Había insistido tanto para que lo dejaran ir con ellos. O, mejor: había insistido tantas veces para que lo dejaran ir con ellos y ellos se habían negado siempre pero esta vez, por alguna razón que nadie comentó, le dijeron que sí. El sábado había un baile que organizaban las chicas de la Anunciación en el club Valientes de Floresta y, por supuesto, habían invitado a varios de los muchachos de cuarto año del Emiliozzi pero a Julio no. Y sin embargo sus compañeros de división, en lugar de reírse de él como siempre habían hecho, le dijeron que si quería podía ir con ellos, que a ellos no los controlaban a la entrada y que lo hacían pasar sin dramas. Julio no lo podía creer. Esa tarde estaba nervioso, no quiso ir al partido que tenía que jugar –“no, mirá si me lesiono”– y se quedó en su casa descansando o, más bien, recostado con los ojos cerrados sin poder dormir. Y a eso de las siete –el baile empezaba a las diez– empezó a probarse su ropa –su escasísima ropa– en todo tipo de combinaciones, hasta que se decidió por un bluyín casi nuevo y una camisa blanca que todavía era bastante blanca: mejor no llamar mucho la atención, pensó, y así se decidió. Y se duchó y se secó el pelo con el secador de su mamá y se hizo unas ondas que no solía tener y se puso desodorante y estuvo a punto de ponerse la colonia de su padre pero le dio miedo que él o su mamá lo descubrieran y lo dejaran encerrado para castigarlo.
A las ocho estaba más que listo: vestido, peinado, desodorizado; los muchachos habían quedado en encontrarse a las 21.30 en la esquina de Remedios y Laguna, a unos metros de la entrada del club, y eso le quedaba a ocho cuadras de su casa, así que tenía mucho que esperar; Karo trató de darle conversación pero no había caso, así que terminó riéndose de él y preguntándole si no estaba medio loco. A las 21.20 bajó, salió a la calle, caminó hasta Remedios y Laguna; cuando llegó ya había cinco o seis y en unos minutos llegaron todos los demás. Cada uno traía una o dos botellas de litro de cerveza, y dos habían traído unas heladeritas de esas de ir de picnic, telgopor y hielos. Julio estaba sorprendido porque había oído que en los bailes de la Anunciación no se podía llevar ni consumir alcohol, pero no quiso preguntar nada que lo hiciera pasar por un novato –por el novato que era.
Cuando llegaron a la puerta del club había un lío de chicos y chicas que se apiñaban para entrar, todos de punta en blanco, maquilladas ellas, repeinados ellos, ellas con tacos altos, ellos con perfumes; el grupo de Julio se paró justo enfrente en un zaguán. Y entonces Daniel se le acercó con las heladeritas y le dijo aquí está tu misión, Rubito: vas a tener a tu cargo las vituallas de todo el batallón; Rodolfo y Carlos se reían. Julio tardó un momento en darse cuenta, y siguió sonriendo un momento de más: hasta que entendió que lo habían invitado para que se quedara en esa puerta, frente al baile, cuidando las cervezas en las heladeras para que sus condiscípulos pudieran salir a beber cuando quisieran. Intentó una protesta, los demás se rieron, se quedó un momento sin saber qué hacer. Seguramente lo más lógico habría sido decirles que se fueran todos a las conchas de sus madres y tomárselas, volver a su casa, borrarlos de su mapa. Pero si hacía eso, pensó, nunca más lo iban a invitar a nada, así que trató de armar una sonrisa y dijo bueno, pibes, ningún problema, acá estoy yo para garantizar el suministro. Cuatro horas después seguía en el zaguán, cansado, transpirado, repartiendo; tenía muchas ganas de tomarse una cerveza, pero no estaba seguro de que estuviera bien.