Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Lo vio venir y pensó que era fácil. Al pibe la camiseta de Chacarita le quedaba grande, se veía que alguien se la había prestado, que ni siquiera tenía una. Y sí, se venía solo, le faltaban unos metros para llegar al área y venía solo pero cuántos de esos se había morfado Julio sin problema; al pibe la pelota también le quedaba grande y Julio le salió, tranquilo, caminando, los brazos bien abiertos, la confianza: a ese chiquito se lo comía con papas.

Julio sabía –siempre lo supo– que era bajo para ser arquero. Ya desde el colegio, cuando era el arquero obligado para los intercolegiales, cuando era el Loco y se había ganado el puesto a base de atajadas suicidas, sabía que tenía ese problema. Algunos compañeros y algún entrenador se lo habían dicho, y él les decía que era un basquetbolista filipino y se reía. Un día les explicó que lo había visto en la tele: en las Filipinas, unas islas en el culo del mundo donde todos son enanos de jardín, el deporte nacional es el básket, ¿se imaginan? Son muy petisos, pierden, cuando juegan contra otros países pierden, y a veces hasta se quejan de que los contrarios son demasiado altos, pero siguen jugando, lo que importa es la actitud y con eso, si es de verdad, crecés un par de metros. Así que ya saben, les decía, basquetbolista filipino.

Era bajo, sí, para jugar de arquero pero ahí estaba porque en la Quinta división de Atlanta no había muchas alternativas y capaz que crecía un poco todavía y de verdad le ponía todas las ganas, volaba aunque fuera bajito, se tiraba a los pies, se jugaba la vida en cada córner, pero también a veces se comía unos goles que un tipo más normal no se comía. Y esa tarde se estaban jugando la clasificación para las semis, justo con Chacarita, el clásico del barrio, y el punterito de ellos seguía avanzando aunque fuera un gurrumín y la camiseta le sobrara por todos los costados y Julio le salió tranquilo, los brazos bien abiertos, lleno de confianza, levemente agrandado, y el petiso le tiró un globo que le pasó fácil por sobre la cabeza, por sobre el manoteo de los brazos cortos, por sobre todo su cuerpo insuficiente, por un lugar donde cualquier arquero en serio la habría agarrado con solo levantar la mano y la pelota fue despacio, picando cómoda, sin apuro a meterse en su arco –y Chacarita los dejaba afuera.

Sus compañeros no fueron a consolarlo sino a putearlo en todos los idiomas; el entrenador mandó a calentar al arquero suplente y al cabo de unos minutos lo sacó. Cuando estaba saliendo le dijo que todos tenemos nuestros errores pero que esta vuelta el error fue suyo por ponerlo:

–Nene, si vas a jugar así podés no jugar más. Yo ya no sé si servís para jugar a esto.

Le dijo, como quien dice no quiero verte nunca más, la concha de tu madre. Julio Méndez se fue caminando con la cabeza gacha…

…y pocas cuadras después pasó por el locutorio de Habana y Concordia, donde Rodolfo le ofreció una raya de coca…

…y pocas cuadras después pasó por el locutorio de Habana y Concordia, donde Rodolfo le consiguió un contacto para seguir jugando al fútbol…

…y pocas cuadras después pasó por el locutorio de Habana y Concordia, donde le dijo a Rodolfo lo que pensaba de él…

(Tantas posibilidades, tantas vidas se agazapan detrás de cada paso. Tantas cosas que podrían haber sido y que no fueron; tantas que no fueron pero podrían haber sido.)