Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Fueron los años más raros de su vida. Siempre había supuesto que ser traficante de drogas debía ser algo espeso, sucio, peligroso; nunca lo había pensado como este negocio tranquilo, casi aburrido, casi imaginario. Era rico como jamás había soñado: los envíos de efedrina nunca se interrumpieron y le dejaban billete y más billete, que encanutaba con método y cuidado. A veces, cuando escuchaba o leía algo sobre algún drogadicto muerto se preguntaba si habría sido la suya, pero enseguida ahuyentaba cualquier culpa: si el tipo la quiso comprar, problema de él, la libertad, carajo. Otras veces los despreciaba un poco: sí, yo ya vi lo tentador que puede ser pero supe dejarla; el que no sabe que se joda, así es la vida. Y tras tanta disquisición un día se dio cuenta de que estaba haciendo el tonto: su efedrina no circulaba en Argentina sino en México, donde de todas formas todos se asesinaban todo el tiempo así que ni pelota: qué le hace una raya más al tigre.

El café Guatefé –el bar y la distribución– habían vuelto a funcionar y también aportaban lo suyo. Y, en medio de tanta moneda, Julio debía simular que era un empleadito que vivía de un sueldo muy mediocre en el ministerio de Desarrollo –donde, por otra parte, conseguía pingües comisiones de los proveedores de los alimentos que compraba para repartir a los más desesperados. Comparado con lo que solía ganar eran chirolas, pero tenía que hacerlo: si no, sus compañeros habrían sospechado.

Para mantener la ficción –y porque no se le ocurría– Julio no hacía vida lujosa: se había comprado un departamento de tres ambientes amplios –un living-comedor, un cuarto, un escritorio– con un buen balcón en la zona de Villa Crespo y su coche ya tenía varios años. Le sobraba la plata –mucha plata– pero realmente no tenía en qué gastársela: el derroche implica cierta imaginación o, por lo menos, la pertenencia a un círculo que marca las pautas de lo que hay que tener o no tener. Julio no tenía ni lo uno ni lo otro: solo mucha plata. Quizá si no hubiera pensado en cuidarse se habría comprado un coche alemán pero como empleado público habría sido una locura. Es cierto que otros lo hacían: Julio los despreciaba con fervor, no eran capaces de mantener algún control. Se gastó, sin embargo, mucho billete en cinco o seis relojes caros, que al final decidió vender cuando se dio cuenta de que no los usaba pero tenía miedo de que se los robaran o incluso de que se los vieran, o sea: que solo le servían para preocuparse.

Tenía demasiado tiempo libre: sus tres trabajos no le llevaban más de seis horas al día. Dos o tres en la oficina del Bencich, tres o cuatro en su escritorio del ministerio de la 9 de Julio –y el bar y sus arreglos y sus cuentas los llevaba Karola. Pasaba buena parte de ese tiempo mirando televisión y preguntándose qué hacer. A veces se convencía de que tenía que conseguirse una buena mujer y formar una familia: entonces, el recuerdo de la suya, de los castigos de su padre, la mala leche de su madre, lo desalentaban. Otras veces pensaba que tenía que salir más, divertirse: cuando lo intentaba recordaba que las salidas no lo divertían, que habitualmente lo frustraban y malhumoraban, que la gente era estúpida. Y volvía a su living y a preguntarse qué hacer con su vida y a pensar que en cualquier momento pasaría algo que le daría sentido –pero no conseguía imaginar qué podría ser. Se aburría, se aburría mucho, se deprimía un poco, y trataba de convencerse de que eran tonterías: lo suyo era un éxito, la vida le sonreía. Lo que no quería, en cualquier caso, era meterse en líos. En realidad, rumiaba, nunca se había metido en líos: lo único que hacía era importar unos remedios muy necesarios y exportarlos enseguida. Si después otros hacían con esas medicinas una droga o una rosca de reyes o un licuado con leche no era su problema; tanto, que nunca sufrió, en todos esos años, ninguna situación violenta, ni siquiera tensa. Era un tipo tranquilo, un empleado público como tantos que hacía su negocio, un comerciante como tantos que hacía su negocio. Y si el mercado pagaba mejor esa efedrina que otros remedios eran cosas del mercado, que al fin y al cabo es el que manda.

Mientras tanto en la Argentina pasaban cosas nuevas que se parecían demasiado a muchas viejas –y algunas, incluso, lo influyeron. Cuando una nueva corriente política se quedó con el país, sus integrantes medio pelo se lanzaron a la conquista de todos los espacios: si ellos eran el pueblo, decían, debían ocupar los lugares que garantizaran que se iba a recuperar hasta la última gota de guita del Estado –para mejorar la vida de ese pueblo. Así, unos meses después de la victoria de este señor Kirchner, un tal Roque, un delegado de un sindicato que intervenía en el ministerio, un señor de unos 50 años siempre bien afeitado, ropa limpia, planchada, funcionario modelo, se lo llevó a un café a la vuelta del ministerio y le dijo que ellos sabían –“nosotros sabemos”, le dijo, y Julio no se atrevió a preguntarle quiénes eran ellos– que él se estaba levantando sus buenas coimas de los proveedores y que les parecía bien porque esos proveedores eran unos empresarios prebendarios –empresarios prebendarios, dijo, y Julio se dejó distraer por tantos arios– hijos de puta que se aprovechaban de la miseria de millones de argentinos para llenarse los bolsillos y que les parecía bien sacarles todo lo posible, le dijo, pero que había que sacarles para el pueblo, así que lo que le sugerían era que de ahí en más entregara esas comisiones a sus representantes. Vos te podés quedar con un diego, le dijo Roque, porque te reconocemos tu esfuerzo y tu entereza, pero el resto lo tenés que compartir, hermano. Julio estuvo a punto de decirle que hermanos son los huevos y que se fuera a la concha de su madre: después de todo ni necesitaba realmente el trabajo –salvo para tener una cobertura fiscal– ni tenía ganas de dejarse avasallar por unos compadritos prepotentes que arremetían, como todos, en nombre del “pueblo”. Pero no lo hizo: la situación le pareció curiosa y, además, con los años se había vuelto prudente: no quería meterse en un quilombo que pudiera afectar su rubro principal. Y, como siempre, tenía miedo.

Así que siguió en el ministerio hasta 2007: fueron los años más raros de su vida. Era un empleado público muy ausente cuyas maniobras con los proveedores de alimentos recaudaban sumas importantes para ese pueblo que nunca aparecía. Pero estaba tan cómodo –tan acostumbrado– que nunca vio venir la piedra que lo dejó mormoso. Lo habían entregado: enseguida entendió que solo podía haber sido uno que conociera sus negocios farmacéuticos, y esos eran muy muy pocos. Lo que no supo hasta más tarde fue que la organización de Madariaga en Guatemala había sido infiltrada por un par de ñatos de la DEA. Cuando se enteró calculó que los infiltrados habían descubierto su participación y que, probablemente, la habían transmitido a sus agentes en Buenos Aires y que, probablemente –en todo esto nada era seguro–, alguno de ellos conocía a Roque y le propuso el negocito: sacarle toda la guita que había venido acumulando en esos años y repartírsela entre ellos.

O no, no lo pudo saber. Lo que sí supo fue que una mañana el tal Roque –que ya no estaba en el ministerio– se lo llevó a tomar otro café y allí, la voz muy suave, despacito, le dijo que nosotros –otra vez ellos– conocemos tu relación con el narcotráfico, que los había engañado, se había hecho el boludo y el compañero durante todos esos años y eso sí que no se lo podían perdonar, ni a él ni a nadie, que les había mentido como un cerdo kosher y que, para no complicar demasiado las cosas, iban a ser generosos con él: si les entregaba dos millones de dólares no lo acusarían, olvidarían el asunto. Esa guita era un auténtico tesoro: guita negra, guita sin registrar, guita que no había que decirle nada a nadie.

Los reclamos de inocencia de Julio duraron menos de diez minutos: el otro sabía tantos detalles, era evidente que lo tenía calado. Entonces dijo que aceptaba el trato pero que lo más que podía darles eran quinientos mil, que no tenía más, que hasta ahí llegaba. ¿Vos te creés que te estoy pidiendo un número cualquiera, gil?, le dijo Roque. No, yo sé perfectamente cuánto amarrocaste en este tiempo. Si no entregás los dos palos vas preso entre 15 y 20 años, según el juez que te pongamos. Julio tuvo una experiencia que nunca habría imaginado: ver, sentir cómo, en un par de minutos, todo lo que había edificado durante tanto tiempo se derrumbaba sin remedio. Pero todavía pensó que podía haber uno.

–No tengo esa guita, Roque, de verdad no la tengo.

–Yo sé que la tenés. Y si no la tenés jodete, conseguila.

–¿De dónde querés que la saque, de la galera de mi abuelo? ¿Qué te creés que soy, Mandrake?

–Me importa tres carajos, conseguila. Tenés dos días. En 48 horas nos vemos en un lugar que yo te voy a decir y vos venís con la mochila bien cargada y al carajo.

Era, de algún modo, lo que Julio pretendía: un pequeño lapso para respirar y revisar la situación. Se despidieron sin saludarse, Julio salió caminando por la calle Lima hacia Constitución; era primavera, los lapachos y los palos borrachos con sus flores lila hacían que la ciudad pareciera casi bonita. Pero pronto lo asaltó la indignación: qué carajo se creen estos pendejos de mierda, que yo soy un cagón como todos esos que cuando los aprietan se les abren de gambas. Ya les voy a mostrar quién soy yo, cómo se equivocaron al meterse conmigo, rumiaba, ya llegando a la plaza de Constitución. La idea estaba clara: les diría que no les daba un mango y que si lo entregaban a la policía contaría todos los chanchullos que se hacían en el ministerio y cómo ellos se quedaban con fortunas que deberían alimentar chicos con hambre y que ante eso seguramente iban a recular porque no querrían pagar ese precio político.

–¿En serio te la creíste, gil? ¿Vos te pensás que si vos salís diciendo algo de eso, vos, un narco que está matando a nuestro pueblo con sus drogas, alguien te va a dar bola? ¿A vos, cuando el gobierno con más apoyo de los últimos años te desmienta y te encierre? No pensé que fueras tan boludo…

Le contestó, dos días después, en el lugar que le había dicho –plaza Irlanda, en el barrio de Flores–, Roque cuando él se lo planteó. Julio se quedó mudo: ahora lo que se le caía era el orgullo, la idea de que a él no le podían hacer lo mismo que a los otros. Sí, se lo iban a hacer y él se lo iba a tragar.

–Mañana a las diez de la mañana vas a llevar el paquete al lugar que yo te diga. Ya sabés: o traés los dos palos o traete un cepillo de dientes de esos que duran veinte años, como quieras.

Esa noche se le ocurrió, por primera vez en su vida, la idea de suicidarse. Lo sorprendió que fuera la primera vez: que nunca antes hubiera imaginado la posibilidad. Y lo sorprendió la forma: “la idea de suicidarse”. Pensó que los suicidas no lo piensan así, no consideran “la idea de suicidarse” sino que deben sentirse atraídos sin remedio, empujados sin remedio, transportados sin remedio hacia el suicidio y que él estaba boludeando, convirtiendo una rabieta en un drama, que al fin y al cabo qué le había pasado: estaba por volver a ser pobre como diez años antes, cuando llegó de Guatemala. ¿Qué había perdido, la colecta de diez años? O quizá lo que más le dolía era que había perdido esos diez años: tiempo tan dedicado a juntar esa guita en esa bolsa que ahora tenía que entregar. Como si todo ese tiempo nunca hubiera existido, como si él no hubiera existido en ese tiempo.

–Igual vos no existís.

Se dijo, muy de noche, y volvió a pensar en adaptarse a esa verdad tan decisiva: dejarse de existir. Pero le daba miedo: no sabía cómo hacerlo, qué hacer, no conseguía imaginar cómo sería después, se asustó tanto que le dio un ataque de diarrea.

Ya sentado en el trono –su lugar para entender determinadas cosas– se dio cuenta de que se había mentido: no era cierto que fuera la primera vez. De pronto recordó que cuando tenía once, doce años, había pensado mucho en suicidarse. Era la mejor forma que se le ocurría de joder a sus padres, de devolverles algo de todos los maltratos. No lo hizo porque probablemente nunca pensó hacerlo; se dijo que no lo hacía porque no estaba seguro de que los jodiera, de que realmente les doliera, y entonces sí que habría sido patético. Y después lo olvidó a cal y canto y después pudo pensar que nunca lo había pensado hasta que la verdad hedionda volvió para quedarse.

Al día siguiente juntó casi todo lo que tenía –poco más de un millón– en un bolso grande y negro y esperó el llamado. A las nueve y cuarto le sonó el teléfono: Roque le decía que llevara el paquete al convento de Nuestra Señora de las Piedras en San Justo.

–Perdón, me parece que te entendí mal.

–No, Méndez, entendiste perfecto: al convento de Nuestra Señora de las Piedras. Preguntá por la hermana Mariana y dale el bolso a ella.

Julio no lo podía creer: el convento, la hermana Mariana. Pero esas eran las instrucciones y tenía que cumplirlas. Manejó casi una hora pensando cómo iba a hacer, con el miedo de que fuera una broma siniestra; por fin llegó al suburbio de un suburbio y a una puerta de madera de dos hojas pesadas, su mirilla chiquita, y tocó una campana y esperó. Cinco minutos después llegó una monja alta –más alta que él– que le preguntó si él era Méndez.

–Sí, soy yo.

–Soy Mariana, te estaba esperando.

Le dijo la monja. No solo era alta: apretados por su cofia se resistían una boca llena, los ojos verdes, la nariz enérgica, y bajo el hábito un cuerpo que a Julio le recordó a Karola. La monja le sonrió y Julio pensó que no tenía por qué pasear su lengua entre sus dientes.

–Me dijeron que te diera esto.

–Sí, ya sé. Perdoname que no te haga pasar, pero acá no se puede. Quizás otro día, en algún otro lugar…

La sonrisa era cada vez más descarada. Julio perdió el norte: parado ahí en la puerta como un bobo, el bolso todavía en la mano, empezó a imaginarla casi desnuda con un liguero negro y un jesús en la cruz entre los muslos y ella se lo sacaba para invitarlo a él y su verga tenía que reemplazar a jesucristo y ella mientras se la cogía gritaba aydiós, aydiós, aydiós. Aydiós, le gritaba, por su verga. Fue un momento extremo, memorable, hasta que lo detuvo la cara de Karola: de pronto la vio diciéndole que cómo podía ser tan animal, que cómo la traicionaba así con una hermana, hermano de mi vida.

–Lástima, Méndez.

Le dijo la monja, le sacó el bolso de la mano, entró, cerró la puerta. Julio se quedó tan confundido: recorrió el frente del convento para ver si era real. De pronto pensó que no, que era todo una puesta en escena, que estos tipos son capaces de cualquiera, pero no encontró ningún rastro de falsificación –y, al rato, sonaron las campanas y creyó oír algún canto que venia de adentro. Una hora después, cuando estacionó en la cuadra de su casa, Julio vio un patrullero que doblaba la esquina y se acercaba; pensó en la posibilidad de correr pero estaba claro que no llegaría a ningún lado. Dos policías se bajaron, se le acercaron y le dijeron que estaba detenido, lo subieron al patrullero, lo llevaron al Departamento de Policía, le tomaron las huellas y la foto, lo metieron en una celda, lo dejaron solo.

Julio se pasó toda la noche llorando o lloriqueando, preguntándose cómo había podido ser tan pelotudo, cómo había podido dejarse llevar por la calentura e insultar a los del sindicato y obligarlos –se decía “obligarlos”– a mandarlo en cana para asegurarse, que cómo podía ser que una boludez semejante le arruinara la vida. Y a la mañana, todavía en su calabozo, vino a verlo un muchacho sorprendente: no debía tener más de treinta años, un traje que parecía hecho a medida, una afeitada al ras, las uñas manicura, el tono relamido. Le dijo al agente que lo había acompañado que se fuera, que no había problema, se sentó en el catre de cemento pegado a la pared y le djo a Julio que se sentara al lado. Julio obedeció. El silencio duró: el Atildado lo miraba, Julio miraba al suelo. Al final el Atildado carraspeó y le dijo que tenía una propuesta para hacerle:

–Estás jodido. Pero más que jodido. De esta te caen seis o siete años por lo menos y, si salís, salís hecho mierda, recogido por todos los agujeros. Pero yo te puedo ofrecer una alternativa.

Julio levantó la cabeza y lo miró: le pareció que el Atildado sonreía.

–Si trabajás para nosotros, todo se puede arreglar mucho mejor.

Julio seguía callado: no sabía qué preguntarle. El Atildado le dijo viste, conseguí sorprenderte, y le explicó: que él, Julio, ya era oficialmente un delincuente y que parecía tan boludo que en la cárcel nadie le iba a desconfiar. Entonces si estaba atento y escuchaba y averiguaba cosas, eso le iba a facilitar mucho la vida.

–Un buchón, eso es lo que tenés que ser.

Sintetizó el Atildado, y Julio torció la cara y se preguntó si la cosa no tendría otro nombre. Hubo más silencio:

–Pero no entiendo: ¿eso quiere decir que me van a mandar preso?

En un rayito de esperanza Julio había imaginado que la propuesta incluía dejarlo en libertad, pero acababa de entender que no.

–Bien, bien ahí, ya la vas viendo. No, boludo, claro que te vas a ir para adentro. Te vas a comer unos meses en Caseros y si nos pasás buena merca te largamos.

–¿Unos meses?

–Seis o siete, no sé, ocho.

Al otro día ya estaba en Caseros, no muy lejos de su barrio de siempre, aprendiendo a sobrevivir en un medio que convertía a su casa o su colegio en colchones de plumas. Nada en su vida lo había preparado para esto. Las primeras horas fueron pura zozobra, sus intentos de esquivar a esos hombres curtidos y jugados que suponían, entre otras cosas, que el culo de un bisoño les pertenecía por derecho divino. Julio veía a lo lejos discusiones y peleas: no sabía que él era la causa. Ya llevaba tres días adentro cuando se le acercó un tal Gallote y le dijo que lo esperaba a las siete en la celda 29 –que solía estar vacía y abierta, porque varios presos pagaban mucha plata para que los guardias la dejaran así, y la llamaban el bulín. El Gallote era un cuarentón que había matado – en la cárcel haber o no haber matado hacía la diferencia– y quizá varias veces: un tipo al que nadie le respiraba ni de lejos. Y lo citó y Julio no tenía muy claro para qué, qué iban a hacer ahí en ese lugar, pero en cuanto llegó el Gallote le empezó a acariciar la cabeza y le dijo varón tuviste suerte me gustaste, sos medio veterano pero se ve que te han dado poco, estás fresquito, así que ahora sos mi propiedá. Julio seguía sin entender del todo; el otro empezó a impacientarse, le preguntó qué carajo estaba esperando, que si quería el traje de novia llamara a su mamá y que se fuera desvistiendo mientras esperaba que se lo trajeran, le dijo, con menos subjuntivos, y Julio empezó a entender cada vez más y se sacó los pantalones y calzoncillos y se quedó en zapatillas, medias, musculosa. Gallote le dijo que así le gustaba mucho, bien berreta, y que se pusiera en cuatro y no rompiera más las bolas. Fue duro, doloroso: de pronto su culo se abrió demasiado para dejar entrar algo muy grande. El dolor era bruto, más que cuando su papá lo castigaba, distinto, más adentro, y la cosa se movía y cada movimiento le dolía más que el anterior y además el Gallote los acompañaba con cachetadas en su nuca y recién entonces Julio terminó de entender que la movida era, sobre todo, un ritual: que el Gallote se lo estaba apropiando, lo estaba haciendo suyo.

Vaaaaamos todavía, gritó cuando le soltó un chorro de leche, le sacó la pija de su culo, le untó las nalgas con la leche, lo dio vuelta y le dio un beso en la mejilla: sos mío, varón, ahora podés estar tranquilo, no te va a joder nadie, le dijo, casi paternal. Después Julio pensaría que había tenido, a su manera, suerte: el Gallote estaba bastante fascinado con él y, a su manera, no lo estaba violando. Intentaba ser, a su manera, dulce y tierno, yo a vos no te rompo el culo sino que te lo alegro con mi trozo, le decía, y le permitía comer de su comida y dormir tranquilo y saber que nadie más le iba a hacer nada. Era, de una manera rara, como volver a ser un chico. Julio, a veces, sin querer, en cuatro o en dos patas, lo llamaba papá –y se ponía nervioso y trataba de corregirse y el otro se reía. Lo cuidaba, y el trato era claro: Julio estaba bajo su protección a cambio de lo que el otro quisiera. Ya sus compañeritos no le daban tanto miedo, pero el precio no dejaba de ser alto –alto y gordo y con una garompa así de grande, se dijo un día en que estuvo casi de buen humor. No solía sucederle; antes creía que su vida siempre había sido un desastre: en la cárcel aprendió a extrañarla.

Lo más grave era el tiempo: no se pasaba nunca. Julio sabía que lo único que quería todo el día era que se acabara, que se hiciera de noche así podía irse a dormir y no tener que estar pensando en todas esas cosas, o esperando el llamado del Gallote o imaginando qué mierda que iba a ser su vida cuando saliera de ese infierno. Y encima tenía que averiguar cosas para acortar el plazo: no era fácil, porque pocos hablaban con él. Lo evitaban para no irritar al machote, que no se creyera que le mariposeaban su propiedad, y se borraban. Así que más de una vez tuvo que ir al encuentro quincenal con el Atildado, en una salita oscura de la cárcel, con las manos vacías: el tipo se reía y le preguntaba si se acordaba de cuando en la escuela lo dejaban después de hora porque no le salían las multiplicaciones; bueno, acá también te vas a quedar hasta que aprendas. Julio temblaba, le pedía comprensión, le decía que hacía todo lo que podía pero no era fácil y él tampoco estaba preparado.

Sufría mucho la comida: largas colas con el plato en la mano para llegar hasta el mostrador todo manchado donde le servían, con un desprecio caricaturesco, el rancho hecho de algún guiso de porotos o fideos pegoteados o arroz con menuditos o una pata peluda de gallina hervida con una papa hervida. Desde que empezaba la cola hasta que terminaba de comer, Julio solía pasar una hora, hora y media, y primero no lo soportaba: iba contra todas sus costumbres. Poco a poco se dio cuenta de que, por suerte, la comida que le daban seguía sin importarle y que, en la cárcel, perder así su tiempo era un regalo. Entonces terminó de darse cuenta de que estaba en un lugar opuesto.

Sus mejores momentos eran a la noche, cuando los botones apagaban la luz y el Gallote no lo había llamado y él, en su cucheta, se relataba partidos de fútbol en los que Julio Méndez, el arquero estrella, salvaba a su equipo con voladas increíbles, atajaba penales, respondía con displicencia a las ovaciones de los hinchas y las miradas calientes de las chicas. O, mejor: cuando venía su hermana. La extrañaba, y Karola nunca había ido a visitarlo: le mandaba cartitas donde le explicaba que era demasiado sensible y que no podía soportar la idea de verlo ahí, preso, reventado. Pero que cuando saliera ya iba a ver que ella nunca había dejado de quererlo, le decía, y a la tercera o cuarta vez que leyó eso Julio se calentó como un eunuco y se hizo tremenda paja en su cucheta. Después quedó confuso: ¿estaría mal pajearse pensando en las tetas de su hermana? ¿En su hermana chupándole la pija? Le dio dos o tres vueltas y decidió que no: al fin y al cabo no la molestaba, no le hacía ningún mal, la respetaba. Era como coger consigo mismo, un sigo mismo con grandes tetas y un culo un poco desparramado pero seguía siendo un sigo mismo. Y tomó la costumbre: casi todas las noches, la bruta sacudida. En las cuchetas era lo más común: había momentos en que la celda, donde se amontonaban diez o doce, parecía una orquesta de huevones sacudiéndose la verga a un ritmo consagrado, cada cual con sus dibujos y fantasmas, todos juntos. El problema, si acaso, era cuando el Gallote se lo llevaba a su celda individual y lo empotraba: sabía que era la tasa, se había acostumbrado a soportarla pero le dolía –y lo dejaba sin ganas de maniobra por un par de días.

Y siempre estaba la amenaza de la puta faca y lo peor era pensar en el futuro y tratar de no pensar en el futuro. En la cárcel tenés que pensar en tu vida cuando salgas, le había dicho un penado sesentón, estafador pacífico; si pensás en la libertad te volvés loco, le decía el Gallote cada tanto: disfrutá de lo que hay, varón, que no estás muerto.

Un día, casi sin querer, Julio escuchó que un capo llamado Bantani estaba preparando desde adentro un secuestro importante. No consiguió detalles pero le dijo al Atildado lo que había oído y el tipo volvió días más tarde a decirle que había hecho muy buen trabajo, que con uno más como ese lo largaban. La semana siguiente supo una del Gallote: un guardia corrupto le había entregado veinte celulares para que su gente hiciera secuestros virtuales. Julio dudó mucho entre contarlo y no contarlo. No era un problema de lealtad sino de riesgo: contarlo, según el Atildado, era la libertad, pero si el Gallote sospechaba de él –y seguro que iba a sospechar– lo más probable era que terminara en una zanja. Se calló la boca, se comió tres meses más, la fístula empeoró, adelgazaba; al final el Atildado se apiadó de él:

–Te voy a largar, Méndez. Pero no porque me hayas servido, sino porque sos más inútil que la concha de tu madre, me ocupás lugar y tiempo al pedo. Acordate, sos un record: salís de la cárcel por idiota. Y me debes una, alguna vez te voy a cobrar.

Julio sabía que el otro no amenazaba en vano. Sus aventuras con las efedrinas y el Roque y el convento y Caseros y el Gallote lo habían gastado: nunca más quiso intentar nada, decidió que era mejor mantenerse en esa mediocridad tranquila en que nadie le iba a complicar la vida. Diez años más tarde seguía viviendo –mejor o peor, según los momentos de la patria– del café Guatefé, al fondo de Palermo, donde Borges se vuelve Acevedo. Con el antecedente de la cárcel no tenía muchas chances de hacer otra cosa y aprendió, para su sorpresa, a jugar al ajedrez y jugaba mucho contra un programa que no se reía de él y, de tanto en tanto, en algún torneo de los viejos del barrio. Perdía, generalmente, pero no le importaba: era lo suyo. Y se pasaba casi todo el día en el café con su hermana Karola.

En esos años ella, harta de esperar al príncipe o la princesa azules que nunca llegaban, terminó de establecerse como adivina. Todas esas artes que le habían servido para acechar la llegada del amor, ahora le daban para ganarse algún dinero, algún respeto, algún horror. Había aprendido técnicas variadas y las utilizaba sin importarle, se diría, que todas la hubieran llevado a un sinfín de fracasos. Era multitareas, pero su preferida era, sin las dudas, la bola: allí realmente se posesionaba, gritaba, giraba, se arrancaba los pelos y las pieles, se encontraba con todos sus demonios. Así que, en ausencia forzosa de su hermano, había decidido orientar el boliche hacia el espiritismo, lo decoró con máscaras blancas y plumas de ocelote, le bajó las luces, puso mesas redondas, convocaba sesiones. Fue un desastre. Estuvieron a punto de cerrar: a nadie le gustaba tomarse una cocacola en ese antro de almas y los espiritistas no hacían mucho gasto. Hacia 2012 Julio tuvo que poner sus últimos “ahorros” para seguir abiertos: no quería que su hermana sintiera que también había fracasado y, al fin y al cabo, gracias al café se pasaban todos los días juntos. Al principio eso les había complicado la vida, hasta que llegaron a una solución que les gustó a los dos. Sobre todo desde que él le prometió que nunca más intentaría pegarle, y lo cumplía con frecuencia. Aún así, nunca había tenido mejor sexo con ella que en la cárcel. A veces se le ocurría pensar que la vida era un chiste: la de vueltas y vueltas que había dado para llegar a la esquina de su casa. A veces, que todo eso era mentira, que nunca había pasado.