Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Se llamaba Sansón y es obvio que era un chiste, porque era chiquito y se achicaba fácil, pero yo se lo decía como si fuera en serio. Era un cocker. Los cocker no son mis favoritos, nunca fueron, pero Sansón, el perro de Gustavo, era un cocker y cuando le pedí que me dejara pasearlo alguna vez y se rió y me dijo dale, claro, cuando quieras, me dio una alegría enorme. No solo por el placer que me daba ir a buscarlo, verlo entusiasmado por la salida, sacarlo, divertirnos juntos, contarle cosas, encontrar su mirada de cariño. Todo eso me importaba, claro, pero yo creo que lo que más me importaba era que había encontrado la forma de hacer algo que mi viejo no quería que hiciera, otra de las cosas que me negaba: él no quería que yo tuviera un perro y yo tenía casi todos los días un perro para sacar por ahí. Y sin preguntarle ni obedecerle ni desobedecerle: por mi cuenta. Como que estaba creciendo, yo diría.

Y después vino el quilombo aquel. La verdad que no había sido nada: Sansón se había cagado en una vereda y Julio no estaba con ganas de recoger su mierda y se había hecho el boludo con tanta mala suerte que justo entonces salía de su casa el vecino de la vereda decorada por Sansón y le gritó tres cosas y Juli le dijo que se fuera a cagar, si de verdad se creía que le podía hablar así y el vecino, un cuarentón que parecía forzudo le dijo nene ya a vos te hablo como se me canta el orto y si no te gusta te volvés a tu pueblo de mierda. Julio no entendió: era porteño, era rubio, no tenía ningún pueblo de mierda donde volver; por si acaso, le dijo que más de mierda sería el suyo. Y eso terminó de cabrear al grandote, que agarró a Sansón por el collar y volvió a meterse en su casa: se lo había llevado y Julio no sabía cómo recuperarlo. Tocaba el timbre, el grandote no le daba bola. Podía ir a buscar a Gustavo a ver qué hacían pero pensó que nunca más lo iba a dejar sacar a Sansón. No tenía muchas otras opciones. Bueno, sí, una: esperar que su papá volviera e ir con él a la casa del grandote; seguro que entre ellos, entre adultos, se las arreglaban. Era una opción tan humillante; la otra era hacer como si Sansón nunca hubiera existido, y cuando Gustavo le preguntara mirarlo como si estuviera hablando de marcianos o de espermatozoides: negar todo. Se sentó en el cordón de la vereda, no sabía qué hacer. A lo lejos se oían los ladridos del perro secuestrado.