían, de hecho, en una casa de dos plantas que contrastaba mucho con el departamento exiguo donde todavía residían los Méndez. A Julio le gustaba ir al caserón pero no quería hacerlo mucho: sabía que, cada vez, la vuelta a su exiguo se le hacía más y más difícil.)

A sus doce o trece, Gustavo tenía muchos de los rasgos de sus mayores, italianos del sur: el cuerpo más ancho que alto, la frente estrecha, las cejas muy pobladas, la nariz importante. Y, sin embargo, la suma de todas esas oscuridades producía un muchacho luminoso, muy agradable a la vista. Su trato era más complicado: en cuanto malentendía cualquier cosa que le dijeran –y malentendía muy a menudo– se ponía en guardia y amenazaba con pelea. En eso se parecía tanto a Julio que la primera vez que, por una razón que ambos habían olvidado, se dispusieron a cagarse a trompadas, los dos estallaron de risa –y terminaron de sellar su amistad. Desde entonces se volvieron poco menos que inseparables. O, mejor: no es que se vieran tanto ni que hicieran tantas cosas juntos; es, sobre todo, que Gustavo era el único amigo que Julio tenía y, por eso, su vínculo era muy notorio. Y era, de hecho, la razón por la que los demás chicos de su clase, con la crueldad propia de su edad y condición, los llamaban “los novios”. Habría sido inútil explicarles que no era más que monofilia.