Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

El conductista inglés Harvey Britten-Dove los definió con una palabra que tuvo recorrido: monófilos. El proceso fue largo. Hacia 1955, tras años de trabajar con ex soldados incapaces de reinsertarse en la vida civil, internados en instituciones más o menos psiquiátricas, pudo dividirlos en tres categorías según sus dificultades para socializar y resocializarse. Estaban, por supuesto, los que no tenían afectada esa capacidad, que Britten-Dove llamó polífilos. Y estaban los áfilos, incapaces de mantener ninguna relación de amistad. Lo inesperado fue una clase que descubrió entre una y otra: los monófilos, que tenían un solo amigo con el que podían compartir lo que habitualmente las personas comparten. O sea: tenían con él una relación que habría sido normal si no hubiera sido la única.

El concepto de monofilia se difundió por los círculos psicológicos del mundo como un reguero de pólvora: la noción se volvió uno de los grandes temas de la disciplina en esos días. Pulularon las hipótesis: algunas equiparaban la monofilia a una relación de pareja que excluyera el sexo pero se mantuviera fuertemente monógama; otros, a una relación paterno-filial donde los roles de padre e hijo estuvieran repartidos y no funcionaran, por supuesto, siempre en la misma dirección; otros, aún, a un intento de negar el resto del mundo y sus pesares, un efecto retardado de la guerra. Y muchos se lanzaron a definir las características de los individuos que mantenían relaciones monófilas: algunos pretendían que eran el resultado de un trauma temprano que les dejaba como resto una percepción paranoica que les impedía confiar en casi nadie; otros dijeron que era una alteración narcicística en que el individuo en cuestión solo podía relacionarse con alguien que se le pareciera tanto –que le pareciera que se le parecía tanto– que pudiera mantener la ilusión de que se relacionaba con sí mismo. Jean-Michel Creux, el celebrado profesor, demostró que ambas proposiciones se solapaban, en la medida en que era esa percepción paranoica la que los llevaba a relacionarse con ese supuesto sí mismo –el soi-disant soi-même que tantos citaron– y postuló una tercera vía: que el monófilo utilizaba al otro como un negativo de sí mismo, una realización de todos sus temores, y que lo mantenía cerca como una forma de precaución, como una barandilla. Además, hizo un aporte básico: al descubrir, en sus prácticas de La Salpetrière, que a menudo uno de los implicados en una relación monófila tenía otras relaciones, postuló que en realidad solo uno de los participantes de la relación era un verdadero monófilo y que era decisiva la identificación temprana que impidiera la atribución de causas y síntomas de monofilia a un falso monófilo, su simple complemento.

Y así de seguido: las teorías y conceptos abundaron. En tiempos de la adolescencia de J.M. la noción ya estaba tan establecida –y difundida por programas de radio y revistas femeninas– que incluso el padre Olmos definió a Julio y Gustavo como monófilos de manual. Cuando convocó a los Méndez a una reunión para comunicarles su preocupación sobre su hijo se encontró con la resistencia enconada de su padre: “Mire, padre, yo a usté lo respeto como nada, pero no venga a decirme que mi hijo es mononosequé porque hasta ahí podíamos llegar. Mi hijo no será una lumbrera, pero es un tipo decente. Así que por favor cortémosla con esto”. El padre trató de contestarle; la mirada amenazadora del padre lo disuadió en un santiamén.