Hay innúmeras opciones y nadie sabe qué las determina.
Supongamos que la tarde en que lo echan de Atlanta Julio pasa caminando delante del locutorio de Habana y Concordia y ahí está Rodo, aburrido, parado en la puerta. Rodolfo es un ex compañero del colegio, uno de los que más lo habían burlado todos aquellos años, hasta que en cuarto lo expulsaron: una bala perdida. Cuando se descubren hay un momento de sorpresa y molestia; enseguida Rodo ve la desazón en la cara de Julio y le parece que puede ser rentable y le pregunta qué le pasa.
–Nada, qué te voy a contar.
–Lo que quieras, Loco, que para eso están los amigos.
Julio oye esa palabra, tan dudosa en los labios del otro, y sin embargo de algún modo la acepta: los amigos.
–Nada, que me acaban de rajar de Atlanta.
–¿Cómo que te acaban de rajar, Loco?
–Eso, el técnico me dijo que si no quería jugar no jugara más.
–Eso no es rajarte.
–No me jodas, Rodo. El que estaba ahí era yo.
–¿Pero cómo te van a rajar si sos un arquero del carajo?
Julio le sonríe abatido y el otro le palmea la espalda. Es curioso, piensa Julio, cómo pelearse durante mucho tiempo crea una especie de amistad. Los dos siguen parados en la puerta. El locutorio, a esta hora, está vacío, y Julio se pone serio: que no le dé palmaditas, que no le tenga lástima. Julio detesta que le tengan lástima: le pasa demasiado, lo irrita más aún. Su amigo lo mira como diciendo no me rompás las bolas que tampoco da para tanto pero Julio no entiende el idioma:
–No, no tenés por qué tenerme lástima. Yo sé que yo soy bueno, en el arco soy bueno, ese hijo de puta no tenía que rajarme así. Pero yo se lo voy a demostrar. No me voy a rendir a la primera, ¿no, Rodo?, por lo menos no a la primera. Yo soy de esos que a veces parece que no tuvieran mucha voluntad pero sí tengo, y acá tengo que sacarla toda porque no puedo rendime a la primera, tengo que seguir con esto, al final es lo único que me importa y no puedo rendirme a la primera…
La perorata se repitie con un brío monótono: que no se va a rendir a la primera, que no se va a dejar joder el fútbol que es lo único que realmente le importa, que en qué otra cosa lo van a querer y respetar así, que en qué otra cosa puede ganar la misma guita y las mismas minas y la misma fama y que, aunque no fuera por eso, cuando está ahí debajo de los palos se siente diferente, se siente bien, se siente un hombre y entonces no se va a rendir a la primera, sigue diciendo, en un monólogo imparable, hasta que Rodolfo le pone de nuevo una mano en el hombro y le dice que él puede tener la solución para su asunto.
–Capaz que yo tengo una solución, loquito. Capaz que sí, ya vas a ver.
La solución, a primera vista, parece enrevesada y azarosa, más parecida a una complicación. Pero poco a poco Rodolfo la va aclarando: resulta que tiene un amigo –más bien, un amigo de un primo suyo– que es representante de jugadores, pero no uno de esos que venden cracks a Europa –“esos son cuatro, si querés pisarles la puntita te mandan un sicario y te ponen en órbita”–, sino uno de los que se buscan la vida como pueden. Este, le dice Rodolfo, se armó un curro de llevar argentinos a Salvador, Guatemala, Panamá, Costa Rica: son equipos chicos, todos los equipos allá son chicos, no pagan mucho, pero te tratan como a un rey, te respetan, ya nomás con ser argentino sos gardel, le dice. Y que el tipo se ocupa de todo: que le arma un video donde es mejor que Gatti y Fillol juntos, que le consigue el club y la vivienda y la visa y todas esas cosas, capaz que te hace un pasaporte donde tengas tres o cuatro años más, para que no parezcas tan pendejo. El tipo es un avión, tiene amigos en la cana, en la AFA, en todas partes, y el primer año se queda con la mitad de tu sueldo y después cada año va bajando diez por ciento hasta que llega al veinte. Nada, le dice, un trato razonable, fijate que sin él no tendrías nada. Y la cosa es que más o menos te la banques, que no lo hagas quedar mal: él dice que de cada cinco puede llevar uno que sea un patadura, pero que tampoco tiene que exagerar con el promedio porque se queda sin laburo, ¿me entendés? ¿Y, cómo la ves? ¿Te bancás esta parada?
Julio le dice que sí pero que cómo va a llegar hasta esos países; Rodolfo se ríe, le dice que se ve que no entendió bien, que no se preocupe que el tipo le arregla todo, el pasaje, todo, vos no tenés que preocuparte de nada, de nada. Julio lo ve tan enfático que sospecha que su amigo también debe ganar algo en el asunto. Duda, después se lo pregunta.
–Sí, pero chirolas, tres con veinte. Yo esto lo hago para ayudarte, hermano, para que no te quedés acá varado igual que yo.
Para su sorpresa, todo el trámite se resolvió en un mes. Mientras tanto, Julio no le dijo a su padre que lo habían rajado de Chacarita: en los horarios de los entrenamientos llenaba el bolso y se iba a dar unas vueltas por ahí –y con los partidos no tenía problema porque su padre nunca había querido verlos: mirá si voy a perder el tiempo con esa boludez, ya bastante que te banque para que lo hagas, le dijo alguna vez, cuando él se lo pidió. En un momento pensó que su madre podía darse cuenta de que no le daba para lavar su ropa deportiva: vanas esperanzas.
Pero igual le quedaba un obstáculo: decirles que se iba a vivir a Guatemala. Primero imaginó no hacerlo: bajar una mañana con su bolso un poco más lleno que lo habitual y llamarlos por teléfono cuando estuviera a seis mil kilómetros y 35 grados a la sombra. Después le pareció que, aunque lo merecían, era una forma de ponerse a su altura y no le gustó. Así que los invitó a comer una pizza al Imperio de Chacarita, frente al cementerio y, con el primer pedazo de muzza con fainá, les dijo que se había conseguido un contrato de arquero en un gran club extranjero y que no tenía más remedio que aceptarlo. Para su sorpresa, sus padres se alegraron, le dijeron que ojalá pudiera quedarse en ese destino mucho tiempo, que en una de esas hasta podían ir a visitarlo: ninguna pena, ni un simulacro de nostalgia. Casi que los veía contentos. Para eso, pensó, podría haberse ido sin decirles nada. Su hermana Karola fue la única que puso trompita, pero bueno: tenía catorce años. Julio se quedó sorprendido y aliviado, una puntita triste, y hasta hizo el esfuerzo de comerse un par de porciones de pizza en lugar del bifé con puré.
Después empezaban los obstáculos serios: debía subirse a un avión, soportar la impresión de estar ahí arriba colgado de una brocha sin mango ni pelitos, suspendido en medio de la nada, comiendo vaya a saber qué porquería. Y después llegar a un aeropuerto tan desconocido como todos los otros –Panamá– y cambiar de avión y al fin llegar a otro, en Guatemala, y bajarse y esperar que lo estuvieran esperando y que todo esto fuera cierto. Julio se alegró de no tener el tercer obstáculo posible: una novia de quien despedirse o, peor, una novia que llevarse, algún tipo de responsabilidad o de ancla. Se felicitó, incluso: era una prueba más de que tener relaciones complicaba todo.
Salió, voló, el avión corcoveó, él cerró su ventanilla, se agarró del asiento de adelante y trató de vomitar pero no pudo; cuando llegó, agotado, lo esperaba un señor con su nombre escrito a mano en un papel que lo embarcó en una camioneta y lo llevó hasta el club, en Antigua Guatemala, la antigua capital de Guatemala, una ciudad antigua y decadente a menos de una hora de la capital. Estaba maltratada: cada cinco o seis décadas un terremoto se ensañaba con ella y la roía; el centro, tan colonial bonito y empedrado, tenía tantas construcciones como ruinas. En una de esas –mezcla de construcción y ruinas– tenía su sede el Antigua Guatemala Fútbol Club, o Antigua a secas, y ahí un señor bajito sin bigotes, el presidente Ramón Peña, le firmó el contrato que lo registraba como integrante del plantel profesional: a sus 19 años –en sus papeles, 23–, era el número 12, segundo arquero con aspiraciones de primero.
El equipo era lo bastante malo como para que Julio pudiera integrarlo sin problemas y su metro setenta –centímetro más, centímetro menos– lo hacía parecer alto y su pelo rubio lo hacía parecer alemán o americano. Estaba sorprendido: no sabía que la población de su nuevo lugar sería tan indígena. Había imaginado algo parecido a Liniers, cerca de su casa, donde había blancos y algunos bolivianos y cabecitas negras –y no le gustaba ir mucho por Liniers– pero esto era otra cosa: ver a un blanco que no fuera gringo era casi imposible. Después aprendió que había algunos pero no en la calle: solían estar en sus grandes caserones y en sus fincas, apartados –y ni siquiera eran tan blancos. Trataba de que no le molestara pero había momentos en que no lo soportaba: le parecía que se había ido a vivir a una villa miseria.
Julio destacaba –lechoso, casi alto– y ambas condiciones lo favorecían en sus actividades principales: el fútbol disminuido y el levante de mujeres cobrizas. Que le gustaban poco de lejos y de cerca menos todavía, pero a días de llegar entendió que si quería ser el argentino del equipo y tener chances de pelear el puesto debía cumplir con cada requisito: un argentino que no quisiera –y pudiera– levantarse todo era un fracaso, una falacia. Julio no tenía habilidad en ese rubro: nunca la había tenido y estaba preocupado. Pronto entendió que si se dedicaba a cierto tipo de mujeres –bajitas, gorditas, aindiadas– tenía muchas más chances de ganar. Aprovechaba el racismo ambiente: que un rubio se interesara por una india era tan extraño que pocas se le resistían. Él, en general, no intentaba concretar: esas mujeres no lo calentaban.
Así, sin mucho interés pero con cierta eficacia, cumplió con esa parte de sus obligaciones. Las del arco eran más complicadas: Julio no era espantoso pero ahí, en esas canchas de polvo y piedras, le costaba jugarse el físico cuando era necesario. Tras los primeros partidos algunos compañeros empezaron a tratarlo de cagón, mariconazo, pendejo culero; Julio revivía, por momentos, escenas olvidadas del colegio y de Atlanta y se comía goles que parecían evitables y cada vez que le metían uno se las agarraba con algún defensor, le hacía grandes gestos para que todos vieran; poco a poco, algunos de sus compañeros empezaron a odiarlo. Él sospechaba, entonces, que los errores no eran errores sino traiciones, sus venganzas.
Además tenía lagunas: momentos en que era como si no estuviese, como si la cosa no fuera con él, como aquella tarde en Villa Crespo. Así que la charla con Josué Martínez, el técnico yucateca que los dirigía, fue severa: don Josué, un señor llegando a los 70, la voz ronca de haber vivido y bebido suficiente, se lo llevó a una especie de cantina al lado del mercado –aserrín en el suelo, gargajos en el suelo, borrachos en el suelo– y le dijo, en síntesis, que no podía mandarlo de vuelta a su casa porque el presidente lo había comprado y si él lo rechazaba era un insulto a su patrón. Pero que no se confiara: que si no ponía un poco más de cojones lo iba a dejar sentado en ese banquito tan bonito que hay ahí, justo debajo de los escupitajos, le dijo –y Julio se activó.
Empezó a cumplir en los tres palos. Tuvo la suerte, muy guatemalteca, de que el otro arquero, un local bajito y aguerrido, decidido a dejarse el físico por unos quetzales, consiguiera un trabajo nocturno en una fábrica de mermelada de guayaba y eso, unido a su empleo diurno en el correo, lo tenía agotado. Así que la comparación se le volvió más fácil, se asentó en la primera –del Antigua– y empezó a ser lo que siempre había querido ser: un futbolista.
Había ratos en que no lo podía creer. Recortaba fotos y notas de los diarios, las guardaba. Alguna noche pensó en fotocopiarlas y mandarlas a sus padres, pero después se dijo que no lo merecían, que no valía la pena. Su rendimiento era mediocre pero nadie parecía notarlo o reprochárselo. Tenía varias ventajas: el Antigua era un equipo que siempre estaba a punto de descender; con solo asegurarse la permanencia dos o tres partidos antes del final ya habían hecho una campaña extraordinaria. Así, que les metieran 30 o 40 goles en 20 partidos era la media habitual. Julio recibió solo 32 en su primera temporada: tuvo suerte dos o tres veces y, otras, los delanteros contrarios se abatataban ante la supuesta fama del arquero rubio. Y terminó de salvarlo otra casualidad: en el partido de visitante contra el Municipal, el campeón habitual, no pudo estar por una lesión y el que se llevó los cinco goles fue el pobre pluriempleado. Julio vivía sin grandes lujos, pero en Guatemala en esos días un sueldo de 1.800 dólares mensuales –el más alto del equipo– alcanzaba para todo y algo más: se compró un coche y un carnet de conducir; el coche era un bocho mexicano convertible, una reliquia de los años 60 que todavía marchaba; el registro ni siquiera era falso. Con el descapotable su poder de seducción aumentó y hasta parecía que atajaba mejor: durante dos o tres años su carrera mediocre y esforzada y aindiada en el Antigua Guatemala se sostuvo bien.
No la pasaba mal: extrañaba, pero nunca terminaba de saber qué extrañaba. Le gustaba que los guatemaltecos le hablaran de vos: primero pensó que era una deferencia o una burla por su argentinidad porque solo los argentinos usamos esa forma; pronto descubrió que no, que se hablaban de vos entre ellos, y preguntó y le contaron que también había otros países o regiones, todos chiquitos, los más marginales, donde el vos se mantuvo. Eso lo hizo sentir menos original y mucho más cómodo; aún así, una de sus mayores preocupaciones era no perder su acento porteño: practicaba, hablaba solo como si conversara con Edmundo Rivero. Otra era mantener la tintura siempre actualizada, lo más natural posible: sí, había sido rubio en su niñez y adolescencia, pero después su pelo empezó a oscurecer y no le gustó nada. Para seguir siendo él, el argento canchero, necesitaba mantenerse rubio, y no escatimó recursos para conseguirlo. Sabía –suponía– que ser argentino era una gran ventaja en ese país de lagos y volcanes y calles de tierra y propagandas con dibujos en lugar de letras, que por eso solo ya lo respetaban. La verdad, pensaba con un resto de pudor, estos tipos son medio papanatas. Son ingenuos, les falta calle, son medio giles con su machetito y su perdoncito y disculpe dotor y todo eso; cualquier argento, hasta el más nabo, les da catorce vueltas.
Y Julio no se consideraba especialmente nabo y su vida era fácil: lo invitaban a fiestas, bailes, cenas, camas; tener al Loco en una reunión era un lujito. Julio lo sabía y lo aprovechaba todo lo que podía, porque tenía demasiado tiempo libre: el equipo entrenaba todas las tardes a las seis –cuando ya bajaba el sol tremendo y la mayoría de los jugadores salían de sus trabajos– hasta las ocho o nueve como mucho. Después solía ir a cenar con algunos de los muchachos, los solteros –y a menudo le tocaba pagar, porque ellos no tenían un cobre. O a alguna de esas cenas o fiestas a las que lo invitaban. Pero, aún así, le quedaban tantas horas entre las nueve o diez de la mañana, cuando se levantaba, y las seis de la tarde. Salía a caminar por la ciudad, a pasear con el coche por las montañas de los alrededores, bajaba hasta la capital so pretexto de comprar alguna cosa y se metía en la peluquería: el tiempo le sobraba por todos los costados. No soportaba el olor a maíz, las personas que hablaban en idiomas imposibles y la televisión guatemalteca; intentó leer pero no lo lograba, se dormía a la segunda página. Intentó incluso convivir con María Semila, una india joven bastante esplendorosa, pero nunca encontraban de qué hablar y coger le interesaba poco y no le salía bien, así que terminó por despacharla. Julio tenía la vida perfecta –pensaba– y no la soportaba.
Ya un poco desesperado, decidió que era porque se había resignado a algo muy modesto: que tenía que apuntar más alto, buscarse desafíos. Julio se envalentonó –se creyó su propio personaje– y quiso parecerse a esa ilusión: con los años, muchas veces se preguntaría por su tendencia a arruinar las situaciones favorables por intentar hacerlas más favorables todavía. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, se decía en Argentina; Julio se lo había oído a alguien pero no recordaba a quién.
Sin embargo, empezó a hablar con conocidos para que lo contactaran con algún dirigente del Municipal, los rojos, el club más potente del país. Los Rojos, encantados de llevarse al rubio, le hicieron una oferta que no quiso rechazar y, a mediados del 92, se mudó a la capital. Ahora sí que empezaría a jugar en serio.