Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

La vida se le había complicado. Si quería conservarla debía salir de Chichi en el más breve plazo –defecando aceite– y la idea del hotelito en el lago Atitlán le pareció, al principio, inmejorable. En esos días lejanos, en esa nube alcohólica justificada por la fuga de Selva, Julio consiguió pensar que no era el momento ni la ocasión para lanzarse a grandes cambios, así que se le ocurrió que los dólares que tenía guardados le alcanzarían para comprarse una buena casa al borde de lago y convertirla en una posada rústica elegante para turistas extranjeros –que le permitiría seguir viviendo cómodo, bien servido en todos los sentidos. Y el lago era uno de esos grandes lugares perdidos que el mundo entonces todavía tenía: el enorme cráter de un volcán que alguna vez, millones de años antes, se había llenado de agua y convertido en ese gran estanque tibio rodeado de bosques y crestas y colores y magia. En esos días –2005 o 2006– el turismo lo conocía poco: era el momento, pensó Julio, para invertir ahí, porque tanta maravilla no podía tardar en ser un gran negocio.

Decidió manejar el bocho hasta Atitlán para empezar a preguntar precios, a buscar y, ya que estaba, era más prudente dejar la casa de Chichi y llevarse las dos o tres cosas que pudieran servirle. Tuvo suerte: consiguió alquilarla a una pareja de guías franceses que habían trabajado para él. Y casi a último momento se acordó de que tenía que llevarse los dólares que escondía en su escondite: todo su capital. Así que bajó al sótano con una bolsa grande y, cuando levantó la tabla del suelo y sacó el paquete de papel madera ya sospechó algo: pesaba poco, no tenía mucho polvo, parecía como si alguien lo hubiera tocado poco antes. Frenético, rompió el hilo de cáñamo y lo abrió: lo primero que vio fue la nota, lápiz negro sobre papel amarillento, la letra vacilante de la negra Selva, que decía “Me llevo la mitá, nomás, lo qe me corresponde. Te qise bien y me gustó pegarte, pero vos nunca savía pará. Te deceo lo mejó. S.”.

Julio la odió, gritó que era una ladrona hija de mil putas reventada desagradecida y, por un momento, incluso pensó en pedirle al Tinto que la encontrara y la descuartizara; al cabo de un par de días entendió que la mujer podría haberse llevado todo y que, una vez más, había mostrado su decencia agarrando lo que creía que le correspondía. Era más cómodo odiarla; cuando reconoció su rectitud la extrañó con una tristeza que no se habría imaginado.

Y le quedaban unos 300.000 dólares. Ya recuperado cargó el bocho, le bajó la capota y se fue de Chichicastenango para siempre. Atitlán estaba a dos o tres horas de camino, según las lluvias y los vientos y los retenes policiales y, si acaso, los asaltos. Pero llegó sin novedad y, una vez allí, no tardó en decidirse por un caserón deteriorado en la zona del Cerro de Oro. Las ocho habitaciones tenían sus terrazas sobre el lago, había un salón que podía ser el comedor con su vista increíble, todo parecía perfecto. La plata no le alcanzó para comprarlo en efectivo pero, tras un par de días de negociaciones, llegó a un acuerdo con los dos hermanos que la habían heredado –los hizo socios menores del hotel– y destinó lo que le quedaba a los trabajos, los muebles, todos los arreglos. En febrero, plena temporada, el Gran Hotel Tchejul se inauguró con todos los honores y una fiesta de borracheras memorables.

Todo se fue acomodando. Julio Méndez tenía cuarenta y pocos y un negocio que funcionaba bien; estaba solo pero no le pesaba. Físicamente no tenía problemas: flaco, todavía, sin mayores achaques. Había dejado de teñirse el pelo: con la blancura de la piel le alcanzaba para que todos sus empleados y muchos de sus vecinos le reconocieran privilegios. Despreciaba las comidas locales, tanto maíz, tanto picante –y a lo sumo aceptaba cambiar el bife con puré por una hamburguesa cuando eran de cadena americana. También había cambiado el bocho por una 4x4 negra y recia, que un empleado mantenía brillosa.

Estaba y no estaba acostumbrado a esa vida que nunca había previsto: cada tanto se volvía a preguntar quién era, qué hacía ahí, cómo podía ser que un muchacho de Floresta hubiera terminado en un paraje semejante –pero ya sin angustias o sorpresas: como una especie de chiste que se contaba algunas tardes, cuando el ron había hecho su trabajo. Y con un par de copas más se divertía: ¿quién dijo que había un camino lógico, que un muchacho de Floresta tenía que seguir en algún barrio porteño y casarse y separarse y laburar en una oficina o un negocio y jugar al billar con los amigos? Entonces, como nadie lo dijo, se ponía a imaginarse qué otras vidas podría haber tenido. Sí, la mayoría eran argentinas porque no conocía otros lugares, pero aún así eran muy diferentes: a veces era un médico abortero, a veces el dueño de una disco, a veces un alto ejecutivo, a veces jardinero muy especializado; a veces, cuando había tomado más aún, una especie de jefe o caudillo o presidente que hablaba con las masas y las masas lo vitoreaban y lo llevaban en andas hasta alguna parte –que nunca conseguía precisar. Y todo eso solía pasar en Buenos Aires, así que su pretensión de que no la extrañaba era sospechosa; tampoco, se decía, extrañaba a sus padres ni a los amigos que nunca tuvo y ya había olvidado; si acaso, a veces, pensaba que querría saber qué había sido de su hermana, si se habría casado, si habría seguido trabajando de secretaria de aquel hijo de puta. No lo hacía porque temía que un contacto con ella fuera a abrir el chorro: se privó.

Durante casi cuatro años su hotel se fue consolidando, se transformó en uno de los más buscados de la zona. Chiquito como era, solía estar reservado con mucha antelación; en algún momento Julio tuvo la tentación de expandirlo, pero decidió que era mejor seguir así, módico, manejable. Su hotel tenía un secreto: la mayor proporción de empleados por huésped de toda la región. Julio había descubierto que en esa zona maya no había nada más barato que la mano de obra –los sueldos eran ínfimos y los trabajadores, perros agradecidos–, así que había llenado su hotel de señoras y señoritas quichés que se ocupaban de los deseos y necesidades de cada huésped. Estaba orgulloso de su descubrimiento, que no estaba en el libro de Goldwin: llegó a creerse astuto.

Y además esos empleados le ofrecían una gran ventaja: soportaban todo. Julio los insultaba, les gritaba como un desaforado, los trataba de imbéciles e inútiles, llegó a pegar a alguno y alguna con la punta de un trapo mojado, y ellos bajaban la cabeza: le daba tanto gusto. También sorpresa, así que le preguntó a un par de patrones de la zona y los dos se rieron exagerados: pero ¿dónde se creía que estaba, en su país? Acá los indios son respetuosos, conocen su lugar, le dijeron, sin dejar de reírse: llevamos siglos enseñándoles. Julio pensó que esa tarea didáctica no podía ser más eficaz, que ojalá alguien la hubiera hecho en la Argentina. Mientras tanto él, en Atitlán, seguía tranquilo: casi no salía de la zona del lago, era muy raro que leyera un diario o mirara noticias en la tele –pero se interesaba mucho por los chismes del pueblo que le contaban, con lujo de detalles, su encargado y otras empleadas. También había decidido que el sexo estaba completamente sobrevalorado y lo practicaba cada tanto con alguna pasajera, sin pasión, solo “por limpiarse”, pero evitaba como al diablo los golpes, los azotes: se diría que los temía, que los culpaba de algo. Meditaba: cada mañana se sentaba en su balcón sobre el lago en una postura que no terminaba de ser la flor de loto y trataba de pensar en cosas; se aburría pero le parecía que lo beneficiaba. Y a veces se angustiaba: esa vida tan perfectamente calma era, al fin y al cabo, la única que tenía y que tendría; se preguntaba si no la estaba desperdiciando por cagón o por cómodo o por alguna otra razón peor. En cualquier caso, las crisis se le pasaban rápido y volvía a ser ese argentino necio, orgulloso de lo que había conseguido.

Hasta esa noche de junio de 2019, poco después de que cumpliera 49 años. El atardecer había traído tormenta, ráfagas y rayos, pero el cielo se había despejado y el olor de la tierra y las plantas mojadas embriagaba a cualquiera. El hotel estaba lleno; cuando, hacia las once y media de la noche, sonó el timbre, nadie se acercó a abrir. Julio dio una vuelta en su cama, lo oyó de nuevo, pensó que ya se iría pero no: quienquiera que fuese el timbrador siguió timbrando, no parecía dispuesto a irse –y el portero de noche debía estar durmiendo la mona en la cocina. Julio, irritado, se acercó a la puerta de madera maciza; estaba a punto de insultar al insistente y mandarlo a la mierda pero el otro le ganó de mano:

–Che Julio, abrime o te cago a balazos.

Hacía años que no sabía nada del Tinto –y esperaba no volver a saber nunca–, pero su voz y esa manera de llamarlo “Che Julio” eran inconfundibles.

–Andate, Tinto, si tenés algo que decir volvé mañana.

–Abrime o de verdad te quemo.

Julio miró por la mirilla: el Tinto, con una gorra de beisbol al revés, más gordo que lo que recordaba, y otros dos detrás, más flacos, más jóvenes; los tres tenían pistolas en las manos. Julio abrió la puerta. El Tinto más que entrar saltó y le dio un abrazo, tanto tiempo hermano, cómo puede ser que no nos hayamos visto en tanto tiempo, frases de esas que se contestan solas. Recién entonces, cuando prendió una luz, Julio vio que el Tinto tenía un parche negro sobre su ojo izquierdo. El otro vio que lo miraba y se rió:

–Sí, viste, Che. Al final el ojo lo perdí yo, no vos.

Julio no sabía qué hacer con las visitas. Los hizo pasar al salón, que ya estaba preparado para el desayuno, los sentó en una mesa, se fue a buscar detrás del mostrador una botella de Zacapa y cuatro vasos, los sirvió diciendo algo sobre los rones viejos y los viejos amigos. Entonces intentaron una charlita que se ahogó en el silencio, y el Tinto –se lo veía gastado, muy desmejorado, pensó Julio– le dijo que tenía una noticia para darle:

–Che Julio, vamos a ser socios. Yo te voy a cuidar el hotel y los huéspedes, que no les pase nada, y vos a cambio me vas a dar el 25 por ciento de la recaudación. Un negocio redondo para todos, ¿no te parece, hermano?

Julio no terminó de sorprenderse. De hecho, ya llevaba más de un año pagándole una suma fija a otra banda, potente en esa zona, un desprendimiento de la Mara Salvatrucha. Pero lo que pedía el Tinto era bastante más. Julio le contó cómo estaba el asunto, que él ya tenía su protección, y el Tinto le dijo que no se preocupara: que él mismo les iba a comunicar a esos compas que se hacía cargo de la situación y ya vería –Julio ya vería– que no iba a haber problemas y que todo iba a mejorar bastante.

–A menos que alguien se ponga tonto y se nos joda todo.

Le dijo, apoyándole una manota en el antebrazo –y apretando. Julio le contestó que sí, que claro, que hablara con ellos y lo arreglaran, que para él era un placer volver a trabajar con los viejos amigos. Y que ahora, si lo disculpaban, se volvía a dormir, que al día siguiente debía levantarse muy temprano. El Tinto también se paró, le dijo que claro, que entendía, le dio un abrazo maloliente y le dijo al oído que mañana iba a hablar con esos cerotes y que en una semana volvería para empezar con el negocio. Julio le dijo claro, Tinto, lo que vos digás, y trató de seguir disimulando el miedo. Le parecía que se le notaba demasiado.

A la mañana siguiente Julio se levantó con el sol, se olvidó de su meditación y su capullo de loto y se sentó a tomar cafés y pensar qué haría. No iba a salir corriendo otra vez, pero la suma que le exigía el Tinto podía quebrarlo o, en el mejor de los casos, lo haría trabajar por chauchas. Decidió que buscaría al palabrero de la mara: al fin y al cabo llevaba tiempo pagándoles para que lo defendieran en cosas como esta. Al mediodía bajó al pueblo y dejó recado en el almacén de Juárez de que quería hablar con el Potranco. Durante la tarde repasó varias veces lo que le diría: estaba nervioso, no estaba nada seguro de que el otro aceptara que debía defenderlo. El sol cayó y el Potranco no aparecía. Los huéspedes fueron volviendo de sus paseos y excursiones, se tomaron sus bebidas en el salón y su terraza, varios pidieron cenas, se fueron yendo a sus habitaciones. Julio tuvo que sonreírles y bromear con ellos: la impaciencia lo roía por dentro. Al fin asumió que el Potranco no debía haber recibido su mensaje todavía, que ya vendría mañana, y fue para su cuarto. Tenía ganas de mirar, en su computadora nueva, alguna película de risa, algo que lo hiciera olvidarse del quilombo. Cuando entró y prendió la luz los vio parados a los dos lados de la puerta: eran, por sus tatuajes, claramente maras. No le hablaron, no se dijeron nada: uno de ellos lo agarró por detrás y lo inmovilizó, mientras el otro le cortaba el gañote con una navaja. Un chorro de sangre le saltó del cuello: era como un error, una sorpresa rara, algo que no tenía por qué estar pasando. Julio se llevó las manos al cuello, la sangre no paraba. En segundos llegó a pensar qué mierda hago yo acá y trató de decirlo: por alguna razón, le pareció fundamental decirlo. Pero se cayó antes, despatarrado, disparatado, muerto. Uno de los asesinos –el que no lo había degollado– sacó un papel que tenía en el bolsillo del jogging con capucha y lo puso sobre la cama de Julio: “Ací terminan los traidores”, decía, con una letra horrible.

Julio Méndez no pudo llegar a los 50 años ni a saber que su muerte, tan breve y casi displicente, no había sido nada personal: un mensaje comercial de la Salvatrucha para evitar problemas con clientes presentes y futuros. Al otro día el problema fue qué hacer con su cuerpo: el finado no había dejado ninguna disposición ni tenía parientes o amigos que pudieran tomarla. Finalmente lo encerraron en un cajón barato y lo enterraron al fondo del cementerio de Atitlán. Un rumor suponía que los gastos habían corrido a cargo de un tal Tinto, mafioso local; nadie pudo –ni quiso– confirmarlo.