La vida se le había complicado. Si quería conservarla debía salir de Chichi en el más breve plazo –defecando aceite– y la idea del hotelito en el lago Atitlán le pareció, al principio, inmejorable. En esos días lejanos, en esa nube alcohólica justificada por la fuga de Selva, Julio consiguió pensar que no era el momento ni la ocasión para lanzarse a grandes cambios, así que se le ocurrió que los dólares que tenía guardados le alcanzarían para comprarse una buena casa al borde de lago y convertirla en una posada rústica elegante para turistas extranjeros –que le permitiría seguir viviendo cómodo, bien servido en todos los sentidos. Y el lago era uno de esos grandes lugares perdidos que el mundo entonces todavía tenía: el enorme cráter de un volcán que alguna vez, millones de años antes, se había llenado de agua y convertido en ese gran estanque tibio rodeado de bosques y crestas y colores y magia. En esos días –2005 o 2006– el turismo lo conocía poco: era el momento, pensó Julio, para invertir ahí, porque tanta maravilla no podía tardar en ser un gran negocio.
Debería buscar un buen caserón costero que pudiera comprar y acondicionar; para eso, lo primero que tenía que precisar era su capital. Así que aquella mañana, un poco de resaca todavía, bajó al sótano con una bolsa grande para buscar sus dólares, toda su fortuna. Cuando levantó la tabla del suelo y sacó el paquete de papel madera algo lo inquietó: lo notó liviano, limpio de polvo, parecía como si alguien lo hubiera tocado poco antes. Frenético, rompió el hilo de cáñamo y lo abrió: en lugar de dólares o cualquier otra moneda vio unos fajos de papel de diario y la foto del látigo que habían usado tantas veces. Selva se había llevado todo y dejado un papel, como un recibo: “Hise las cuentas: cada palisa te costó meno de 2.000 dolares. Presio de amiga”.
Julio primero se quedó callado, el ceño fruncido, tratando de entender. Y enseguida gritó que era una ladrona hija de mil putas reventada desagradecida y que le iba a encargar a Tinto que la encontrara y la descuartizara: la odiaba sin reparos, sin límites. Cóno había podido hacerle algo así, ella, que él le había abierto las puertas de su casa, de su vida, la muy hija de puta, y que eso le pasaba por confiar en una mujer, que son todas iguales las muy putas, todas unas traidoras, cómo pudo olvidarse. Al rato, cuando la cólera fue dejando lugar a la tristeza, entendió que se había quedado pobre como una rata, traicionado por la mujer que quizás incluso había querido o algo así. Se sintió miserable o más que miserable: un auténtico imbécil. De pronto pensó que todos tenían razón: su padre, su madre, los compañeros de la escuela, el director técnico de la quinta de Atlanta, el de la primera del Municipal y tantos más: todos los que lo habían considerado un estúpido inútil tenían toda la razón del mundo. Una sola persona no había estado de acuerdo con ellos y esa persona –él– no tenía ningún criterio. O no, quizá, pensó de pronto: había alguien más, su hermana. Su hermana le había dicho, cuando él le mandó una foto de los dos, que esa negra no le parecía trigo limpio pero él no le había hecho caso: era obvio, pensó entonces, que su hermana estaba celosa de esa mujer espléndida. Aunque a esta altura nada de eso importaba. Por suerte le quedaba una botella de Zacapa: en un par de horas la vació.
Al anochecer se despertó con un dolor de cabeza extraordinario y la conciencia, pese a todo, de que tenía que inventarse una vida. No iba a quedarse en ese pueblo de mierda donde, a esta altura, todos debían saber que esa negra puta –esa puta negra– lo había robado y abandonado como a un perro, peor que a un perro. Pero tampoco tenía claro qué hacer, adónde ir. Se le cruzó la idea de Buenos Aires y le dio arcadas: volver allá a sus treinta y tantos completamente fracasado, a pedirle si acaso a su papá –si todavía vivía– una plata para empezar algo y tener que escuchar una vez más su desprecio le sonó insoportable. Y volver a Buenos Aires y no ver a su familia le pareció un poco más tolerable pero tampoco tenía mucho sentido: al fin y al cabo Buenos Aires era una ciudad que se especializaba en cagarles la vida a sus habitantes –y él ya estaba bastante jodido sin su ayuda.
Pensó en Guatemala City pero no era lo bastante lejos ni lo bastante grande: su fama de imbécil lo perseguiría. Pensó en otras capitales centroamericanas y la idea de empezar de nuevo en San Salvador o San José lo llenó de amargura. México, en cambio, era una posibilidad: una ciudad enorme, un verdadero caos, donde seguro que podría encontrar qué hacer, de qué vivir. Pero, por lo que le habían dicho, México era una pelea constante por la vida y él no se sentía lo bastante fuerte. Pensó en la avenida del medio: colgarse de uno de esos pinos majestuosos a la orilla del lago y dejarse de joder. No lo descartó; lo dejó como opción por si no se le ocurría nada mejor. Y entonces se le cruzó Miami: ¿por qué no ir a buscarse una vida a Miami, ese lugar tan lleno de argentinos y oportunidades y posibilidades para un tipo con iniciativa, uno que ha andado por ahí y de pronto puede inventar algo?
Se empezó a entusiasmar. Recordó tres o cuatro amigos –conocidos de Chichi– que podría ir a ver para enganchar algún primer trabajo, algo para aterrizar. Hasta que se dio cuenta de que no tenía visa americana: que no iba a poder entrar en Miami así como así –a menos que dejara de ser él. Unos meses atrás había encontrado en una calle del mercado una mochila negra que alguien habría perdido: no tenía ni plata ni pasajes pero sí, en cambio, un pasaporte español de un tipo de su edad, un Javier Miralles Leyva, un tipo que vivía en Madrid y, en esa foto vieja del documento, se le parecía lo suficiente –y tenía su visa americana. Esa tarde se metió en el único locutorio del mercado y buscó información sobre Miralles Leyva, que resultó ser –según esos datos no muy actualizados– hijo único, empleado administrativo de una empresa de elctricidad y fervoroso militante gay. Después encontró que se había muerto o al menos desaparecido en un viaje a Guatemala, pero eso no le alcanzó para desanimarse.
Vendió su rolex –el último resto de los buenos tiempos– para comprarse el pasaje a Miami y, si acaso, dos o tres semanas de cucheta en un hostel con baño compartido. Trataba de convencerse de que era una aventura; sabía que era lo más bajo que había caído en su vida.
–¿A qué viene a los Estados Unidos?
–Nada, de vacaciones, unas dos semanas.
–Ah, yo creí que venía para que lo enterraran.
Le dijo, socarrón, el oficial de migraciones, un negro rechoncho con muy poco pelo en la cabeza.
–Bueno, esto no es lo que parece.
–¿Ah, no? ¿Y qué es y qué parece?
–Parece como si yo estuviera muerto pero no, esto ya me pasó varias veces. Se ve que hay alguien que se llama como yo y debe tener casi los mismos datos, porque todo el tiempo me están dando por muerto. Es muy difícil de vivir…
Dijo Julio, los ojos con sus lágrimas.
–Puede que sea cierto, lo más probable es que no sea. Pero ¿sabe qué? Lo voy a dejar pasar. Tendríamos que perder mucho tiempo en las averiguaciones y usted parece tan poquita cosa que no creo que valga la pena.
Julio no sabía si agradecerle o mandarlo a la concha de su madre.
Al salir del aeropuerto se tomó un bus hasta el albergue y se auturulló: Miami era mucho más potente, monumental, millonaria que lo que había imaginado. Esos cientos de rascacielos impecables de un blanco celestito, enormes y brillantes, el azul del mar por todas partes, los enjambres de coches, los coches de humillar, la limpieza, la luz: todo le parecía demasiado. No podía creer que fuera a vivir en ese lugar de ensueño; no podía creer que hubiera tardado tanto en descubrirlo. Esa noche no supo dormirse: en la cucheta del albergue se preguntaba cómo podría recuperar tanto tiempo perdido.
Al otro día entendió que, antes que nada, debía buscar alguna posibilidad de mantenerse. En esos días hizo el recorrido –mayormente telefónico– de los amigos que iban a ayudarlo y esos señores prósperos, bien instalados, no se interesaron mucho por su suerte. Ramírez, uno de ellos, se apiadó y le consiguió un trabajo de camarero en un restaurante del Art District; cuando Julio le dijo que no hablaba suficiente inglés el otro lo miró como quien confirma y le dijo Loco, no seas pelotudo, acá el inglés es un adorno.
No duró: no soportaba al jefe. En menos de un año Julio cambió de empleo cinco o seis veces: o lo atraía la quimera de uno mejor –que nunca resultaba bueno– o lo echaban por algún incumplimiento o se peleaba con un jefe o tenía que desaparecer cuando se anunciaba una inspección de la Migra o lo que fuera. Trabajó de camarero en sitios muy distintos, sirviendo gasolina en un par de estaciones, reponiendo frutas en un supermercado, limpiando el taller de un reparador de hornos eléctricos. Cada vez tenía el mismo problema: despreciaba a sus jefes, no podía entender que tuviera que obedecer a tipos tan tarados. Y varias veces lo expresó de forma cristalina.
Pasaba el tiempo y nada mejoraba, salvo él mismo: de tanto presentarse como Javier –Miralles Leyva– terminó por creerse Javier: era el nombre al que respondía, al que se daba vuelta. Y su nueva personalidad, su nueva vida, lo hicieron sentirse extrañamente libre. Ya no era el hijo de su padre, ya no era el tonto de la clase, ya no era el arquero fracasado, ya no era el idiota que una negra engañó, ya no era ni siquiera un argentino: a veces, incluso, se esforzaba por hablar con acento español, que le salía espantoso, con mucho error de ortografía. Pero en general dejaba correr su acento porteño y decía, si alguien le preguntaba, que veinte años en Buenos Aires lo habían dejado así, resentido y agrandado y acentuado, y se reía.
Su nuevo nombre no era solo un nuevo nombre. Era completamente otro: se podría inventar otra vida, solo que no sabía bien cuál. Sabía todo lo que no quería ser –él mismo–; no sabía qué sí. Y tampoco tenía tantas opciones. Intentó explorar la vida de su nombre. Fue, por ejemplo, a un par de reuniones de esos grupos gays que había frecuentado Javier para ver cómo eran –pero no dijo que se llamaba Javier sino Francisco, por si acaso. Le gustó ese ambiente de hombres que trataban de ayudarse los unos a los otros y levantarse los unos a los otros, que compartían sus zozobras y sus esperanzas porque sabían que los unía una elección sexual. Por un momento le dieron envidia: le habría gustado ser uno de ellos –tanto, que llegó a pensar en la posibilidad, pero la idea de tener una pija en su boca o en su culo lo llenaba de tristeza y asco y, aunque le parecía claro que hacerlo mejoraría su vida –sus condiciones de vida– no supo tolerarlo. Llegó a dudar: en un momento se preguntó si era realmente por asco o por vergüenza –una vez más– por el tamaño de la suya, que tantos problemas le había traído en su vida. Decidió que no, que el sexo le interesaba poco, que ya lo había pagado muy caro y que lo poco que le interesaba era con mujeres.
Así que seguía viviendo en un departamentito en Doral, tres dormitorios chicos que compartía con un venezolano y un peruano, y se había comprado un Chevrolet de quince o veinte años y los domingos iba a una peña argentina donde miraban los partidos de Boca. Julio nunca había sido de Boca –ni de River, él era de Atlanta pese a todo– pero ahí simulaba para que no lo sacaran a patadas en el tuges y se preguntaba, con sorpresa, por qué quería sentirse argentino, menos Javier que Julio, cada tanto.
En la peña –un local perdido en Little Haiti, paredes sin revoque, venta de empanadas, sillas chuecas, la tele de 65– conoció a un argentino, un tal Rubén Ortiz, oriundo de Lanús, su edad poco más o menos, y su condición: pequeños empleos de susbsistencia, solo, arrepentido de estar en Miami pero feliz de no estar en la Argentina, “ese país de mierda que lo único que sabe es jodernos la vida”. Un domingo, después de un partido especialmente aburrido, Rubén lo abordó en la puerta: ví que no habías venido en carro, así que si querés te alcanzo hasta algún lado. Julio se preguntó cómo podría haberlo visto si se bajó del metro una estación antes y llegó caminando como si hubiera estacionado ahí a la vuelta: lo cierto es que era un fin de mes especialmente duro y no tenía para gasolina y no quería usar mucho las tarjetas que tenía a nombre de Javier.
Extrañado, casi sospechoso, le dijo que sí, que muchas gracias; en cuanto arrancaron Rubén le dijo que tenía algo que decirle. Ah, dijo Julio, y Rubén le preguntó por qué ese ah y Julio que nada, que no se preocupara. Y, tras un silencio, Rubén le dijo que estaban haciendo el gil. Julio se tensó, Rubén sonrió para calmarlo: “Tranquilo, Javier, no te pongas así. Digo que los dos estamos haciendo el gil, que no puede ser que vivamos en medio de toda esta guita y no tengamos ni para la nafta.”
Julio lo miró callado. Rubén manejaba por la I-95, 65 millas por hora máximo, y le dijo que tenían que salir de perdedores y que él tenía un rebusque que quería proponerle: que un amigo suyo se había tenido que mudar a los pedos, Minnesota o Mississipi o Des Moines o algo así, pero que le había dejado una mina de oro. “El tipo tenía una lista de dos o tres mil inmigrantes centroamericanos en negro, con nombres, direcciones, datos. Si sabemos usarla, esa lista nos puede hacer de oro”, le dijo, y Julio le preguntó por qué, que no entendía, y Rubén le explicó que era muy fácil: que tenían que ir a ver a estos latinos del orto y explicarles que los podían denunciar cuando quisieran y que su silencio solidario, de hermano latinoamericano, no era caro: que con 50 dólares por mes se conformaban, a menos que vieran alguno que pareciera más forrado y le podían pedir cien.
–Imaginate, con quinientos que garpen ya tenemos 25 lucas cada mes, es una joda. Y eso puede crecer, como dicen los gringos, el límite es el cielo.
–Todo bien, Rubén, ¿pero no es peligroso?
–Bueno, como todo. Un poco de peligro tiene. Pero más peligro tiene vivir como unas ratas toda nuestra vida, ¿no, Javier?
Si el tipo le hubiera dicho Julio quizá no habría agarrado. Pero Javier era un inimputable, podía hacer eso y mucho más.