Daniel Jurado era el ejemplo de todo lo que había que ser: era alto, musculoso, cara de rasgos finos pero muy machotes, buen jugador de fútbol y de rugby, gracioso, compañero, nunca se preocupaba por las materias y los padres porque sabía que al fin siempre aprobaba. Era hijo de un ingeniero que dirigía una sección en una fábrica importante, su mamá estaba buena, tenían una quinta y un Torino, nunca un jean nacional, siempre la pilcha que estaba de moda. Parecía perfecto, demasiado perfecto para ser verdad –pero era cierto. Julio lo detestaba y lo envidiaba y habría querido ser su amigo, su lacayo incluso, pero Daniel se la había tomado con él y lo despreciaba y lo humillaba y lo ensuciaba cada vez que podía.
Julio y todos sus compañeros estaban seguros de que a Daniel le iba a ir bien en la vida: que se iba a casar con una chica diez, que iba a tener un trabajo muy potente, que se iba a distinguir de todas las maneras, que quién sabe hasta dónde llegaría. Y era así: a sus 28 años, se enteraron después, había cumplido con cada cometido y, además, tenido ya su primer hijo. A sus 29, en cambio, un sábado tranquilo se pasó un semáforo en rojo con la moto que acababa de comprarse, una alemana tan brillante. Un coche lo levantó en el aire, no tenía puesto el casco, cayó con la cabeza por delante.