Pero cuando hacían el equipo para jugar en el campeonato de colegios católicos sí que me llamaban: los mismos que tantas veces se reían de mí me llamaban porque sabían que yo era mejor arquero que cualquiera de ellos, que yo no tengo miedo y me tiro donde haya que tirarse y que les conviene tenerme ahí en el arco, y cuántas veces pensé que les iba a decir que no, ahora jodansé, me tratan para la mierda y me llaman cuando les conviene, no, que les ataje su abuela, pero al final nunca lo hacía: me llamaban y yo iba, si de últimas lo que yo quería era que me llamaran, que me trataran como a uno de ellos y esa era una manera, una buena manera. Y después era cierto que en el arco la gozaba, me gustaba esa sensación de que yo sí podía agarrarla con la mano, que yo era distinto a todos esos boludos que solamente podían darle patadas, y además era bueno, atajaba bien, varios partidos lo salvé al equipo del colegio con mis atajadas, volando, tirándome a los pies.
(Y cuando me lo preguntan no lo digo, me hago el interesante, pero lo que yo quiero de verdad es ser un jugador profesional, arquero de un equipo en serio, ser un ídolo de los hinchas, ganar guita a lo loco, cogerme todo lo que quiera, mostrarle a mi viejo que decía boludeces. Eso es lo que quiero y creo que puedo y que, con un poco de suerte, lo voy a conseguir.)