Días después de aquella charla desdichada, Estela lo llamó y le propuso que se vieran. En otro bar, lejos del barrio que los había unido, le dijo que lo del grupo estaba verde, que no se lo tomara tan en serio y que quería seguir viéndolo. Julio se estaba emocionando cuando ella le agarró la mano sobre la mesa y le dijo que tenía que decirle una cosa: que le gustaban las mujeres. Julio no terminó de creérselo: era tan femenina, debía ser una excusa. Julio sabía –con la misma convicción con que sabía tantas cosas– que las mujeres que buscan a mujeres son marimachos, marineros, nada que ver con aquella señora de maneras gráciles. Así que era obvio que se lo había dicho para no ofenderlo, para tratar de armar algún enganche que no incluyera el sexo. No era nuevo: a lo largo de su vida, varias mujeres con las que había tenido encuentros, breves relaciones, habían tratado de excluir cualquier gesto sexual. Julio se había preguntado tantas veces por qué, y nunca pudo contestarse. La respuesta, sin embargo, era tan fácil.
Estela, aquella tarde, le dijo que eso no impedía que se vieran otra vez: que quería seguir viéndolo. Julio se ilusionó, pensó que quizá con el tiempo, y ella lo atraía y tampoco había otra: lo aceptó. Estela tenía un trabajo regular, ocho horas por día en otro ministerio, el de Defensa, y Julio nunca terminó de saber cuál era su papel: sospechaba, por lo poco que ella le decía, que no era importante, algo administrativo. Se hicieron amigos, decía Julio, porque tenían tantas cosas en común: no estaba claro cuáles eran. Sí, les gustaba hablar de fútbol –ella era fanática de Independiente y la fascinaba que él hubiera jugado “de verdad”–; sí, les interesaba –decían– la política y la cuestión social y comentaban vaguedades y lugares comunes para tratar de no pelearse; sí, disfrutaban de las películas donde hubiera traiciones y venganzas; sí, preferían un buen bife con puré a cualquier otra cosa –o, por lo menos, eso le dijo ella. Pero este nivel de coincidencias les sucede a muchos y no por eso se embarcan en una relación en la que, excluyendo por supuesto todo contacto físico, compartían cada vez más cosas y más tiempo.
Julio estaba encantado y, al mismo tiempo, maldecía su mala suerte: cómo era posible que se enamorara –o algo así– de una mujer inmune a los hombres. Y al mismo tiempo, de algún modo, se envanecía de su originalidad: tenía una relación tan particular, tan distinta de todas. Cualquiera se engancha con una mujer, se calienta con ella, se la coge; lo suyo era absolutamente diferente –“espiritual”, decía– y eso lo convertía, por fin, en un ser peculiar. Estaba seguro de que no lo había hecho por eso, pero su relación con Estela le permitía desarmar su peor miedo sobre sí mismo: que era alguien absolutamente común, sin nada distinto a millones y millones. Se ve que no había leído los ensayos de Trécœur, la idea obvia pasada por francés de que las personas se enamoran porque es la única opción que tienen, en general, para sentirse algo menos vulgares –o, en sus propias palabras, “pas complètement interchangeables”.
Con Estela Julio se sentía casi único: alguien a quien el amor le había permitido amar de otra manera, una especie de adelantado o un mártir o un creador. Lo que le molestaba era el grado de simulación que la relación requería. Por un lado, la falta de sexo lo frustraba –a veces, tampoco le importaba tanto– pero debía aparentar que todo estaba bien y que disfrutaba de esa forma diferente de relacionarse. Por otro, cuando estaba con ella debía disimular su dinero: para Estela él era un empleado público medio progre que vivía muy justito de un sueldo, no un importador/exportador de materia prima para drogas duras. O sea que no podía proponerle un restaurante un poco más caro ni un fin de semana en la costa ni un buen regalo ni ninguna de esas cosas que habría podido pagar sin el menor problema. Aunque eso, al mismo tiempo, lo tranquilizaba: no era su dinero lo que ella quería sino a él mismo. Julio no salía de su asombro.
Y había más simulacros, pero ninguno fue tan extremo como el del hijo. Ella quería tener un hijo: solía decir que la única discordancia en su vida –como si no hubiera más– era que su condición le impedía parir y criar. En esos días una pareja de mujeres no podía; un hombre solo, tampoco: él le dijo que él estaba dispuesto a tenerlo con ella. Estela se emocionó, lo abrazó como nunca antes, le agradeció con lágrimas. Después le dijo que entonces deberían fornicar hasta concretar el embarazo: le dijo fornicar, una palabra que lo decía todo. Julio no lo había pensado –imaginó que quizá lo harían por inseminación o algo así– y de pronto se alegró y asustó por partes parecidas. Y más cuando, unas horas más tarde, ella le dijo que era virgen. Parecía un disparate, una mujer de cuarenta y tantos años virgen, pero tenía sentido: ella siempre había despotricado contra la penetración, esa agresión machista.
No fue fácil, para dos cuarentones inexpertos, encontrar la manera de hacerlo. Estela se incomodaba, se dolía, terminaba llorando que nunca lo conseguirían: el coito se había transformado en una empresa muy difícil. Julio se iba desanimando: ante cada fracaso se hacía más habitual que su verga flaqueara. Fueron meses de intentos y de angustias y hubo un momento en que pareció que se rendían, pero ella lo sostuvo: dijo que no iban a desperdiciar todo ese tiempo y esos esfuerzos, que tenían que seguirlo y conseguirlo. En junio de 2004 Estela tuvo su primera falta. Corrieron al ginecólogo, que les confirmó el embarazo. En esas primeras semanas Julio estaba mucho más entusiasmado que Estela: ella tenía incluso momentos en que dudaba si abortarlo –y es probable que no lo hiciera porque entendía la monstruosidad de haber obligado a su ¿amigo? ¿concubino? ¿socio reproductor? a tanto esfuerzo para después tirarlo. Parte del problema era, precisamente, el concubinato: Julio se preocupaba y la había convencido –o forzado– de que debían vivir juntos el embarazo así podía ayudarla en cualquier cosa que necesitara. Dos solitarios confirmados, la convivencia les resultaba áspera. A veces conseguían pasarse días y días sin dirigirse la palabra: Julio, entonces, se decía que había encontrado la mujer de su vida.
En marzo de 2005 nació Alelí, la hija de Estela Bondarchuk y Julio Méndez. Era una beba perfectamente normal, casi bonita –si los recién nacidos pudieran serlo– y les ofreció unos días de tal felicidad que la compartieron como si la fueran a compartir toda la vida. Julio se reía de aquella vieja frase que supone que los bebés llegan con un pan bajo el brazo: un pan como lo opuesto de una langosta o un foie gras, pensó, porque en esos mismos días recibió la noticia de que, en Guatemala, un cambio de gobierno obligó a Madariaga a una fuga muy precipitada. Se salvó: no llegaron a meterlo preso –de hecho, nunca más se supo de él y las hipótesis eran tan variadas– pero su banda fue destruida y Julio no volvió a contactarlos. Así que ahora sí era ese empleado público que le había dicho a Estela –aunque con un canuto, en un doble fondo de un armario de su depto, de paquetes y paquetes de dólares.
Julio pensó que quizá fuera una señal divina –aun si ya llevaba décadas sin creer en el dios de su escuela– de algo o alguien que le estaba diciendo que ahora ya era un padre y no podía complicar a su familia en esas tonterías: que los criminales siempre pagan sus culpas y él no iba a ser la excepción, a menos que aprovechara la ocasión para retirarse de una vez y para siempre y acá no pasó nada. Lo hizo –tampoco veía otras opciones– y agradeció a quienquiera que fuese que lo había salvado. Estaba aliviado, casi orgulloso: lo había hecho mucho tiempo, lo había aprovechado, y ahora conseguía dejar de hacerlo y todo bien.
Seguía teniendo, de todos modos, el café en Palermo, que funcionaba más o menos. Karola se lo había apropiado: no que no le pasara la plata que le correspondía pero, desde que Julio empezó a ver a Estela, hacía lo que se le cantaba, no lo dejaba participar en ninguna decisión, y casi todas eran malas. Cuando él trató de intervenir le dijo, belicosa, que él había elegido, que ahora no viniera a romperle las bolas. Julio intentó reconciliarse pero no hubo caso: cada vez que iba al café, su hermana lo insultaba y terminaba por echarlo. Julio no podía creer que ella, de pronto, fuera así; un día, al fin, se dio cuenta de que no podía ser de otra manera.
Su vida había cambiado: era, en apariencia, exactamente igual que antes –salvo por el bebé– pero era, en realidad, tan diferente. (En esos días se murió su madre, tras años y años de un alzheimer insoportable para todos. Julio no quiso ir al velorio pero pensó que debía ir a la cremación en Chacarita, aunque más no fuera por su hermana. Frente al cajón, su padre le dio un abrazo y le dijo al oído perdoname y él no le contestó. Su silencio le pareció un gesto de generosidad: solo podía pensar respuestas como puños.)
Julio le pidió a Estela si podía quedarse con ellas en su casa –un PH bien arreglado en San Cristóbal– y ella le dijo que por supuesto podía venir cuando quisiera pero que ya no iban a dormir juntos, que si quería le preparaba una camita en el cuarto de la bebé. Julio lo aceptó y se quedaba muchas noches y arrullaba a Alelí y no entendía cómo no se le había ocurrido antes esto de ser padre y que si no hubiera sido por la locura de Estela –y la suya propia al tolerarla– se habría perdido una de las mejores cosas de su vida. Y, sobre todo, una que le ofrecía un eje: ahora sabía qué le importaba realmente, de qué se ocuparía. Tenía que criar a esa nena con todos los cuidados como para mostrar y demostrarse que era posible, que la humanidad no era una mierda, que se podía ser un padre y hacerle bien a un hijo.
La nena no era fácil. Lloraba mucho, no siempre quería comer cuando debía, casi nunca se dormía a su hora, se cagaba con saña. Así son los hijos de los viejos, decía Julio con cierto fatalismo, y Estela ni le contestaba. Pero él tenía una especie de orgullo: a menudo podía calmarla cuando Estela se daba por vencida. Entonces no podía dejar de mirarla con cierta superioridad; ella odiaba esos momentos –y después se decía bueno, hombres, son tan idiotas que se creen mejores por tonterías como esta. La mecánica se fue instalando: Estela era la primera instancia y Julio el salvador de los casos difíciles –y Julio gozaba tanto del rencor de ella, la humillación de ella cuando podía lo que ella no podía. Gozaba tanto que casi ni precisaba subrayarlo: si acaso algún gesto menor, una sonrisa apenas esbozada, el placer de ganarle.
Así, hasta aquella noche. La nena tenía casi dos años, aprendía a decir ciertas palabras: estaba en esa etapa en que los chicos aprenden a decir que no –y lo hacía todo el tiempo. Aquella noche ella se regodeaba en negarse a todo lo que su padre le decía o pedía; él sintió que lo estaba provocando y le dio una cachetada. Estela lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Julio se llenó de vergüenza: perdón, mi amor, perdón, se me escapó, perdoname, nunca más va a pasar, pero la nena lloraba más y más en los brazos de Estela y cuando él quiso retomarla se arqueó para alejarse como un gato.
El miedo o el odio no le duraron mucho: al día siguiente la bebé volvió a acurrucarse en sus brazos. Pero una semana después, en una situación similar –nonononó nonononó–, Julio volvió a pegarle. Estela estaba en el cuarto del al lado y fue corriendo cuando oyó el llanto de su hija; miró a Julio, que no supo sostenerle la mirada, y entendió qué había pasado. Entonces, despacio, pronunciando con cuidado cada letra, le dijo sos un hijo de puta cómo pude equivocarme tanto yo sabía que vos eras así pero me hice la boluda porque quería parir, porque quería parir quise imaginarme que eras otro, le dijo, le arrancó a la nena que lloraba en sus brazos y salió de la habitación con un portazo. Julio durmió en el sofá del living: a la mañana, cuando se levantó, la casa estaba vacía y había, sobre la mesada de la cocina, junto a una taza de café frío, un papelito que decía “llevate todas tus mierdas y olvidate de Ale y no aparezcas nunca más”.
En los años siguientes Julio recordó tantas veces ese papel, ese momento. A veces pensaba en la pobre Alelí educada en un mundo de puras mujeres, de tortilleras redomadas, se decía, va a ser un marimacho de película, pobre nena, con lo dulce que era. Mientras tanto, su actividad principal consistió en contratar abogados y presentar denuncias y recursos para conseguir la potestad sobre la nena –o, por lo menos, el derecho a verla. Fue una larga pelea que nunca le dio satisfacción; hubo un momento en que supo que no le serviría para nada, renunció, se encerró para odiarla sin interferencias. Había tenido una hija, ahora tenía unas fotos de un bebé que no existía. “Un día me la voy a cruzar por la calle y no la voy a reconocer”, se dijo, y pensó en dejarlo. Fue entonces cuando entendió que él era eso, un padre violento que se había gastado su dinero, sus años, peleando para que le dejaran ver a su hija, fruto de una pareja retorcida. Pocos meses después, cuando ese médico distante le dijo que su cáncer era muy difícil, tuvo un momento de alivio antes de ponerse a lloriquear repitiendo por qué a mí, por qué a mí, por qué a mí. Lo malo era que sospechaba la respuesta. O, mejor dicho, estaba convencido.