A sus 33 años ya llevaba más de diez en Guatemala: en Guatemala. A veces se paraba un momento, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se reía: qué carajo estaba haciendo el hijo de un taxista de Floresta en Guatemala. O visto de otra manera: qué, un argentino en Guatemala. Parecía, de cualquier modo, un disparate, la burla de algún dios, un chiste malo del destino. Y, al mismo tiempo, ya no se imaginaba en otra parte.
Su carrera de futbolista no había sido larga: el pase al Municipal fue un error completo. Pronto descubrió los problemas de jugar en un club “grande” –dentro de las proporciones guatemalas–: en el Antigua lo peloteaban mucho, atajaba las fáciles, se revolcaba para impresionar y le metían un par; en el Municipal lo atacaban tres o cuatro veces por partido: si le metían cualquiera de esas quedaba como un perro –y le pasaba con frecuencia y, además, lo miraban demasiados ojos. Los periodistas se divertían desdeñándolo, la afición lo burlaba o lo abucheaba, según la gravedad: su fracaso se había convertido en un asunto de orgullo nacional, el argentino nos quiso meter el perro pero a nosotros no nos engañan esos cerotes, mierda, qué se creyó que somos. Al fin un lunes, tras un 0-2, el técnico lo llamó para decirle que la siguiente sería su última chance: que sabía que si no lo ponía el presi le iba a hacer un fandango pero que les estaba haciendo perder el campeonato y así no podía mantenerlo en el equipo. Julio había aprendido, ya no era tan malo; el problema era que no se concentraba, cuando un delantero contrario se acercaba con la pelota al pie volvía a perderse en firuletes de la mente, se distraía, se comía el gol como aquella tarde en Villa Crespo. Había vuelto a caer y no encontraba la salida. Así que buscó una radical: agarró un leño, lo envolvió en un trapo, lo agarró con la mano derecha, puso el brazo izquierdo sobre el borde de la bañadera y se quebró de un golpe el cúbito y el radio; después dijo que se había caído en la ducha.
La conmoción fue grande. La lesión lo dejaría afuera varios meses; se le abría un lapso de descanso y tedio para pensar qué haría con su vida. Fue un tiempo raro: la inactividad, el vacío se habían multiplicado, la coca era barata, las mujeres casi regaladas –y ninguna le interesaba suficiente. A veces Julio se decía que si se corriera la bola de que el fracaso era eso, multitudes querrían fracasar. Fue en esos días cuando se descubrió un placer que tenía enterrado en lo más hondo: nunca había imaginado que pudiera disfrutar tanto de azotar mujeres. Trataba de no lastimarlas; se decía que era un juego y que no eran niñas inocentes: se ganaban la vida con eso. Y por supuesto, para completar la escena y la gozada, les pedía que lo azotaran a él también; él las alentaba, les pedía más y más, pero ninguna se atrevía a hacerlo en serio. La que más era Selva, una morena de buenas curvas y pelo afro que llegó a proponerle que llamaran a su amigo Tupet, que seguro podría pegarle con la fuerza que él quería. Julio consideró la posibilidad pero no se animó. En cambio, siguió viendo cada vez más a Selva, ya casi la exclusiva.
Selva no era una jovencita: debía tener 37 o 38 años, bastantes más que él. Sus carnes ya no eran tan firmes, sus redondeces se completaban con grasa y celulitis, pero había aprendido a mandar e imponerse y para Julio, tan perdido, se convirtió en una guía imprescindible. Con cada latigazo le ordenaba algo, a veces caprichitos, a veces directivas que tendría que seguir en la vida. Fue ella, entre dos azotes, la que le dijo que no tenía sentido que volviera al fútbol, y él la escuchó. El juego, en verdad, tenía su trampa: ella le decía o mandaba muchas cosas, él acataba las que le sonaban y a veces, en sus palabras, escuchaba la voz de su hermana. Eso lo confundía y excitaba más que nada.
En cualquier caso, ya curado de su lesión, la vuelta al fútbol le parecía cada vez más innecesaria: sabía sin terminar de confesárselo que no estaba a la altura y que no quería someterse al bochorno público; para evitar pensarlo en esos términos se dijo que su brazo no se había recuperado bien, que qué desgracia el accidente –había conseguido recordarlo como un accidente– y qué manga de brutos los médicos guatemaltecos que no habían sabido curar algo tan simple como un par de huesos rotos, que si le hubiera pasado –“si le hubiera pasado”– en Argentina habría sido distinto. Más allá de excusas y exabruptos, su decisión estaba tomada: solo le faltaba definir adónde irse. Sin el señuelo del fútbol fácil, Guatemala no tenía sentido.
Pero antes de dejarlo decidió recorrer el país: tantas veces le habían dicho que era muy bonito y él, ocupado con su fútbol, sus fiestas y sus entreveros, lo conocía muy poco. Selva le hablaba mucho de un pueblo llamado Chichicastenango, en plena zona maya: la invitó –aclarándole que ya no era de pagar, que iban a ir como amigos, y ella lo aceptó. Un mecánico oscuro le puso a punto el bocho y encararon hacia el norte. Fue una revelacción. En Chichi –todos lo llamaban Chichi– descubrió otro mundo: esto sí que era América Latina for export, la que los europeos querían comprar y se compraban. El mercado de Chichi llenaba cada jueves y domingo las calles encaladas con todo tipo de colores: cerámicas, frutas, verduras, carnes, telas, artesanías diversas. Julio y Selva alquilaron un cuarto en una casa a la salida del pueblo y decidieron quedarse unos días: no habían pasado cuatro cuando Julio, tras ciertas preguntas y averiguaciones, tomó su decisión:
–Acá hay mucha guita que ganar haciendo nada, negra, y viviendo como reyes.
Y elaboró: que esos indios fabricaban sus bolsitos y sus bowlcitos como antes de Colón y que así tardaban días y días para hacer cada uno y los tenían que cobrar muy caros y vendían poco y ganaban menos; que él iba a organizar unos talleres donde esas mismas cosas se fabricaran rápido y bien, que los indios que trabajaran iban a ganar un poco menos que antes pero más seguro y que ellos –Selva y él– iban a hacerse ricos. Que era lo mismo de siempre: estos brutos necesitan a uno con cabeza para sobrevivir, uno que entienda como funcionan estas cosas. Selva dudó; Julio le prometió que no por eso dejarían de cogerse y pegarse y que si, además, quería hacerse unos mangos con su profesión él no estaba en contra. Selva aceptó; al principio todavía elegía de tanto en tanto algún cliente limpito –un gringo, un francés, un australiano–; no lo necesitaba y al fin se fue aburriendo.
Tres años después la mayoría de las artesanías que se vendían en el mercado de Chichicastenango salían de los talleres Méndez, un gran hangar a quince minutos del centro del pueblo. La diferencia con las que se hacían a mano según los antiguos métodos saltaban a la vista de aquellos artesanos pero los compradores eran turistas perfectamente incapaces de notarlas. Esa es la otra, solía decirle Julio a Selva, hay que abaratar: se había leído medio libro de Art Goldwin, un americano que explicaba cómo triunfar en los negocios, mal traducido en Panamá, y trataba de aplicar lo que entendía. Que los que no manejan el mercado no saben que tienen que hacer el producto más barato posible que sus consumidores acepten comprar, le decía, no piezas de museo. Ella se reveló como una buena cómplice: ordenaba que sus artesanos incluyeran en casi todos sus productos fallos leves que les daban un aire más telúrico, más indígena que los realmente indígenas, y los turistas los compraban con más entusiasmo todavía. Al principio tres o cuatro trabajadores se negaron: Selva los convenció con el argumento de que esos cambios los acercaban más a sus ancestros. El taller marchaba a pleno. Julio solía pasearse entre sus empleados, todos inclinados sobre sus herramientas y las pequeñas cadenas de montaje: los miraba, se miraba, se sentía tan superior a ellos.
Y lo justificaba: cada uno de estos gana seis, yo gano seis mil; todos estos llevan quinientos años haciendo esta basura y nunca se les ocurrió lo que yo puse en marcha en cinco días, se decía, y que por fin había encontrado su función en el mundo. Julio era rico: un bolso bajo una tabla del piso del sótano con fajos y más fajos de dólares. Estaba cebado. No podía creer que le saliera tan fácil y siguió: manejaba –poseía– una agencia que ofrecía tours y comidas y otros paseos por la ciudad y la zona y servía, además, para arrear a los turistas a los puestos que vendían sus productos. Estaba pensando en comprar un par de caserones semiabandonados en los alrededores del pueblo para hacer hoteles; prefirió empezar por comprarse uno para él y Selva. Que se habían transformado en una especie de matrimonio casi convencional. Ya solo se pegaban cada tanto, cuando se tomaban unas copas de más, y no era como antes: a Julio le gustaba cada vez menos que Selva le pegara y más pegarle él. Ella lo soportaba: tenía una vida regalada, casi no trabajaba y remoloneaba en una casa lujosa con un jardín lleno de trópico, e insistía en que tuvieran hijos. Él le decía que sí, por supuesto mi amor, en cuanto vengan mi amor, pero lo corroía la idea de que un hijo suyo pudiera ser oscuro. No terminaba de confesárselo pero no soportaba la imagen: él, con su pelo siempre tan rubio teñido, paseando de la mano de un nene negro mota que le decía papá: se le iban a reír a carcajadas, se moría de vergüenza, nunca podría volver a Buenos Aires. Con el tiempo, ella fue sospechando que él no lo haría, y su rencor trepaba. En vez de hijos, Julio empezó a traer perros y más perros; Selva al principio los cuidaba y apapachaba, pero llegó un momento en que dejó de soportarlos.
Fue su primera gran crisis: Julio llegó a decirle que los perros no se movían, que si quería irse, puta perra, no tenía más que decirlo y hacerlo. Pero, cuando ya parecía que los ánimos se calmaban, llegó la crisis verdadera.
Empezó con Siguán, un joven indígena –como casi toda la población de Chichi– que había estudiado en la capital y que, al volver y enterarse del invento de Julio, se indignó: otra vez esos blancos venían a sacarles lo que siempre fue suyo. Empezó a hablar con sus paisanos, a agitarlos: estos godos hideputas siguen siendo insaciables. ¿Para qué lo necesitamos al blanquito este? ¿Para que se quede con nuestras ganancias, nos saque plusvalía? Los artesanos quichés no sabían qué era eso pero parecía claro que era algo que les robaban, y además Siguán lo decía con tanta firmeza que había que creerle. Así fue que unas docenas de indias e indios se reunieron alrededor del “Chichi che quiché” para recuperar su autonomía artesanal. Lo lograron: entre argumentos y amenazas, convencieron a muchos trabajadores del taller Méndez y, de pronto, Julio se encontró con la mitad del personal mientras empezaban a aparecer en los puestitos mercaderías parecidas a las suyas pero bastante más baratas –sin su plusvalía. Cuando lo supo pensó que sería pan comido: habló con los trabajadores que le quedaban, les ofreció aumentos, horas extras, mejores condiciones y que trajeran sus parientes o amigos –pero no funcionó: cada vez más indios lo abandonaban, cada vez más puestos ofrecían los productos ajenos. Empezaba a desesperarse cuando se le acercó, una tarde al caer el sol detrás de la iglesia de santo Tomás, un hombrón más grande que la mayoría con un sombrero que le cubría buena parte de la cara y unos tatuajes raros en los brazos. El hombre lo saludó por su nombre habitual –el Che Julio– y le dijo que sabía que tenía problemas y que ellos podían ayudarle a solucionarlos.
–¿Ustedes? ¿Quiénes son ustedes?
–Nosotros, patroncito, no se preocupe de quiénes somos sino de lo que hacemos por usté.
Le dijo el cuarentón, y que podía llamarlo Tinto y que lo que él –Julio– necesitaba era que sus trabajadores vovieran a respetarlo y que él –Tinto– y sus hombres les iban a infundir ese respeto. Julio le preguntó cómo lo harían y Tinto le dijo que no quería saberlo; le preguntó cuánto le costaría y Tinto le dijo que nada por ahora, pero que cuando recuperara el monopolio tenía que darle un 30 por ciento. Julio se rió, le preguntó si estaba loco; Tinto, sin mover un músculo de su cara cobriza, le dijo que loco estaba él si se resignaba a perderlo todo para no perder una tercera parte; Julio le dijo, en voz muy baja, que por un cuarto cerraban el trato. Tinto le extendió la mano derecha; Julio se la estrechó –y después, durante varias horas, la husmearía tratando de identificar ese tufo que le había quedado entre los dedos.
Cuatro días después Siguán, el joven estudiante, apareció colgado de un farol a la entrada del pueblo con la cara desfigurada por los golpes y un cartel de cartón sobre el pecho que decía “Perdón, me confundí”. Julio, cuando lo supo, tuvo un escalofrío; después pensó que así eran ellos y su cultura milenaria, que él no tenía nada que ver, él no quería meterse en líos. En cualquier caso, en la semana siguiente, docenas de indias e indios ex empleados suyos llegaron con la cabeza gacha y el sombrero en las manos para pedirle que les volviera a dar trabajo; salvo tres o cuatro casos de personas que habían sido especialmente ofensivas, Julio lo hizo.
El taller volvió a funcionar a tope, Julio recuperó su poder sobre el mercado y sobre sus empleados: cuando lo dejaron sintió que lo “habían tomado para la chacota” –decía, con una frase de su madre– y confirmado que en la vida, para que te hagan caso, tenés que ser más duro. Así que en esta segunda vuelta recorría las mesas con un látigo o una varita en una mano y cuando veía que algún trabajador no estaba suficientemente concentrado en el trabajo le pegaba en las manos, en el cuello, en la cara. Ahora sí me respetan, le dijo una noche a Selva, hinchando el pecho.
–Todos estos brutos son hijos del rigor.
Le dijo: que había que ser muy civilizado para que te puedan correr con la vaina, que a la mayoría de la gente para que entiendan es mejor cagarla a palos.
–Bueno, palos y la amenaza de la banda del Tinto.
Le dijo Selva y Julio no quiso contestarle. Todo había vuelto a la normalidad: el taller producía y Tinto llegaba todos los lunes a llenar su bolsita de colores mayas con la plata. Hasta que, cuatro o cinco meses después, uno de esos lunes, le dijo que ahora quería la mitad. Julio protestó, le dijo que era una injusticia, que él había inventado todo eso, que era un robo; Tinto le dijo que sí lo era, como todo siempre; Julio se puso digno y le dijo que del 35 por ciento no pasaba. Tinto le preguntó si era su última palabra, si la mantenía aunque le fuera a costar un ojo de la cara y Julio le dijo que sí, que con quién se creía que estaba tratando. Tinto le sonrió condescendiente, no le contestó nada y se fue sin saludarlo.
Julio creyó que había ganado la partida; esa noche se la contó a Selva. Se sentía muy macho, la cagó a latigazos. Diez días después Tinto y los suyos habían hecho en su contra lo mismo que habían hecho a su favor: apretaron a todos los indios de Julio para que empezaran a trabajar para ellos –y lo dejaron en pelotas. Una tarde, en su taller casi vacío, donde había empezado muy temprano con los mezcalitos, Julio recibió la última visita de Tinto: que Chichicastenango ya no lo necesitaba para nada, que se le había vuelto un poco peligroso, que se fuera en una semana si no quería terminar como aquel estudiantito impertinente o, si lo agarraba en un día bueno, con un ojo vacío.
–Yo te dije que si seguías así esto te iba a costar un ojo de la cara.
Le dijo Tinto aquella vez.
–Pero ustedes los blanquitos son idiotas. Se creen que nosotros siempre hablamos figurado, con imágenes raras. Un ojo de la cara te dije, Che Julieta, de esos medio azulitos que tenés. Un ojo de la cara.
Cuando llegó a su casa, Julio tenía un plan. Le pidió a Selva un buen vaso de ron y la sentó a su lado y le dijo que no entendía cómo habían tardado tanto en darse cuenta, que se habían enganchado con la tontería esa de las bolsitas y platitos y habían dejado pasar lo importante.
–¿Y lo importante qué sería, mi amor?
–¿Qué es lo que quieren los turistas que vienen hasta acá?
–No sé, pasear, sentirse en otro mundo, ver indios, comprarles nuestros inventos para llevarse algo de acá y sentirse en contacto con todas esas cosas milenarias, que ellos dicen.
–¿Y qué más?
–Yo qué sé qué más, mi amor. Comer, dormir…
–¿Y qué más?
–Basta de juegos, Che. ¿Qué me querés decir?
–¿No es evidente? Los tipos quieren contacto con esas cosas milenarias, como vos decís, pero quieren el contacto en serio, el de toda la vida. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? ¡Hay que armar un quilombo indígena, un prostíbulo de pueblos primitivos! Va a ser un golazo, Selva, un gol de media cancha. Y con vos de jefa no nos para nadie.
Julio estaba excitadísimo, Selva mucho menos. Le sacó el vaso de ron –nunca antes lo había hecho–, puso cara muy seria y le dijo que ella había sido puta mucho tiempo y sabía lo que era y no quería poner a ninguna mujer en esa posición. Julio le dijo que no fuera boba, que en esto de la prostitución hay errores y excesos, como en todo, pero que la mayoría de las chicas lo hacen porque quieren, porque con eso ganan mucho más que limpiando baños o tejiendo bufandas.
–Ahí están ejerciendo su libertad, Selva, ¿no te das cuenta? ¿Y quienes somos nosotros para impedírselo?
–Vos hablás sin tener ni idea. Y no digo impedírselo, pero tampoco facilitárselo.
–Sí, al contrario. Está bien que las ayudemos a ejercer su libertad. Y está bien que ganemos algún dinero por nuestra buena intención y por nuestro trabajo.
Julio le describía el decorado: unos cuartos rebosantes de tejidos mayas y consoladores rústicos de madera y barro y las chicas –y algunos chicos– vestidos con trajes típicos sexificados para la ocasión, varias capas de polleras pero todas cortitas, los ponchos transparentes; lo que no sabía, le dijo, era si ponerlo todo en una casa o armar una especie de compound con chozas tipo maya. Lo que sí sabía, le dijo, era a qué policías y a qué autoridad municipal tenía que sobornar, y no iba a ser difícil. Julio ya se imaginaba a las chicas en sus ropas escasas, las pilas de billetes y el respeto que ganaría en el pueblo: el que inventó lo que nadie se había atrevido antes; sonreía, se sonreía a sí mismo. Selva lo miraba con el ceño fruncido: sabía que los argentinos eran grandes ilusos, sabía que este lo era más que nadie, pero nunca lo había visto tan disparado, tan disparatado. Poco después le dijo que se iba a acostar; Julio siguió bebiendo y delirando ideas para su burdel quiche, hasta que se quedó dormido y soñó con un quetzalcoatl que le sobaba el mango. A la mañana siguiente, cuando la fue a buscar para contarle todo, Julio descubrió que Selva se había ido con su ropa y un par de adornos del salón. La odió, estuvo a punto de llorarla, imaginó maneras pero estaba claro que no tenía ninguna chance de recuperarla, ni siquiera de vengarse: su partida había sido tajante y bien armada. Y su proyecto de burdel se había ido con ella y su propia vida –o su ojo, por lo menos– estaba en peligro, así que él también tenía que irse: la duda era dónde, cómo, para qué.