Había días en que se despertaba pensando que la vida no tenía por qué ser así. Que seguro que había chicos que se despertaban cada mañana contentos con la idea de ir al colegio. Que seguro que Daniel se miraba en el espejo de su baño –que debía ser mucho más grande– y decía qué suerte que soy yo. Que tantos otros, sin tanta alharaca, también. Que su vida no tenía por qué ser así: que tenía que encontrar una manera de cambiarla, que no podía ser que sus padres lo trataran como lo trataban, que sus compañeros del colegio lo agarraran siempre para la chacota, que no tuviera casi ningún amigo –Gustavo, un poco, pero nunca del todo–, que nadie nadie nunca lo hubiera envidiado, que solamente su hermanita, pobre, lo quisiera y lo mirara como a alguien de quien se puede esperar algo. Estaba seguro de que la vida no tenía por qué ser así, pero no tenía más remedio que aceptar que la suya sí era y que no tenía ni puta idea de cómo repararla.
–Che, muchachos, parece como si se divirtieran jodiéndome a mí.
Se creen muy vivos porque a ellos no les pegan o nadie sabe que les pegan y en cambio a mí sí me vieron los latigazos varias veces. Entonces se creen muy vivos y se rien de mí y me tratan como me tratan.
–¿Quién te dijo que parece, Méndez?
A veces me hacen acordar a mi papá los muy hijos de puta. ¿Y yo qué puedo hacer? Ya probé cosas, ninguna funcionó. Ya se van a joder de alguna forma. Yo sé que son unos conchudos: ya me gustaría ver qué harían estos mariconcitos si tuvieran que aguantar los golpes que yo me aguanto.
–¿Pero, Rubito, a la final quién se los aguanta?
Sí, ya sé. Peor sería que me tuvieran lástima. O que sigan con esto de llamarme Mentira, por eso de que yo también tengo las patas cortas. Algún día los voy a agarrar y les voy a hacer tragarse sus pelotudeces una por una con un sandwich de mierda. Ahí van a saber, por fin, quién soy.