Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

Hay innúmeras opciones y nadie sabe qué las determina.

Supongamos que la tarde en que lo echan de Atlanta Julio pasa caminando delante del locutorio de Habana y Concordia y ahí está Rodo, aburrido, parado en la puerta. Rodolfo es un ex compañero del colegio, uno de los que más lo habían burlado todos aquellos años, hasta que en cuarto lo expulsaron: una bala perdida. Cuando se descubren hay un momento de sorpresa y molestia; enseguida Rodo ve la desazón en la cara de Julio y le parece que puede ser rentable y le pregunta qué le pasa. Entonces Julio le dice lo que querría haberles dicho –a él y a todos los demás– varios años antes:

–¿Y a vos qué carajo te importa, sorete mal pisado? ¿Qué querés, que te lo cuente para ir a chusmear con tus amiguitas tan forras como vos?

Le dice y ve la cara demudada del otro y sigue caminando, dejando atrás los insultos que Rodo le lanza por la espalda: “Maricón, eso es lo que sos, un maricón, andá a colgarte de las tetas de tu hermana, maricón. Y no vuelvas por acá que te cago a trompadas, maricón”, remata el muchacho y se da por satisfecho y se recuesta de nuevo en la pared, un pie apoyado en ella, la cabeza echada para atrás y la mirada arriba, como si el cielo fuera su auténtica morada.

Julio camina, piensa dónde ir, no se le ocurre nada, enfila hacia su casa: total, no debe haber nadie todavía. Trata de ordenarse: tendría que decidir un par de cosas, entre ellas qué hacer con su vida –pero no se le ocurre nada interesante. Intenta organizar los datos: tiene 19 años, hace meses que terminó el colegio con pocos amigos y notas muy mediocres, imaginó que podía tener una carrera como futbolista pero no; podría trabajar con su padre en los taxis –manejar, administrar–, podría buscarse otro trabajo que seguramente sería un poco peor pero le pagarían menos, podría tratar de irse al interior o al exterior pero adónde, cómo, para qué: quizás irse a la mierda, buscarse un empleo de peón en una estancia de la provincia o de la Pampa, volverse casi un animal de campo, tener un perro fiel y compartir con él las horas, olvidarse de todas estas tonterías de la ciudad y el éxito y las minas. De pronto pasa un coche potente, lo salpica, Julio oye su acelerón y ve las manchas en sus piernas, en su camiseta; ya lejos, el conductor, un jovencito, saca la mano por la ventanilla y le levanta el dedo, tipo faquiu. El gesto forma parte de su vida: se lo hicieron tantas veces en la escuela, solo que entonces era la amenaza de una vejación que quizá se haya concretado; hace mucho que Julio decidió no saber. El pendejo del importado sigue con el dedito enhiesto. Julio lo reputea, sabiendo que el otro no lo va a escuchar: ¿será que su decisión será algo así, un grito al viento cuando ya lo jodieron?

–¿No era que vos no necesitabas nada, que ibas a ganar más plata en un año que yo en toda mi vida?

Le dice su padre cuando Julio le pide que lo inscriba en esa universidad que había rechazado meses antes, cuando apostaba todo al fútbol. Pero va a hacerlo: acaba de comprar su taxi número 20 y mandar a su hijo a esa institución para hijos de ricos es una gran manera de mostrar su propio éxito.

–¿Ves que sos un infeliz, que te creés que podés hacer lo que querés y al final tenés que terminar haciendo lo que te digo yo, gilún?

Le dice su padre, siempre listo para el apoyo y el aliento, y que ahora las clases ya empezaron así que no lo van a dejar entrar, que va a tener que esperar hasta el fin del semestre y que mientras tanto no se va a rascar el higo, que él no lo va a mantener para que se rasque el higo, que tiene que hacer algún trabajo, que capaz con los taxis, ya verán, pero que está contento de que se haya dado cuenta de que su opinión –la suya, de su padre– es mucho más acertada que la suya –la de su hijo– y que haya entendido que tenía que seguirla. Julio se había resistido de todas las formas posibles: se imaginaba esa universidad como una continuación del colegio por otros medios, un lugar donde todos se iban a creer más vivos que él, donde todos vendrían de “familias mejores” que la suya, donde todos lo van a maltratar. Pero no se le ocurría ninguna otra opción, y ya estaba claro que, si no estudiaba –o trabajaba con él– su viejo lo echaría, ¿y entonces adónde mierda se iba a ir?

La facultad le costaba de muchas maneras y le costaba muchos precios. Le costaba las intrusiones permanentes y ofensivas de su padre, que con el pago de la cuota se había comprado el derecho de controlar todo lo que hacía en ella, descalificar sus calificaciones, repetir que con un tarado como él estaba tirando la plata a la basura. Le costaba las risitas de su madre cuando su padre le decía esas cosas: recién entonces se le ocurrió que quizás él lo hacía para demostrarle a ella lo macho que era, calentarla, ver si podía cogérsela –y ese uso de su desgracia le dio asco pero esa debilidad de su padre lo reconfortó. Le costaba también las decepciones de su hermana cuando volvía con notas que no eran las que ella esperaba de él y él trataba de explicarle, por ejemplo, que ese profesor le tenía inquina porque se le notaba que no venía de una familia tradicional, una familia de plata, y entonces ella lo miraba raro y le decía que no creía que eso fuera a determinar la actitud de un profesor y él tenía ganas de decirle pendeja si no sabés cómo es el mundo mejor callate la boca pero en cambio le decía sí, quizá tengas razón, Karoli, quizá yo me equivoque. Y le costaba cada mañana levantarse, ducharse, vestirse lo más discreto que pudiera –incluso, muchos días, de saco y corbata–, tratar de peinar ese nido de caranchos medio rubio medio teñido de rubio que tenía en la cabeza y caminar hasta la estación Villa del Parque del ferrocarril San Martín, meterse casi una hora en uno de esos vagones repletos con olor a morocho –odiaba el olor de esos vagones, se llenaba de colonia pero ni así podía evitarlo– y, ya en Retiro, caminar hasta el edificio acero y vidrio de Libertador y Suipacha que albergaba a la UCiMer –la Universidad de Ciencias del Mercado–, una de las más exclusivas del país, donde su padre al fin lo había mandado gastando una fortuna entre la inscripción y un soborno al director para que aceptara a Julio pese a su triste rendimiento en el bachillerato. Y sobre todo le costaba estar ahí: eran clases muy chicas, casi como las del colegio, donde todos sus compañeros o compañeras parecían venir del mismo barrio, el mismo club, la misma iglesia, todos chicos y chicas con la papa en la boca y la sartén por el mango, una crema de Recoleta, Barrio Parque y algún Puerto Madero o San Isidro que sabían que él no era uno de ellos y, en lugar de maltratarlo como habían hecho sus compañeros del colegio, lo ignoraban, salvo cuando él no podía contenerse porque algún profesor lo corregía y entonces empezaba a mascullar cosas incomprensibles y agarraba lo que tenía sobre el pupitre y se iba con portazo; entonces sus compañeros se reían de él o, si acaso, le tenían miedito.

Le costaba: esos años le costaron un huevo, la pasó mal, estudió como un perro porque quería demostrarles a esos tarados y a su padre y su madre y su hermana e incluso a sí mismo que era capaz de rendir esas materias –que tampoco eran tan complicadas, la especialidad de la UCiMer era poner en contacto a los jóvenes que años después manejarían el poder económico argentino o, incluso, propiciar parejas realmente parejas. Julio, que no entraba en estos presupuestos, se empeñaba en estudiar, y fue así como topó con los libros de unos economistas que demostraban –que “demostraban”, decían– que la culpa de todos los males yace en el Estado y que la única solución, por lo tanto, para el mundo, es hacerlo desaparecer, y que qué sorprendente que tantos millones de hombres y mujeres acepten vivir como esclavos –del Estado– mientras claman y proclaman que son libres. Esos libros fueron un vuelco decisivo: por primera vez en su vida, Julio sintió que sabía y entendía algo que muy pocos sabían y entendían, que ese saber lo hacía distinto, lo hacía mejor, le permitía despreciar a todos esos que lo despreciaban. Fue un placer nuevo: él era diferente. Fue un bálsamo y un tónico y un látigo increíbles.

Y, quizá gracias a eso, los dos últimos años de la carrera tuvo novia: su idea del mundo y de sí mismo había cambiado tanto que, una vez que coincidieron en el ascensor, se atrevió a decirle a Sandra, la del 7ºD, que la invitaba a tomar un café ese sábado a las seis de la tarde. La chica lo miró raro pero con cierta fascinación ante este muchacho mayor –ella tenía 17 y el saco verde con pollera escocesa del colegio de las monjas de la Anunciación– que lo invitaba a una cosa tan rara. Pero, en lugar de rechazarla por extraña, pensó que seguramente así hacían los chicos y las chicas más grandes, los de la facultad, y que si le decía que no iba a quedar como una pendeja redomada y le dijo que sí. Arreglaron para encontrarse a las seis abajo, en el palier del edificio: él llegó seis menos cinco, ella seis y cuarto. Él estuvo a punto de decirle que a esas horas ya no valía la pena –era lo que sentía– pero no: el peso de seguir siendo virgen a sus 21 era demasiado insoportable y la esperanza de sacárselo de encima con Sandra le taladraba el cráneo, así que no le dijo nada, caminaron hasta el café de Gutenberg y Helguera, intentaron charlar. Ella le contaba historias de las monjas y el colegio, él simulaba una atención que le costaba. Después él le hablaba de cómo el Estado les cagaba la vida, ella simulaba una comprensión que no alcanzaba. Pero se fueron caminando de la mano –casi por azar, las dos manos se chocaron cuando salieron del café y se agarraron porque estaban ahí, juntas en el aire– y entonces Julio le preguntó si podía acompañarla hasta la puerta de su casa y ella por fin se rió en serio porque la puerta de su casa era la puerta de su casa y entonces se besaron y quedaron en verse muy pronto. Y esa segunda vez Julio, que había hecho todo un relevamiento en la zona, consiguió dirigirla hacia uno de esos hoteles por horas. Se había pasado días pensando cómo haría para convencerla de que entraran, si sería mejor charlarlo antes o hacer un giro brusco ante la puerta o parar delante de la puerta y mostrársela con un gesto invitante o fingir una caída justo antes para que ella tuviera que pararse y ayudarlo o más o más o más y en realidad cuando estaban a media cuadra ella le sonrió y le dijo vamos al Caribito, Julio, con un tono que ni siquiera era del todo una pregunta, y él le dijo sí claro mi amor y después, ya en la habitación, las diferencias se volvieron demasiado claras: ella sí sabía qué hacer, y lo hacía con soltura, mientras que él era torpe como un oso castrado y no lo conseguía. Hasta que ella se rió, lo miró de arriba abajo y le dijo si era su primera vez:

–¿Es tu primera vez, cariño?

Y Julio intentó decir que no pero dijo que sí porque no sabía cómo decirle no y entonces ella lo miró con una ternura infinita y le dijo vení, papito, vení que mami te va a enseñar cómo se hace. No fue fácil, pero parece que pudieron.

El arreglo duró lo que duró: Julio estaba contento de haber mojado al fin la chaucha, Sandra contenta de tener a un universitario en el bolsillo, pero no encontraban mucho que hacer juntos y, sobre todo –se quejaba ella–, él la excluía de su vida. No era cierto, le decía él, pero no podía completar el argumento –“porque no tengo vida”–. Y era verdad que nunca la había invitado a las raras fiestas o reuniones con compañeros de la facultad a las que lo invitaron. Lo avergonzaba esa chica tan de barrio con su ropa chillona, sus giros y palabras y actitudes tan inadecuadas: una que no había aprendido nada de todo eso que él intentaba integrar a marchas forzadas para parecerse, dentro de lo posible, a sus compañeros.

Y entonces ella empezó a sospechar –sobreestimándolo como hacen tantos con sus socios sexuales– que no la invitaba porque allá tenía otra, y él no podía explicarle la auténtica razón, ofensiva y barata, y no tenía argumentos serios para desmentir las sospechas salvo el recurso a la confianza, del estilo si no me creés no podés ser mi novia, y entonces ella pero cuándo te dije que iba a ser tu novia, y entonces él con la vergüenza de haber vuelto a decir una tontería que solo le dejaba el recurso de la insistencia, la repetición: si no me creés no podés ser ni siquiera mi amiga, y entonces ella ah, así que amiga, si con todas tus amigas terminás en la cama no me extraña que no quieras invitarme a tus reuniones –y así de seguido: no hay peores discusiones que aquellas en las que uno debe ocultar sus argumentos, aprendió Julio en esos días, y decidió evitarlas para siempre. Se le hizo, a lo largo de su vida, muy difícil, rondando lo imposible, pero aquella tarde le dijo sabés qué, si me vas a hacer kilombo mejor te vas a la reputa madre que te parió, pendeja del orto.

La frase le salió contundente y le costó, en los años siguientes, tantas pajas que a veces se miraba para ver si de verdad no tenía pelos en las manos. De hecho, cuando se estaba acicalando para ir a recibir su diploma se vio uno en la palma derecha y trataba de arrancárselo con los dedos izquierdos y no lo conseguía y tuvo que buscar una pincita y aún así y al final lo sacó y se quedó muy preocupado y casi llega tarde. Ya hacía tiempo que no creía en el Dios de los curas pero, si existía, se divertía barato.

La ceremonia fue una desgracia: no podía dejar de pensar en el puto pelito de la palma de su mano. Quizás era una forma de distraerse, de no pensar en lo que realmente le preocupaba: qué carajo iba a hacer ahora, ya licenciado, ya eyectado de ese refugio donde siempre le habían hecho sentir que era un inferior, ya lanzado a un mundo donde siempre lo sería.