Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

A sus 33 años el fútbol era un lejano, mal recuerdo. La cosa con los rojos del Municipal de Guatemala se le había complicado de movida: ya en la revisación el médico torció la mueca cuando le examinó las rodillas, pero el director técnico insistió con un argumento razonable: si con esas piernas así había jugado tres temporadas para el Antigua, ¿por qué no podría jugar para el Municipal? Y sin embargo, tras los primeros entrenamientos decidió sentarlo en el banco y ahí se pasó buena parte de la temporada. En noviembre, cuando ya terminaba, Julio se reunió con el presidente del club y le dijo que se iba, que se veía que ese club no era para él. Esta tarde Karpeuf, el técnico, se reía con el presidente: “Tan orgulloso nos salió que lo hizo quedar como que él quería irse. Argentino tenía que ser…”.

Al día siguiente los diarios nacionales anunciaban que Méndez había tenido una “oferta importante del exterior” y había decidido aceptarla. El exterior, allí, era un lugar enorme y próspero con el que Guatemala nunca podía competir pero perdía y perdía. Julio mismo había lanzado ese rumor –un llamado a un periodista conocido– para poder irse sin vergüenza. Las apariencias y la realidad se le separaban cada vez más: el problema era que, pese a todo, todavía podía manejar algo de las apariencias; sobre la realidad, en cambio, no tenía ningún control. No sabía qué hacer con su vida: estaba en un país extraño, poco alentador y no tenía planes ni plata ni familia ni nada. Pensó en la opción de quedarse en Guatemala y le dio náuseas; pensó en irse a Miami y se asustó; pensó en cruzar a Europa y le pareció que “Europa” sonaba muy grande. Pensó en volverse a la Argentina y le dio mucha paja pero le resultó lo más sensato que podía inventar. Incluso: volver a la Argentina y tratar de simular que nunca se había ido, borrar todo el desastre guatemalteco de su vida.

Lo que terminó de convencerlo fue que don Manuel Madariaga, el presidente del Municipal, quiso salvar la cara: era mala publicidad que su compra rimbobante se le fuera así como así, así que le ofreció una especie de empleo. Le propuso que hiciera una conferencia de prensa donde desmentiría la versión del pase, revelaría una lesión incurable y diría que, para mantenerse cercano a su club y su país de adopción –Guatemala, sí, Guatemala–, representaría y distribuiría su marca de café, Guatefé, la más famosa de la región, en la Argentina. El encuentro fue raro: demasiado ron, demasiada confianza. Julio no supo decir que no –para decirlo tendría que haber tenido alguna otra opción– y, tras el acuerdo y el apretón de manos, el presidente –un señor gordo sesentón con varios dientes de oro– le dijo que él exportaba también otras cositas pero que si él no quería no tenía por qué involucrarse en eso; si quería, sí, faltaba más. Julio prefirió ni preguntar: le dijo que con el café le alcanzaba y que estaba muy feliz con dejar las cosas en ese terreno. Don Manuel le sonrió con brillos y destellos y le dijo que claro, que como él quisiera, que ya tendrían tiempo para agregar negocios. En julio de 1995, a sus veintitantos, el futbolista fracasado Julio Méndez estaba instalado en una oficina en el gran edificio Bencich de la Avenida de Mayo, desde donde manejaba la importación y distribución de esos cafés: la operación no era espectacular pero le dejaba un buen sueldo y una función en la vida. Tampoco requería mucho tiempo: cada mañana pasaba por su escritorio a eso de las diez y se quedaba hasta la hora de almorzar revisando papeles y facturas con Elena, su secretaria, una señora avinagrada y eficaz. Tras esas tres horas ya había cumplido sus deberes del día: era el momento de seguir pensando qué cuernos iba a hacer con su vida.

Y no se le ocurría gran cosa. Había visto a sus padres al llegar y, después, en algún cumpleaños o las navidades. Veía, en cambio, algo más a su hermana Karola, que ya era una señorita hecha y derecha, rubia y tetona, pero que le preguntaba demasiado por sus “amores”, le insistía en que tenía que tener una novia que lo acompañara en esta vida, le hacía una lección de cómo debía vivir que le mostraba que no estaba haciendo lo que debería: se le volvía insoportable. Y entonces decidía no verla y al cabo de unas semanas algo lo impulsaba a llamarla otra vez, y otra vez el encuentro feliz y la separación tristona. Porque, pese a los reclamos y lecciones, no conseguía que ninguna mujer le interesara suficiente. Tenía, a primera vista, algún atractivo: el pelo cada vez menos rubio, los ojos demasiado azules, el aura del viajero, la pose melancólica, así que a veces salía con alguna chica que le daba cabida pero él se retiraba pronto, antes o después de una primera noche. Era raro, se sentía más raro: siempre cargando con esa sensación de que no podría satisfacerlas. Y si alguna vez alguna le decía que sí, que todo joya, estaba seguro de que le mentía, por piedad o algún interés que no entendía. Llegó a pensar que quizá le gustaran los hombres pero lo desechó: le daba asco de solo pensar en toquetearse o chuparse con uno. Y entonces terminó pensando algo que lo ponía todavía más nervioso: que la única mujer que le gustaba era Karola –y también lo desestimó: no podía imaginarse enterrado en esas tetas blancas sin sufrir y temblar como un batracio.

Aburrido, entonces, de su vida, quiso focalizar su hartazgo en el trabajo: suele ser lo más fácil. Así que se declaró cansado de vender café y ganar monedas y, en un viaje relámpago que terminó siendo lentísimo, voló a Guatemala vía Panamá y Costa Rica y se reunió con el presidente Madariaga para hablar de esos otros negocios de los que no habían hablado. En Argentina no vendemos cocaína, no nos interesa, le dijo el empresario, es un mercado que ya lo manejan los bolivianos y los paraguayos. ¿Y entonces? Lo que sí traemos de allá es efedrina. A Julio el nombre le sonaba: unos años antes, en el Mundial de Estados Unidos, habían dejado afuera a Maradona so pretexto de que la había consumido, y los dirigentes argentinos lo habían defendido diciendo que no era una droga dura –así que no entendía.

–¿Efedrina? ¿Pero no decían que era un remedio para el resfrío? ¿O también en eso nos mintieron estos hijos de puta?

Madariaga se rió, vio que Julio no apreciaba su risa –creía que se reía de él, y un poco de razón tenía–, rectificó, trató de ser amable:

–No, Méndez, lo que mucha gente no sabe es que la efedrina se puede usar para hacer muchas drogas sintéticas, éxtasis, metanfetaminas. Pero la vaina es que, como también sirve para los resfríos, la podemos mandar como si fuera para las farmacias.

Le dijo, y le explicó que el proceso, aunque parecía complicado, no lo era: que él compraba la efedrina en China y la vendía en México, pero que lo tenían vigilado, entonces ya no podía comprar más, pero en cambio Julio podría hacerlo sin problemas.

–Te la hacemos llegar desde China a la Argentina, donde las aduanas son bien fáciles, y de ahí vos se la pasás a gente nuestra que la manda a México, todo legal, todo tranquilo. Nada, una chamba fácil, sin complicaciones.

–¿Y es un buen negocio?

Madariaga se le rió otra vez: no pudo evitarlo. ¿Un buen negocio? Decime cuánto ganás al año. Usté sabe, presi, usté lo paga. Yo no lo sé del todo, imaginate que no me voy a ocupar de esas tonterías, pero con esto podrías ganar veinte o treinta veces más, para empezar. Julio, vaya a saber por qué, le pidió un par de días para pensarlo bien.

–Pensateló pero no dejes de pensar que hay mucha lana. Lana, Méndez, toneladas de lana.

Julio dedicó esos dos días a pensarlo: a veces era así, se obsesionaba. Dos días en un cuarto de hotel, casi sin comer, sin radio, sin televisión, sin visitas, sin poder pensar en otra cosa. Por momentos le parecía que la supuesta reflexión era un teatro que hacía para un solo espectador: sí mismo. Pero igual le seguía dando vueltas. Le molestaba –se decía– la idea de que habría personas que se iban a joder la vida con sus drogas. Pero en esos días había leído un librito –uno de los pocos, regalo de su hermana– que insistía mucho en que la libertad de cada quien es lo único sagrado, y que esa libertad incluía, por supuesto, la libertad de cagarse la vida. No son animales, son seres humanos: el que se droga es porque quiere, yo no soy quién para impedírselo y además si no se la vendemos nosotros ya se la venderán otros y quizá lo que le vendan es peor todavía, la nuestra por lo menos se sabe que está hecha con productos de calidad, buenos y naturales, tipo bio, y no lo va a joder más que lo que él quiera y de todos modos lo importante es eso: que él lo quiere, que es su libertad y su derecho de reventarse cómo le dé la gana, se decía para convencerse. La libertad es libre, a la final.

Y, por otro lado, le daba algo de miedo su participación: aunque Madariaga le había dicho que no, podía tener peligro, terminar preso o atacado por los competidores. También estaba la noción, la imagen: lo que iba a hacer se asimilaba, aunque de lejos, al Gran Malo de estos tiempos, el Narcotraficante. Lo pensó: al fin y al cabo, ¿qué es un narco sino un comerciante inteligente que aprovecha que tiene una mercadería que se vende muy bien porque la demanda supera a la oferta, un caso clásico de mercado exitoso? Ya quisieran otros negociantes que su producto tuviera tanto éxito, que las leyes del mercado los favorecieran de esa forma. Y además el presidente Madariaga le dijo que no se preocupara, que él siempre podía decir que importaba ese preparado para curar enfermedades y que si algún mal nacido después lo convertía en veneno realmente no era su problema. Parecía razonable, y no se le ocurrieron más pruritos: decidió aceptar.

–Pero si agarrás esto tenés que tener algún negocio legal, uno que te permita justificar entradas. Vas a tener mucha plata, Julio, si no tenés otra cosa queda muy sospechoso. Pero lo podemos hacer: yo te adelanto el capital y vos me vas devolviendo a medida que te lleguen los envíos.

Julio obedeció todas las instrucciones. Abrió un local cool en Palermo Viejo donde vendían el café Guatefé en preparaciones complicadas y jugos de frutas tropicales y algunas exquisiteces para picar exótico. Puso al frente a su hermana, que lo hizo funcionar a toda máquina: el café era más que una cobertura, les hacía ganar bastante plata y les permitía ciertas relaciones. Más de una vez, con mucho esfuerzo, invitaba a comer al café a algún periodista conocido –o incluso a algún político de la ciudad– y los agasajaba y les hacía algún regalo. Al principio intentó acompañarlos con las tapas y platitos que su boliche vendía; no lo soportó. Pero les daba cosas ricas y un oído atento y no les pedía nada: Madariaga le había explicado que era bueno tenerlos de su lado, imprimirles la sensación de que le debían algo.

Pero, sobre todo, una vez por mes llegaba el cargamento de efedrina –y acetilsalicílico y polivitamínicos para disimular– y Julio lo retiraba de la Aduana, le pagaba su coima al despachante amigo y entregaba las cajas a una persona que nunca veía, el tipo que las mandaba a México: él dejaba una furgoneta con la droga estacionada en tal garaje y las llaves en tal o cual lugar convenido de antemano –y así le devolvían la furgo al otro día, con el paquete de dólares que pagaba el envío. Y era cierto que, después de descontar los gastos y la parte de Madariaga, le quedaba un fangote de plata: se estaba haciendo rico y seguía sin saber para qué le servía. Su vida –salvo esos dos o tres días mensuales de trapichear con la efedrina– seguía tan aburrida como antes.

Vendía efedrina para fabricar éxtasis: se le ocurrió que tenía que probarlo. Se consiguió un par de pastillas –en Buenos Aires era realmente fácil– y una noche, después de muchas dudas, al fin se tomó una. Primero todo fue felicidad, iba a la cancha con su padre, al cine con su mamá, a la cama con su hermana, a bailes con sus compañeros de la escuela, y atajaba para Guatemala un penal en un mundial y todo era placer, todo deslumbramiento. Después las imágenes se fueron deshaciendo y lo invadió una ternura extraordinaria y le quedó el corazón –él pensó “el corazón”– lleno de amor y de dulzura y no tenía a quién dársela; pocas veces ese hombre solo se sintió tan solo. Fue una de las noches más tristes de su vida; lloró toda la madrugada.

Unos días más tarde, ya repuesto, pensó que precisaba un hobby, algo que de verdad le diera ganas. Se compró una nikon y empezó a hacer fotos por la calle: se aburría como un perro, todo lo que veía era pobreza. Pensó en coleccionar monedas o estampillas pero no consiguió entusiasmarse ni un poquito. Estaba pensando en empezar unas clases de yoga en el ashram de Palermo del Sai Baba cuando llegó el derrumbe: de pronto, la Argentina se volvió otra cosa.

Su hermana ya le había comentado algo sobre un problema con el banco; él no le había hecho caso. Pero de pronto un presidente de la Nación decretó el bloqueo de todas las cuentas y se escapó volando y las calles se llenaron de personas, la policía las mataba, nadie sabía adónde estaban yendo. Julio, como tantos millones, se recagó de miedo.

Pasados unos días la situación pareció estabilizarse en la inestabilidad más absoluta. Los presidentes cambiaban por semana, miles de personas trataban de derribar las puertas de los bancos cerrados, muchos miles más tenían problemas graves para comer todos los días. En el nuevo barrio de Julio, entre Chacarita y Villa Ortúzar, se organizaron, como en casi todos los demás, ollas populares donde vecinos hambrientos intentaban comer algo. Julio empezó a colaborar en una de ellas, la del parque La Isla. Seguía siendo millonario en dólares –nunca había depositado nada en ningún banco– pero, para no volverse sospechoso, le convenía integrarse a esa maroma de afectados. Llevaba paquetes de fideos y huesos de vaca para hacer largas sopas, ayudaba a prepararlos y distribuirlos, hablaba de su mishiadura, le gustaba: tenía que disimular que después no comía nada de lo que hacían pero, para su sorpresa, compartir esos momentos difíciles con otros lo hacía sentir mejor persona –aunque fuera un ratito. Y, para más sorpresa todavía, no se sentía un farsante: aunque todo era simulación, no le pesaba.

Durante dos o tres meses fue casi todos los días. Solo faltaba cuando llegaban los cargamentos de efedrina –que, cuidadosamente aislados del desastre general, seguían funcionando: tenía razón Madariaga que no había nada como un mercado seguro. Pero el resto del tiempo le alcanzó para llevar y repartir mucha comida, conocer personas, quejarse de los gobiernos y demás injusticias. Una mujer lo atrajo: Estela era mayor que él, cuarenta y tantos, el cuerpo alto y un poco desbordado, el pelo corto cano sin tintura alrededor de una cara muy común. Si Julio se la hubiera cruzado en la calle no la habría mirado dos veces; en ese grupo, Estela destacaba por su energía, su labor incansable, su optimismo. Pasaban muchas horas juntos, trabajando; poco a poco empezaron a charlar y, al cabo de semanas, él la invitó a tomar un café en La Colorada. Ella aceptó más rápido que lo que él hubiera imaginado.

–Te vengo siguiendo todas estas semanas.

Le dijo ella antes de que se lo pudiera decir él. Y la siguió:

–Te veo entusiasta, generoso, y pensé que podía hablar con vos.

–Claro, a mí me pasa lo mismo.

–Bueno, no sé, sí, claro. Lo que yo quería decirte es que estamos formando un grupo para organizar a la gente que viene a comer y a los que preparamos la comida, un grupo para tratar de afirmar nuestros derechos.

–¿De afirmarlos cómo?

–Haciendo lo que sea necesario, cortes, manifestaciones, molotofs, lo que sea necesario: salir a la calle, no quedarnos en la caridad. Y nos gustaría que vos formaras parte.

La decepción de Julio fue bastante brutal: el interés de la señora no era el suyo. No le dijo nada, pero no sabía qué le dolía más: si haber creído que esa mujer le daba bola o que ellos hubieran creído que él podía meterse en algo así. Por si acaso, la pena se convirtió en una especie de indignación moral: esta gente estaba aprovechando el caos social para darle cuerda a sus delirios izquierdistas. Por un momento pensó que debía denunciarlos; después se dijo que si lo hacía el mayor perjudicado iba a ser él: la policía corrupta no le haría caso, los zurdos buscarían venganza. Lo mejor sería hacerse el tonto y alejarse todo lo posible. Aunque varias veces, en los días siguientes, volvió a pensar que tenía que acusarlos; seguramente había alguna forma anónima, donde no se quedara pegado. Al final decidió que no era su problema y que no se iba a meter en esos líos.

Pero empezó a ir cada vez menos y, de todas formas, el grupo ya raleaba: habían tenido peleas en sus asambleas, discusiones sobre cómo hacerlo, qué donaciones aceptar y cuáles rechazar, organizarse o dejar todo como estaba. También venía menos gente a pedirles comida: había un presidente que ya llevaba varios días seguidos y la situación se regularizaba a base de comedores populares y reparto de bolsas con fideos. Fue entonces cuando Camilo, un muchacho más joven que había trabajado mucho desde el principio, un peronista, le dijo a Julio que se sentaran a charlar un momento en ese banco. Y ahí, en el medio de la plaza, un mediodía, le dijo que estaba preocupado por él porque lo había visto con ellos a horas muy distintas, o sea que no tenía trabajo, y ahora que esto se estaba desarmando se iba a quedar a la intemperie y que pensaba que un compañero valioso como él no podía quedarse en la estacada y que si él quería seguramente le podía conseguir un puesto en el ministerio de Desarrollo Social, siempre en el tema de la alimentación de los más pobres, que el sueldo no sería tremendo pero podría seguir haciendo esto que le gustaba y por lo menos así tendría un empleo.

Julio lo escuchaba muy serio, luchando por contener la carcajada: cómo decirle al pibe tan bienintencionado –y curiosamente influyente– que él era millonario en dólares, que tenía más plata que todos ellos juntos, que le agradecía mucho pero lo último que necesitaba era un empleo. No podía, y de pronto se le ocurrió que quizá le convenía aceptarlo. El café Guatefé iba a seguir cerrado por un tiempo, mientras las cosas volvieran a su curso, y tener un trabajo y un sueldo que le justificaran la supervivencia podía ser un buen tongo. Le dijo a Camilo que le agradecía con el alma, que por favor le dejara pensarlo hasta mañana pero que sí, que le parecía una oportunidad extraordinaria. Cuando llegó a su casa sacó una de las bolsas de basura repletas de billetes de cien dólares, hundió las manos entre ellos y, ahí sí, se rió un rato largo. La gente era tan pelotuda, pensó, y se dio cuenta de que por fin no se incluía en esa masa idiota.