Vidas de JM
Vidas de JM Novela interactiva de Martín Caparrós

A sus 33, Julio Méndez ya había perdido el empleo en el que había depositado más expectativas y sobrevivía haciendo declaraciones fiscales para pequeños comerciantes de su barrio: era un mago, decían sus clientes, para ocultar entradas y aumentar los gastos y esquivar los impuestos. No hay que dejarse afanar por esos turros, solía decir Julio y se decía, cada vez que lo hacía, que así estaba aplicando sus ideas, combatiendo al Estado opresor sanguinario. Pero nada de eso lo consolaba de la primera gran decepción, cuando Willy le jodió la vida.

Guillermo Bull había sido uno de sus compañeros de carrera: un muchacho tan bien. Era alto, flaco, con su mandíbula cuadrada y su espalda cuadrada y su mata de pelo rubio lacio y su ropa siempre apropiada y su acento y relaciones y, sobre todo, la empresa familiar: una de las grandes financieras de la City porteña. La dirigían su padre y su tío, pero el tío –homosexual sin disimulo– no tenía hijos y su padre solo a él, o sea que estaba claro que la heredaría. También por eso era uno de los estudiantes más “populares” –con más chicas rondándole, más esperanzas depositadas en el tercer botón abierto del escote– y además entendía las materias como si hablaran sobre él, las aprobaba sin problemas. En suma, el alumno perfecto, que durante la carrera le prestó a Julio la misma atención que el resto de sus compañeros: apenas más que cero.

Por eso Julio se sorprendió tanto cuando, dos o tres meses antes de recibirse, Willy le propuso que tomaran una copa. Lo citó en el Claridge, el bar inglés de un hotel seudo inglés bastante cerca de la facultad, se pidieron –Willy pidió– dos gin & tonics y le dijo que quería proponerle que trabajaran juntos. ¿Que trabajemos juntos?, dijo Julio, que no supo disimular su sorpresa. Bueno, sí, que te vengas a trabajar conmigo a la financiera, aclaró el otro. Willy le llevaba una cabeza; siempre lo miraba desde arriba y él se desesperaba. Siempre había visto el mundo desde abajo, y el consuelo era casi peor: con esa desgracia de padres que tenía, se decía, era un milagro que no fuera enano.

Willy le explicó: que en unos días se iba a pasar el verano a José Ignacio, a juntar fuerzas porque después de las vacaciones se iba a integrar definitivamente a la dirección de la financiera y quería hacer ciertos cambios para mejorar la rentabilidad, pero que iba a estar en minoría frente a su padre y su tío y que todos los empleados estaban con ellos, sus patrones durante tantos años, y que por eso necesitaba alguien en quien poder confiar, alguien que estuviera a su lado y de su lado y que por eso había pensado en él, le ofrecía una especie de gerencia desde donde controlaría todas las transacciones y reportaría únicamente a él, sin más jefes ni nada, y que el sueldo era tal –bastante bueno– y a fin de año siempre caía un bonus y que tendría una secretaria y esas cosas. Julio le dijo que sí, que claro y muchas gracias, que cuándo empezaba, y no se animó a hacerle la pregunta básica –¿por qué yo y no algún otro compañero de esos que son mucho más amigos tuyos?– porque intuía la respuesta y prefería no escucharla.

Así que a mediados de febrero se instaló en su nueva oficina: era un cuarto agradable, bastante más grande que el que seguía ocupando en casa de sus padres, y era suyo, lo había conseguido por sus propios méritos –o algo así. En la oficina había un escritorio grande de madera, una silla de cuero negro con rueditas, una ventana con su luz y vistas a los techos, un par de clasificadores, unas tarjetas con el logo de la financiera y su nombre y apellido y Vero, la secretaria, en una mesita detrás de la puerta. El trabajo parecía farragoso pero no complicado: se trataba, como le había dicho Willy, de controlar todas las operaciones, comparar las rentabilidades, armarse una idea general de la marcha del negocio. En la financiera trabajaban unas 40 personas: diez eran mujeres –secretarias, limpiadoras, archiveras– y el resto hombres, todos bien trajeados, impecables, jefes y vendedores. Julio tuvo que hacer un esfuerzo para ponerse a tono, pero su condición de “amigo de Willy” le permitía ciertas extravagancias.

Su presentación a los hermanos Bull, el padre y el tío, fue un almuerzo elegante en el Grill del Plaza: Julio estaba maravillado y aterrado, atenazado por el miedo de decir una palabra que no correspondiera, equivocarse con un cubierto o un ademán cualquiera. Los hermanos le preguntaron un poco por su vida pero sin profundizar: parecía más cortesía que control –y, por otra parte, ya debían tener toda la información en sus cajones o en el cajón de alguno de sus servidores. Julio pidió su bife bien cocido, por si acaso, y les contó que venía de una familia muy recta, muy católica, que su padre era un empresario del transporte –así, sin precisiones– y que lo fascinaban las finanzas porque son tan puras, una rama de las matemáticas que te bañan en plata. Cuando dijo puras los hermanos Bull cruzaron media mirada, cuarto de mirada; Julio no lo notó. Y el almuerzo siguió con toda compostura y, cuando terminó, los dos hermanos le dieron la mano y le dijeron bienvenido a casa, esperamos que te vaya muy bien en nuestra compañía. Julio no supo si se referían a ellos mismos o a su empresa: son las ventajas, pensó, de la palabra compañía.

Le fue bien: todavía se ponía nervioso cuando debía enfrentarse con grandes pilas de billetes, millones de dólares que la financiera manejaba siempre al borde de la legalidad, pero los hermanos le habían tomado cierto ¿aprecio? y lo incluían en operaciones que podrían haber sido para personas con más antigüedad, lo invitaban a almorzar con ellos y Willy una vez al mes, y su jefe y amigo se fiaba de sus revisiones y manejos; solo de tanto en tanto le pedía que cambiara una cifra aquí, un concepto allá. Julio lo hacía sin preguntas ni sospechas; recién al cabo de un año de trabajo empezó a preguntarse si esas modificaciones tenían una meta: gracias a ellas, Willy ocultaba ciertas operaciones a su padre y su tío, distraía sumas cada vez mayores, les hacía ver que el negocio funcionaba mucho peor de lo que funcionaba. Julio no quería creer que fuera eso: durante varios meses se resistió con fuerza a la evidencia. Después, ya en el momento del arrepentimiento, no paraba de pensar que para eso sí que era bueno: imaginar que las cosas no son lo que son, meterse el perro.

En este caso, por supuesto, le servía: si estaba haciendo lo que no quería creer que estaba haciendo, era cómplice de Willy en varios delitos financieros. Al fin no tuvo más remedio que aceptarlo y fue ese miedo el que le dio el valor de enfrentar a su jefe. Una tarde, a la salida de la oficina, le pidió que fueran a tomar un gin al Claridge, que quería conversar un par de cosas. Willy lo miro raro pero debió ver algo, porque accedió sin más inquisiciones. Y, una vez allí, ya servidos, Julio vomitó sus sospechas: que estaban armando una contabilidad paralela y engañosa, que alguien estaba desviando plata, que acá pasaba algo muy grave. Willy levantó su copa y brindó por él:

–Yo sabía que eras un sabueso, que esto no se te podía escapar de ninguna manera.

Julio no sabía si su amigo –su jefe– se reía de él porque había tardado meses en descubrirlo o realmente le estaba encomiando la astucia mercantil. Prefirió lo segundo y chocó la copa que el otro le ofrecía y volvió a preguntar qué era todo eso. Entonces Willy, con una sonrisa cómplice, le dijo en voz baja –aunque no había nadie a menos de diez metros– que los viejos estaban demasiado viejos y con su apego a los viejos modelos y la vieja moral de tres al cuarto estaban llevando la financiera a la ruina y que él debía evitarlo y que lo estaba haciendo –con su ayuda inestimable, por supuesto. Willy le sonreía con todos esos dientes impecables; Julio disfrutaba la confidencia y la confianza.

–En un año, meses más meses menos, vamos a conseguir que los viejos entiendan y manejen tan poco que prefieran renunciar antes que reconocerlo, y ahí vamos a tener toda la libertad de dirigir esto como se debe, como nos enseñaron, como nosotros sabemos.

Le dijo Willy, rebosante de complicidades vaporosas, y le preguntó si estaba dispuesto y le parecía bien. Julio le dijo que sí –después se diría que no podía haber dicho otra cosa pero callaría que se había entusiasmado por esta inclusión que lo ponía en un lugar de peso– y volvieron a chocar las copas. Julio pensó que Willy lo miraba de una forma rara y se preguntó qué haría si tratara de besarlo. Willy parecía tan seguro de sí mismo, tan tranquilo, tan sonrisa de rubio ganador. Julio se dio cuenta de que no sabía y se asustó: yo soy bien hombre, que no salga con mujeres no quiere decir que vaya a hacerme puto, pensó, pero no tuvo que decidir nada: Willy le dio una palmada en el hombro y le dijo vamos, Julio, que se nos hace tarde.

Durante ese año –que fueron menos de diez meses– las modificaciones –las falsificaciones–  se volvieron cada vez más brutas. Los viejos no parecían notarlo y, por el contrario, su confianza en Julio crecía sin cesar. Por fin una mañana de mayo del 98, cuando llegó a la oficina, Julio se encontró un desorden general: nadie estaba en su puesto, todos hablaban en grupitos por baños y pasillos. Fue a la oficina de Willy, que lo saludó con los dos pulgares en alto para decirle que lo habían conseguido: desde entonces esa imagen de los dos pulgares lo acompañaría siempre con una rara ambigüedad: era el triunfo y era el engaño sobre ese triunfo. Willy, sonriente, le dijo que lo acompañara a la sala de las computadoras, el espacio más grande, donde cabían más personas. Y allí, frente a todos los trabajadores de la firma, el heredero dijo que su padre y su tío habían decidido renunciar de una vez por todas para gozar de un merecidísimo descanso en los últimos años de sus vidas y que, a partir de ese momento, él se hacía cargo de la empresa. Todos sus empleados pasaron frente a él y lo felicitaron dándole la mano: ronda de los vasallos rindiendo pleitesía al nuevo amo. Cuando le llegó el turno, Julio también le extendió la mano pero Willy lo atrajo en un abrazo: lo conseguimos, viejo, lo conseguimos, le susurró al oído.

Era un viernes; ese fin de semana Julio no hizo nada especial pero una extraña alegría lo seguía a todas partes. El lunes, cuando llegó, temprano, vio que su oficina estaba cerrada con un candado nuevo. Vero, su secretaria, le dijo que Willy lo esperaba en la suya, la que había sido de su padre. Julio pensó que quizá querría darle un despacho mejor –ojalá el de su tío– y caminó sonriendo. Cuando entró en la oficina de su cómplice y jefe lo vio serio, sentado recto en su sillón de cuero recién okupado:

–Quiero agradecerte tus servicios. Fueron una ayuda invalorable.

Le dijo Willy y le alcanzó un sobre que tenía sobre su escritorio. Papel madera, tamaño oficio, gordo.

–Con esto vas a poder vivir como un pashá hasta que encuentres otra cosa.

Julio no estiró la mano para recibirlo, Willy se quedó con el brazo en el aire.

–No entiendo lo que me estás diciendo.

–No te hagas el boludo, Julio. Como te dije, sin tu ayuda no podría haberlo hecho. Pero ahora sé que sos capaz de traicionar a unos jefes que creen en vos, que te tratan de primera, como mi viejo y mi tío. Así que no puedo guardarte conmigo. ¿Cuánto tardarías en traicionarme a mí también?

–Pero, Willy…

Empezó Julio y el otro lo paró con la mano, le alcanzó de nuevo el sobre, le dijo que en serio era una cantidad importante, su reconocimiento. Julio se calló: quería decirle que lo había hecho por él, porque creía que era su amigo, que él se lo había pedido, que no era una traición sino pura lealtad pero el otro no quería escuchar nada:

–No lo hagamos más difícil todavía, Julito. ¿Vos te creés que a mí no me duele? A mí me duele casi más que a vos. Pero los negocios son así, yo no puedo confiar en uno que hizo lo que vos hiciste…

Julio estuvo a punto de decirle que se metiera el sobre en el orto, que no lo había hecho por la guita y, por un momento, pensó que lo tenía en sus manos: alcanzaba con contarles a los dos hermanos cómo su hijo y sobrino los había afanado y el conchudo de Willy quedaba culo para arriba. Empezó a decírselo y el otro lo interrumpió enseguida; se veía que ya lo había pensado:

–¿Vos te creés que te van a creer, después de todo lo que hiciste, de cómo los cagaste? Gracias que no te han denunciado… Bueno, gracias a mí, que les pedí que no te denunciaran.

Julio se guardó el sobre en el bolsillo interno del saco y se fue con portazo. Consiguió que Vero le abriera la puerta de su oficina para llevarse sus pocas cositas y se fue a su departamento a las 11 de la mañana, en un subte casi vacío, sintiéndose tan raro. Recién cuando llegó a su casa abrió el sobre. La cifra era y no era: 50.000 dólares, que le dieron un poco de excitación y de asco; gracias a su ayuda y su trabajo, Willy se había quedado con una empresa que ganaba el triple cada puto día. Pero pensó que estuvo a punto de dejárselos y le dio una especie de arcada: al fin y al cabo era bastante plata. Y también se le ocurrió que quizá Willy tuviera razón: él le había mostrado con todo detalle las trapisondas que era capaz de hacer, así que era lógico que no quisiera tenerlo cerca. Decidió que nunca más haría ese tipo de maniobras para otros: que, si acaso, con extremo cuidado, las haría solo y para sí, en el secreto más total. Y, sobre todo, que nunca más confiaría en nadie que lo llamara “amigo”: que el gran engaño de Guillermo Bull debía servirle como lección para toda la vida. Pensó –durante dos o tres días pensó mucho– en tatuarse en el antebrazo izquierdo, con letras cursivas y chiquitas, la frase “Amigos son los huevos”. Así, se decía, lo recordaría, no volvería a caer en la estupidez de creer en la sinceridad de los “amigos”. Al final no lo hizo, más por miedo al dolor de la aguja que por cualquier otro argumento.

Para colmo tenía que mudarse. En esos días su padre le había regalado un dos ambientes ni grande ni chico en un edificio ni feo ni lindo en un barrio ni agradable ni desagradable: Villa Crespo. Parecía que don Beto había buscado el más mediocre de los departamentos para no tener que privarse de decirle –una vez más– que se lo compraba porque era un inútil incapaz de conseguirlo por sí mismo pero que como le daba pena se lo daba: te lo compro porque si tengo que esperar que vos puedas pagarlo me va a salir la barba blanca de Matusalén. Julio pensó en la opción de no ocuparlo, de dejarlo degradarse lentamente hasta que las cucarachas se comieran toda la mediocridad y el lugar se convirtiera en una selva negra, pero se arrepintió: para justificarse, se dijo que eso sería dejarse influir demasiado por ese hijo de puta que tenía como padre, y que no debía hacerlo; la realidad era que ya no podía seguir en casa de sus padres después de ese regalo –así que se mudó. A sus 28 años empezó a vivir solo y, curiosamente, le gustó.

Pero tenía que decidir qué hacer con su vida. No quería gastarse los 50.000 de Willy y tuvo suerte: se consiguió muy pronto –otro contacto de la UCiMer– un trabajo en el departamento financiero de una gran corporación con todo tipo de negocios, desde las comunicaciones y los medios hasta la producción de pollos, tampones, parabrisas, y allí probó su nueva decisión: ser un helecho. Que nadie lo notara, ni para reproche ni para encomio: hacer exactamente lo que le pidieran, ni muy despacio ni muy rápido, sin faltas pero sin alardes, una maquinita aburrida y fiable. En los primeros meses le pareció lo mejor y se aburría como un cerdo: se dio cuenta de que extrañaba esos días en que participaba en un montaje arriesgado, siempre al borde. Después, mientras se acostumbraba, decidió que ese era el trabajo que quería: tranquilo, sin ardor ni sobresaltos, aburrido. Que el trabajo fuera solo un trabajo: el lugar donde entregaba cada día ocho o nueve horas de su vida a cambio de un salario. Eso era, al fin y al cabo, lo que le habían enseñado en la universidad. Además, en ese rol estaba más tranquilo. Tenía –siempre había tenido– problemas de redacción e incluso de palabra. Con los números en las planillas estaba más tranquilo, pero las palabras siempre lo amenazaban, se le iban, les perdía el control. Le costaba, por ejemplo, acertar los géneros: la primer silla, decía, por ejemplo, en lugar de la primera. O “le dije a todos” en lugar de les, y todas esas cosas. No era tan ignorante como para no saber que no sabía, y se avergonzaba, pero no conseguía corregirlo. Mientras no lo lograra, la posición helecho era adecuada.

Necesitaba compensar tanta rutina: extrañaba la adrenalina que le había producido el gran despojo de los hermanos Bull y debía suplirla de algún modo. Las mujeres no parecían ser lo suyo: después de Sandra lo había intentado un par de veces sin ningún éxito. Y nunca había pensado que los hombres fueran una alternativa –siempre había dicho que los gays eran unos asquerosos, unos enfermos, unos asquerosos– pero a veces pensaba en ese momento en que tuvo miedo de sentirse atraído por el turro de Willy, ese delincuente que no había dudado en estafar a su padre y su tío con la sonrisa más refulgente de la City porteña. Lo había pensado –lo había sentido– sobre todo aquella tarde en que le confió los detalles de su estafa y tuvo el impulso, que supo refrenar o no supo concretar, de abrazarlo de una vez por todas; después, cuando lo recordaba, le parecía enfermo y asqueroso y se felicitaba de que, aún en ese estado etílico, pudo recordar quién era, cuál era su lugar.

En cualquier caso, ni hombres ni mujeres; harto de caprichitos y confusiones y fracasos se había decantado claramente hacia la paja: se compró un aparato de video y un televisor color, en la oficina había un mensajero que le vendía videos bien brutales –los de cueros y máscaras y látigos lo calentaban más que cualquier otro– y era mucho más cómodo y agradable rompérsela a manotazos que soportar las tonterías de una chica y los demás peligros. También miraba fútbol, sí, en la tele color, pero lo deprimía: había cada patadura que no entendía por qué no estaba ahí, del otro lado de la puta pantalla. Y a veces todavía se cruzaba con Gustavo, pero su amigo del colegio era ingeniero, se había casado, tenía dos hijos, una vida tan distinta de la suya que a los pocos minutos se quedaban sin nada que decirse –o se peleaban. Y trató de entretenerse con algunos libros, pero casi ninguno le interesaba: esas novelitas donde la gente se hace grandes problemas por tonterías como un engaño o una muerte, esos supuestos ensayos que eran panfletos comunistas, esas denuncias de corruptelas menemistas que no lo convencían. Se había encontrado con un par de libros que renovaban aquello que había leído en la universidad y que nunca había olvidado del todo: proclamas de unos que se llamaban a sí mismos “libertarios” y denunciaban la dictadura del estado, de cualquier estado, ese monstruo que obligaba a las personas a hacer tantas cosas contra su voluntad, contra su libertad y que, casi peor, les robaba, por medio de los “impuestos”, mucho dinero so pretexto de dárselo a los pobres, a los avivados que no querían trabajar. Esos sí le habían interesado, pero tampoco estaba dispuesto a hacerles mucho caso.

Se sentía despojado, inútil, casi perdido: tanto, que empezó a ir a almorzar a lo de sus padres casi todos los domingos. La escena allí no había cambiado: solo se había deteriorado. Su padre estaba mucho más viejo pero seguía despreciándolo y se empeñaba en que no le quedaran dudas al respecto; su madre seguía sonriendo con los desplantes de su señor marido. Fue allí, en una charla del estilo te acordás cuando Julio quería un perro, pobre, qué tarado, con el lío que nos hubiera hecho un perro en el departamentito donde vivíamos entonces, que decidió que lo iba a hacer: ahora sí podía. Para algo tenía que servir ser un adulto.

Después siempre pensaría que fue casualidad que fuera Sansón, un mastín yugoslavo dispuesto a cualquier lucha, a toda violencia: que justo vio ese aviso en el diario La Prensa de que vendían cachorros muy sanos y bastante baratos, llamó, hizo dos o tres preguntas y decidió ir a comprar uno. Quizás el inicio fuera casualidad: todo el resto fue el proceso absolutamente voluntario de un señor incorporando una bestia a su vida. Sansón había sido chiquito pero creció descontrolado, casi 100 kilos y una altura de 80 centímetros. Julio lo encontraba mucho más interesante y atractivo que la mayoría de las personas: tenía largas conversaciones con él y nunca lo decepcionaba. Había aprendido a interpretar cada uno de sus gestos –si levantaba esta pata o la otra, si torcía la boca, si se rascaba tal o cual oreja, si lanzaba un quejido lastimero, si se acostaba achatado en el suelo, si le gruñía como a un enemigo– y podía darle gustos. Julio lo quería, lo respetaba, a veces lo temía: Sansón podía lambetearlo de amor baboso o mostrarle los dientes como si estuviera por comérselo. A veces tenía que pegarle, para sacarlo bueno. Se decía que era como un hijo, y que a los hijos hay que enderezarlos antes de que se tuerzan del todo: que, a la final, en eso sí tenía razón su viejo. Y a Sansón no le gustaban los azotes pero los soportaba con paciencia de esclavo –igual que él.

Es cierto que el perro tenía sus inconvenientes. Para empezar, el olor que le impuso a su casa: mezcla de mierda de can, orina de can, putrefacta comida de can, sudor de can, cantal: un tufo insoportable. Tanto, que una de las raras veces en que invitó a una mujer a su departamento la pobre chica casi se desmaya del olor y no vio más opciones que salir corriendo. Él no: lo soportaba sin problemas, estaba acostumbrado, lo extrañaba cuando pasaba horas sin olerlo. Y también su energía: no era raro que le saltara encima y lo tirara al suelo, lo mordisqueara con cariño y le sacara sangre, sus afectos. Julio los apreciaba, pero también entendió que debía dar salida a sus instintos y vigores –los del chucho– y le enseñó a pelear. Encontró, por un compañero de la empresa, una asociación semiclandestina que entrenaba perros de pelea y se juntó con ellos. Le gustaron: eran ocho o diez hombres de edades diferentes que compartían ese orgullo de ser dueños de una auténtica bestia y se esforzaban por hacerla más bruta todavía. Julio participaba de sus ejercicios, sus avances, Sansón estaba cada vez más fiero y –aparentemente– más sumiso y, tras los entrenamientos, su dueño solía tomar un vino con los otros: lo trataban bien, casi con respeto, no le hacían reproches. Hablaban bastante de política, en términos amargos: son todos unos ladrones, unos hijos de puta, habría que ponerlos en este galpón y largarles los perros, a ver si aprenden de una vez por todas. Sansón, cuando Julio lo soltaba en algún campo, le trajo ratones, comadrejas, alguna liebre y dos o tres perdices, pero nunca ninguna diputada. En las peleas, sin embargo, se volvió invencible: Julio era, por fin, un ganador.