Ya cerca de sus 50 su problema en la vida había sido siempre –y seguía siendo– su amor por sí mismo siempre tan contrariado. No aprendía: se quería, se creía bueno en esto o en aquello y la realidad se apuraba a desmentirlo. Al fin y al cabo ya había llegado –habría dicho, si alguna vez hubiera leído al Dante– al “mezzo del cammin della sua vita” y no había hecho nada que valiera la pena recordar. Seguía trabajando en la misma corporación donde había pasado los quince años anteriores y su plan helecho había funcionado tan bien que no había ascendido ni un puesto en el escalafón ni había ganado amigos entre sus compañeros o filos entre sus compañeras. Ni siquiera disfrutaba de las ventajas de su rango: sus colegas a menudo tenían que arreglar asuntos con políticos de segundo nivel a los que daban plata u otros valores a cambio de su firma en una autorización o su adjudicación de una licencia, y siempre se quedaban con algo y además los llevaban a comer y beber a restaurantes caros. A Julio nunca lo mandaban porque –pese al plan helecho– tenía fama de irritable, peleador, y era un riesgo ponerlo a sobornar a un pelotudo. Él, alguna vez, pensando en el asunto, imaginó que se lo hacían por honesto; no quiso pensar que se lo hacían por necio.
Así que tenía un sueldo –ni bueno ni malo sino todo lo contrario–, tenía tres o cuatro trajes viejos y uno para las ocasiones especiales, tenía tres pares de zapatos y media docena de camisas y otra media de corbatas y seguía en el mismo departamentito que su padre le había regalado veinte años antes y seguía –el verbo seguir era un eje de su vida– tan parecido a sí mismo. Estaba deprimido y a veces pensaba: justamente deprimido. Soy un fracaso, uno que nunca supo qué hacer consigo sismo, uno que nunca supo qué hacer y ve cómo la vida se le va escapando sin dejar nada que valga la pena. Otra veces, que era víctima de una injusticia que demostraba la estupidez del mundo: que no podía ser que un tipo como él llevara tanto tiempo postergado, despreciado por sus jefes, arrumbado en un rincón como una vaca vieja. Se agarraba unos ataques de odio que no sabía cómo frenar: a veces, bebiendo hasta olvidarse; otras, a puro puñetazo en la pared. Pero nada de eso servía para mejorar su situación. Sabía, por ejemplo, que todos sus compañeros de la UCiMer tenían puestos directivos importantes y él era el único que seguía haciendo garabatos en una oficina donde no pinchaba ni cortaba. Era como una mancha en el suelo que se fuera extendiendo hasta hacerse tan delgada que pronto llegaría la empleada y le pasaría fácilmente el trapo, y ya. A menos que Sansón la ahuyentara con su presencia y sus ladridos. Ya podría hacerlo, con lo caro que le costaba mantenerlo: más de una vez había tenido que privarse, para alimentarlo, de cosas que quería.
Pero, cuando se animaba, creía que nada de eso era su culpa. Había vuelto a leer a esos autores “libertarios” que le explicaban que los culpables eran, sobre todo, estos políticos hijos de puta que hunden el país, que para que te vaya bien tenés que ser un cerdo como ellos y rendirles pleitesía y esas cosas. Se contradecía, y lo sabía: al fin y al cabo, su situación en el trabajo era mucho más efecto del proyecto helecho y su incapacidad para relacionarse y reaccionar que de cualquier político o política que se hubieran impuesto en la Argentina. Un par de años antes, cuando asumió el liberal Mauricio Macri, se ilusionó módicamente. No que fuera a cambiar mucho el país, pero pensaba que su vida quizá sí, que un profesional empleado en una corporación tenía derecho a esperar ciertas mejoras –aunque no sabía cuáles ni para qué las quería, probablemente para sentirse un poco menos tonto, menos frenado, menos desperdiciado. De pronto el plan helecho le parecía el gran error de su vida: se había plantado en una maceta y nunca había salido de ella, había desperdiciado todos esos años dejándolos pasar, con un puestito y un sueldito y la sensación de que alguna vez saldría de la sombra y haría algo pero sin hacerlo –y cada vez le quedaba menos tiempo o, por decirlo más claro, ya estaba en el descuento.
Pero el azar acecha: la noche que cambió su vida fue una como tantas. Estaba de mal humor. Había invitado a una compañera de la oficina a tomar una copa en un bar de Palermo: no tenía ninguna intención particular –solo quería arreglar un tema de vacaciones y francos que podían intercambiar– pero ella, quizás, había entendido mal. En cualquier caso la esperó más de una hora: era evidente que la señora no vendría. Julio empezó a deprimirse –o habría que decir: “Julio retomó su estado habitual”– y pidió la tercera, o quien sabe la cuarta; entonces entraron cuatro hombres y uno de ellos lo saludó casi efusivo: era un gerente de otra rama de la corporación que lo invitó a sentarse con ellos. Él le dijo que no, que no quería molestarlos –cuando, en realidad, no quería aburrirse con unos pesados que ni conocía. Pero el otro le insistió a tal punto que habría sido grosero negarse –y era un jefe–: bueno, un trago y me voy, que mañana empiezo muy temprano. Era la clásica respuesta del empleado olfa que quiere ganar puntos frente a un superior, solo que no se realizó. Julio se tomó dos más –y también se había clavado sus antidepresivos poco antes– y de pronto se transformó en el alma de la fiesta: se lanzó a una arenga despampanante sobre lo mentirosos ladrones idiotas ridículos soretes ratas que eran todos los políticos y cómo incluso estos que se decían liberales no paraban de usar al Estado para enriquecerse y para mantener a millones de buscavidas que no querían trabajar sino vivir de la plata de la gente de bien que la ganaba con el sudor de enfrente y tenía que entregársela al Estado para que se la diera a estos delincuentes so pretexto de eso que llaman justicia social que es un robo como nunca hubo y que mientras la libertad no llegara al país seguiríamos hundiéndonos cada vez más en la miseria y así y así y más cosas así, todas a los gritos y con mucho revuelo de pelambre y con chorros de baba y las manos peleando con el aire. Era, claro, lo que había leído en esos libros, pero de pronto, en ese bar, le pareció que podía hablar de lo que decían sin decir que lo decían ellos y que alguna gente podría escucharlo, interesarse incluso. Sus contertulios variaban entre la risa y el asombro y cuando se tomó un respiro –él no pensaba en terminar: de pronto todas esas ideas que había ido absorbiendo poco a poco se le juntaban en los gritos y le parecía que podía seguir así horas y horas– para limpiarse la saliva que le caía sobre la corbata, los demás empezaron a aplaudirlo y vitorearlo –¡Méndez, Méndez!– y todo el bar se dio vuelta a mirar qué pasaba.
–Vos tenés que venir al programa.
Le dijo uno de los cuatro, un treintañero con saco azul cortón y camisa blanca sin corbata, cráneo rapado, la cara regular, un diente roto.
–¿De qué me estás hablando?
–Del programa, disculpame, no me quedé con tu nombre. ¿Cómo te llamás?
–Méndez, Julio Méndez. Pero lo del programa sigo sin entenderlo.
–Sí, claro, disculpame. Soy productor de un programa de debate en BienTV, Oíd Mortales, y me encantaría que vinieras. Esas palabras tienen que difundirse.
–Estás en pedo, perdoname que te lo diga pero estás en pedo. Yo no soy un personaje de la televisión para andar haciendo el tonto en un programa así. Yo soy una persona seria, un economista.
–Vos tenés un potencial enorme, Méndez, te lo digo yo.
–Otro que sabe cómo es el mundo, quién sirve y quién no sirve. Haceme el favor, pibe, no me rompas más las bolas con esta estupidez.
Dijo, se levantó, se fue. Cuando llegó a su departamento Sansón lo esperaba ansioso. Pensó que se había olvidado de dejarle comida, o que se la había comido toda y quería más: la alimentación de la bestia se llevaba un buen trozo de su sueldo y, a menudo, tuvo que renunciar al bife con puré y comer pizza varios días seguidos para que el perro pudiera comer carne. Pero esa noche no era eso: Sansón tenía todavía unos trozos de bofe en su latón e igual le ladraba lastimero. Julio se lo llevó al sofá de dos plazas que tenía en el living, justo enfrente del televisor color –un sofá tan manchado por sus jugos que le daba un poco de vergüenza–, y le empezó a contar lo que le había pasado: que un pelotudo de esos que quieren transformar a todo el mundo en bufones baratos se las había agarrado con él, quería que él también fuera uno de esos, que casi lo revienta. Pero el perro, sentado en el suelo frente a él, le ladró lastimero, de un modo que Julio sabía que significaba desacuerdo.
–¿Y qué querés que haga, Sansón? ¿Que me vuelva uno de esos payasos lamentables?
El perro levantó la zarpa derecha, se la puso, pesada, en la rodilla.
–No, no me digas que eso te parece bien. Vos no te preocupes, que tu carne siempre la vas a tener, aunque tenga que salir a robar la vas a tener, aunque me tenga que quedar sin comer nada la vas a tener…
El perro lanzó otro aullido lastimero.
–No, sí, no te preocupes, es una forma de decir. Vamos a salir adelante los dos, no te preocupes. Pero no me pidas que haga esa pavada, que me ponga en ridículo.
Al otro día, en la oficina, dos de los cuatro compañeros que había visto la noche anterior se presentaron en su escritorio, le dijeron que había estado del carajo, que tenía que aceptar la oferta de Rodrigo, que era una oportunidad única, que si le podían dar su número para que lo llamara.
–Desenlón, si quieren, pero diganlén que no me llame.
Era obvio que la mejor forma de que no llamara era no dárselo: Julio no podía terminar de dejar atrás las opiniones de Sansón. Y tampoco las del señor Karadagián, su gran patrón: aquella misma tarde el dueño del conglomerado lo hizo subir a su oficina –debía ser la tercera o cuarta vez que le pasaba en tantos años– y, mirando el ventanal con tanto cielo en lugar de su cara, le dijo que sabía qué había dicho la noche anterior y que le parecía muy interesante y que le haría mucho bien a sus negocios si aceptaba ir a ese programa, que él y la empresa sabrían reconocérselo. Fue un golpe inesperado. Y, para más inri, cuando llegó a su casa Sansón estaba mustio, echado en un rincón: cien kilos de carne desparramados contra el suelo y la pared de su cocina, ocupándola casi por entero. Entonces pensó que ya era hora de llamar a Karola y preguntarle qué pensaba: sí, Yuls, podría ser entretenido para vos, interesante para los demás, y te ganás unos pesos. Si no lo hacés sos un boludo.
–¿Y si lo hago?
–También, gordito, ya sabés.
Ese sábado había una pelea importante, y Sansón era una de las atracciones principales, favorito muy cómodo, invicto en veintipico de combates. Julio lo llevó, como siempre, en su renault, hasta el galpón de Quilmes donde estaba la crema. Los recibieron con el entusiasmo acostumbrado: muchos de esos señores habían apostado fuerte por Sansón. Que se veía medio dormido, medio bobo, pero Julio no se preocupó: ya lo había visto así otras veces y en cuanto entraba al cuadrilátero se despertaba y se imponía. Esta vez no: casi no se defendió cuando el otro –un dogo medio flaco– se le tiró al cuello, lo enganchó con sus dientes, le empezó a hacer sangre. Julio pegó un grito para parar la pelea, darse por vencido; varios señores lo putearon: lo acusaban de haberse dado por vencido demasiado rápido, y de haberles hecho perder una torta de plata a cada uno. Sansón seguía desparramado en la arena sangrienta; Julio saltó a su lado, trató de levantarlo en brazos, no podía. Entre varios se lo llevaron a su coche y de ahí a una veterinaria conocida. La chica lo examinó por todos lados, le hizo sacar la lengua, le sacó dos o tres radiografías y, una hora después, le dijo a Julio que su perro estaba muy jodido:
–Un cáncer terminal, le quedan pocos días.
Julio no lo podía creer. Respiró hondo:
–¿Y no hay nada que podamos hacer?
–Si quiere que no sufra, sí: sacrificarlo.
Julio pegó un grito, que cómo carajo se le ocurría asesinarlo; la señorita –rubia, joven, anteojos excesivos, su guardapolvos blanco refulgente– se asustó. Cuando recuperó la compostura empezó a hablarle de otra opción: acababan de aparecer en el mercado unos perros mecánicos, otro invento chino, que eran idénticos a cualquier perro que uno eligiera y se movían igual y hacían las mismas cosas:
–Son iguales iguales a los verdaderos, solo que no se mueren nunca y, si los programan para eso, pueden hablar cualquier idioma. El lío es que se necesitan unas células del perro modelo y…
–¿Y no le puede sacar unas a Sansón, por si acaso?
–No, señor, disculpe que no se lo expliqué: solamente se pueden sacar del animal cuando recién se ha muerto.
Julio le dijo que todo eso le parecía una patraña pero que, ya que estaban, quería saber cuánto salían: siete mil dólares, le dijo la veterinaria, cada perro al cambio de hoy, que eso ya se sabe que cambia todo el tiempo, y que era un precio promocional, hasta que se aceptaran y se difundieran.
–¿Pero usté ha visto alguno, conoce alguno?
–Claro, señor, y usted también. No le digo muchos, pero bastantes de los que se ven por la calle o en las plazas son de esos.
Julio estaba perdido, desolado. Por primera vez en mucho tiempo se sintió terriblemente pobre: no tenía ni para pagar un Sansón chino. Era cierto que había desperdiciado lo mejor de su vida. Decidió irse: esa veterinaria y esa rubia solo le recordaban su fracaso. Sansón caminaba con dificultad, se tambaleaba, se cayó un par de veces. Ya en el departamento lo instaló en su cama –ocupaba más de la mitad– y se echó en el trozo que le quedaba para pensar qué hacer. No había mucho que pensar, pensaba, cuando sonó su celular: era el productor del otro día, Giardinotti, que quería que se encontraran para hacerle una oferta. Pese a las opiniones de Sansón y el patrón y Karola seguía dudando de hacer la payasada: tantos años de trabajo serio para eso. Pero de pronto se le ocurrió que quizá la estupidez podía salvarlos:
–No, Giardinotti, si es por querer, yo no quiero hacer eso ni mamado. Pero lo que necesito ahora son 20.000 dólares. Si me querés, pagame esa guita y yo hago lo que quieras. Y si no no me jodas más, ¿me oíste?
Giardinotti lo había escuchado, por supuesto, y le dijo que veinte mil era una barbaridad, que nunca le habían pagado a nadie eso por una participación. Julio le dijo que ese no era su problema, pero que tampoco tenía que ser por una sola: que podían arreglar por tres o cuatro o las que quisiera, pero que él necesitaba esa moneda.
Arreglaron por cinco salidas y Giardinotti le dio la plata, unos billetes obscenamente nuevos, numeración corrida. Oíd Mortales era uno de esos programas que se sostienen con el aporte desinteresado de empresas y empresarios que necesitan periodistas que digan lo que ellos callan, que aprieten a un ministro, les hagan sus mandados –y que, para disimular que esa es su misión, tienen que hablar de algunas otras cosas, gratis, con gran dolor de su alma, también llamada billetera. Julio fue presentado como “economista de una corporación mayor” y su participación fue un fracaso completo: quiso explicar con lujo de detalles técnicos por qué la toma de deuda del gobierno de Macri no iba a funcionar y los bostezos destruyeron quijadas. Lo cortaron a los seis minutos –cuando tenían previsto el doble– y el productor se escondía en un rincón: su gran descubrimiento había sido un desastre.
Se jugaba el trabajo –y quizás, incluso, el dinero que había adelantado–: al otro día se reunió con Méndez a la salida de la oficina y le explicó que así de maestro siruela no iba a ninguna parte, que si quería llegar a algo en la televisión lo que tenía que hacer era lo que había hecho esa noche en el boliche; Julio le contestó que él no quería llegar a ninguna parte y menos en la televisión, y Giardi, entonces, que todo bien pero que le devolviera, antes del fin de la semana, las 16 lucas que le debía. Julio le dijo que lo iba a intentar, pero sabía que no tenía cómo conseguirlas. Esa noche, frente al espejo de su baño, ensayó muy deliberado lo que había hecho casi sin querer en el boliche de Palermo; se sentía pasablemente idiota, pero más idiota –pensaba– se sentiría buscando la plata para pagarle la deuda a este tarado.
La primera –segunda– noche, Giardinotti le dijo que había estado mucho mejor, que se le notaba la intención, pero que se soltara más, que no se cuidara tanto de vaya a saber qué. Julio podía explicarle de qué se cuidaba pero no tenía ganas; la segunda –tercera– noche se tomó un par de whiskies, un par de pastas, se olvidó de todo y su acto fue arrasador: gritaba, cantaba, puteaba a diestra y a siniestra, agitaba los pelos muy revueltos, hacía garras con las manos, decía que todos los políticos eran unos hijos de puta chorros sin escrúpulos y que nosotros las personas de bien los íbamos a reventar a todos y todas esas cosas. A la mañana siguiente, Giardinotti lo llamó para felicitarlo: había triplicado el rating del programa y, por supuesto, querían seguir con él.
–Sos un crack, hablás de lo que nadie habla, de lo que no se animan.
–Ellos saben por qué no se animan. Yo digo la verdad, pero si la decís mucha gente te odia. ¿Viste que nadie quiere decir que es hombre y que es racista y que está a favor de los ricos porque hacen que el país avance? Bueno, yo lo digo, y me quieren y me odian, mucha gente me odia.
–Ese es tu éxito, Julio: no hay nada mejor que construir sobre el odio.
Julio empezó a ir a Oíd Mortales una vez por semana, par de whiskies, par de pastas, puro personaje. Alguna noche, en el maquillaje –que Julio controlaba obsesionado– Giardinotti le preguntó si jalaba mucha merca antes de salir al aire. Julio le dijo que no, que nada; el otro no se lo creía. Julio no le contó de verdad lo que tomaba: la merca era talquito al lado de las pastas que se metía en el cuerpo, que lo liberaban de cualquier traba, que lo llevaban a ser el que era. Y el que tropezó con un gran descubrimiento: a partir del segundo mes empezó a hacerlo –además de la guita– por la patria. Le habían dicho que lo importante era parecer siempre muy convencido y no le resultaba fácil: él siempre había estado del lado de la duda, tantas veces había dicho que solo los locos se convencen del todo y había adoptado el personaje del hinchapelotas que duda de todo, el escéptico distante, el que no se va a dejar engañar por estas boludeces. Pero de pronto imaginó que la duda era un lujo que no se podía dar –le repicaba en la cabeza una frase de algún filósofo que no terminaba de ubicar, “la duda es la jactancia de los intelectuales”– y se convenció de convencerse, aun a riesgo de enloquecer un poco. Para hacerlo, las opciones más fáciles eran Dios y la Patria, o la mezcla de ambos, que eran el coctel clásico. No tenía ninguna buena razón para no usarlos. Y de pronto fue como un bálsamo: se sintió tan a gusto. Era encantador tener dos o tres convicciones, poder creer en ellas, poder basarse en ellas, no tener que dudar más porque esas convicciones le ofrecían certezas para todo. Qué amable podía volverse así la vida: ser lo que siempre había sido, un hinchapelotas gritón y peleador pero por una causa –y una causa noble. Lo descubrió, se convenció: ya no era un bufón puteador para ganarse unos mangos y comprarse copias chinas de su perro; ahora lo hacía para convencer a los argentinos de que la única salvación era acabar con todos estos políticos y, sobre todo, con el Estado que los abrigaba: que solo así la Argentina volvería a ser una potencia como había sido alguna vez, no sabía bien cuándo pero mucho tiempo atrás. Ahora ya no solo tenía un curro; tenía, más que nada, una misión, que Dios le había encargado.
Fue un cambio radical: su vida, de pronto, empezó a tener sentido –o algo así. Se sentía pleno y habría estado pletórico si Sansón no hubiera estado agonizando ante sus ojos. La noche en que el perro dejó de moverse le dijo que no se preocupara, que él nunca lo olvidaría y le preguntó si creía que nuestra cruzada –dijo “nuestra cruzada”– podía funcionar. Sansón, con sus últimas fuerzas, levantó la zarpa derecha y la dejó caer sobre su rodilla: le decía que sí. El perro se murió aquella madrugada; a la mañana siguiente la veterinaria le hizo unas fotos y le extrajo las células necesarias para crear las copias. Julio le encargó tres.
Pensó en tomarse unos días pero prefirió no hacerlo. El trabajo no le importaba nada, pero no podía dejar la cruzada en dique seco: tenía que ir a la tele. El conductor de Oíd Mortales, el Tuco Berbotsky, un colorado con bastante mala leche, lo mimaba y lo pinchaba alternativamente y hacían, es verdad, un buen show. En un par de meses muchas personas lo saludaban por la calle, le decían vamos Julito, seguí pegando Méndez, no hay que dejar ni uno con cabeza, reventalos a todos esos turros –y otras soflamas semejantes. A veces alguno le gritaba un insulto o le tomaba el pelo: ya van a ver, tarados, cómo les via romper el culo, se decía, y se sentía de vuelta en el patio del colegio.
–Yo los trato a ellos como ellos me trataron a mí. O yo qué soy, el ángel de la caridad, que tengo que dar vuelta la otra mejilla. Yo les doy vuelta la mejilla de un sopapo. O, por lo menos, una buena puteada.
Explicaba, las pocas veces que explicaba algo. Julio Méndez se había vuelto casi famoso; semanas más tarde un hombre con aspecto oriental le tocó el timbre y le entregó, vivitas y coleando, las tres réplicas chinas. Eran perros, verdaderos perros –indistinguibles de los verdaderos perros–, solo que no eran cachorros sino adultos: cien kilos cada uno, trescientos kilos en su living, que lo querrían como si hubieran crecido con él, como si hubieran vivido siempre con él, se volverían sus hijitos. Al principio, sin embargo, tuvo miedo de habilitarles la función “idioma humano”; ya vería si después, con el tiempo, se atrevía.

Así se pasó casi un año: terminó yendo a la tele dos o tres veces por semana. La misión justificaba cualquier sacrificio. Su show atraía espectadores y algunos, incluso, lo tomaban en serio cuando insistía en que el Estado era el ladrón mayor y todos los que trabajaban para él los ladronzuelos, cuando gritaba que todos los que no pensaban como él eran comunistas y que los comunistas eran moralmente inferiores, personas despreciables, asesinos de chicos, cuando proclamaba que el SuperMercado estaba por encima de todo y cualquier cosa que tuviera demanda debía poder venderse: armas, mates lavados, niños, órganos, abuelitas, drogas, políticos ladrones. A veces se quedaba sin argumentos nuevos pero no se preocupaba; le bastaba con llamar a su hermana Karola que, indefectiblemente, lo proveía con más: que por qué las mujeres no podrían vender sus cuerpos si quieren y tienen compradores, que el papa de Roma es un zurdo hijo de puta enviado del Demonio para estos bajos mundos, que a quién se le ocurre esa estupidez de sacarles a los ricos para darles a los pobres, que si son pobres por algo será, y todas esas cosas. Uno de esos días le dio el mejor consejo que nunca le dieron –solía decir Méndez–:
–Tenés que hablar de economía, esa es tu ventaja, que vos te sabés todas las palabritas y como nadie entiende una mierda te creen lo que les decís. Y cuanto peor les digas que está todo, más te van a creer.
Julio le hizo caso, claro, y se mostraba cada vez más enfático, más apocalíptico. Y en eso estaba cuando recibió, inesperada, la llamada del diputado Pedro Sanz Brioles. No lo había vuelto a ver en todos esos años.
–Te invito a comer al Jockey, Julio.
–Esta semana no voy a poder. Pero el lunes podría.
Le gustó hacerlo esperar. Y cuando llegó el lunes, vitel tonné y bife bien cocido, el diputado y líder de LibreMercado lo felicitó calurosamente por la campaña increíble que estaba haciendo por las ideas del partido, que todos ellos lo seguían con mucho entusiasmo y esperaban mucho de él, que por eso lo había llamado y quería proponerle algo:
–Quiero, queremos, que encabeces la lista de diputados del partido para las elecciones de 2025.
Julio amagó una protesta: no tenía ningún interés en ser diputado, un cargo que, perdonando los presentes, dijo, debía ser más aburrido que chupar un clavo y además él tenía mucha más llegada en la televisión que en ese nido de ratas que tienen ahí en ese edificio maloliente, dijo, y mientras lo decía pensó que quizás estaba siendo muy grosero con Sanz, diputado al fin, pero el hombre mantenía la sonrisa, asentía con la cabeza, parecía a punto de aplaudir con las orejas.
–Por eso mismo, Julio, por todo lo que estás diciendo: el plan, por supuesto, no es hacerte diputado y dejarte ahí. Ese es solo un paso para la meta en serio: hacerte candidato a presidente.
Entonces fue Julio el que se atragantó con la isla flotante.
–¿Me estás jodiendo, diputado?
Sanz Brioles no insistió: solo le dijo que no le contestara ahora, que lo pensara un poco. Julio le contestó ahí mismo que ni loco, que no era lo suyo:
–Seré audaz pero no soy estúpido. Con esta pinta de loco, con estas salidas de pista que me mando todo el tiempo, no me va a votar ni el perro.
–Bueno, los perros. Alguien me dijo que tenías tres perros muy especiales… Eso acá paga. La gente está tan decepcionada con las personas que muchos se han tomado en serio aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Y vos, con tres perros heroicos, reproducciones del gran perro, vas a arrasar, Julio, te lo digo yo.
Julio se quedó pensando: la inclusión de los perros chinos en el asunto lo entusiasmó. Pero no la veía:
–Lo que pasa, Pedro, es que la gente solo me conoce por este personaje que estoy haciendo en la tele, el cabreado, el león. Va a ser muy difícil sacarles eso de la cabeza y presentarme como un tipo que…
–¡¿Sacarles eso de la cabeza?! ¿Pero cómo se te ocurre, Julio? Si eso, ese personaje, es precisamente lo que tenés, lo que hace toda la diferencia. No, no tenés que sacarles eso de la cabeza, al contrario, profundizar, profundizar…
–Pero Pedro, ¿vos te creés que los argentinos son tan idiotas como para votar a un payaso como yo?
–Idiotas no es la palabra, Julio, ni de lejos. Al contrario: votar por vos, que no sos ningún payaso, va a ser una muestra de hastío y de coraje y de decirles a esos politicastros de siempre que nunca más, pero nunca más en serio.
–¿Y si me llegan a elegir qué hago?
–No te preocupes, ni en pedo te van a elegir. Pero la campaña vale la pena: nos divertimos como locos y nos llevamos una torta de plata. Y encima hablamos de nuestras ideas, las hacemos circular. Es negocio redondo.
–Pero, ¿y si me eligen?
Insistió, la voz cada vez más apagada.
–No te van a elegir, Julio, no te preocupes, los argentinos están locos pero no tan locos. Y de últimas si te eligen mejor todavía, hacés lo que se te cante, das vuelta la Argentina como un guante. Ahí sí que la rompemos toda.
Julio salió caminando, rumiando la idea: se iba dejando convencer contra sus propias opiniones. Seguía pensando que era un disparate pero un gran disparate: él, el Loco, el Petiso, el fracasado al que nadie nunca había tomado en serio se podía convertir en un nombre que todos conocieran, en un hombre. Llegó a su casa: extrañó tanto a Sansón, haber podido preguntarle qué pensaba; los tres chinos, mientras, se peleaban como alguien solo se puede pelear consigo mismo. Pero llamó a su hermana y Karola le dijo lo mismo que Sanz: “No perdés nada, Yuls. Si querés yo te ayudo. Nos divertimos, la pasamos bien, te hacés más famoso, te invitan a las cenas, te suben el caché, te conseguís alguna mina que te guste, te llevás una guita importante y, de pura culpa, capaz que me comprás una cartera, ¿qué puede salir mal?”.
–Tenés razón, mi vida, como siempre.
Le dijo, decidido. Y ella aprovechó:
–Además, tengo una historia que te va a lanzar a la estratósfera.
Le dijo, y que acababa de leer un cuento –ella, a diferencia de su hermano, sí leía– de Borges, algo sobre un impostor inverosímil que le hizo entender que cuanto más disparatado es un embuste más chances tiene de que muchos lo crean. Y que entonces se le había ocurrido que él tenía que contar un cuento así, un absurdo completo, para que muchos le creyeran, lo apoyaran.
–Pero no entiendo, Karo, ¿un cuento como qué?
–Mirá, se me ocurrió pensando en esto que decía Sanz: vos tenés la ventaja de los perros, ¿no?
–Bueno, eso dice él.
–Y yo también lo creo: ponelos a jugar. Podrías decir por ejemplo que lo que te decidió a presentarte fue el recuerdo de Sansón…
–No, Karo, no, lo quise en serio, no quiero meterlo en esta historia.
–No, sí, que su recuerdo fue…
–Pará, pará. No hablemos del recuerdo: ¿y si digo que fue él el que me dijo que me presentara?
Lo fueron armando por teléfono, la excitación crecía: al final, la historia sería que el señor Dios, allá en el Cielo, le dijo a Sansón que le dijera a su amo que debía presentarse a elecciones porque pronto sería el presidente de los argentinos.
–¿Y yo cómo lo supe?
–Es fácil, Yuls, te lo dijo Sansón a través de Farah, tu médium de animales.
–¿Y esa Farah…?
–No existe, Yuls, no seas boludo, pero quién se va a poner a averiguar.
–Karo, vos sí que no sos medium, sos un animal entero.
Le dijo, admirativo –y siguieron armando sus delirios. El único problema era que faltaba tanto para las elecciones de 2027. Hasta que, semanas después, todo cambió de golpe: el entonces presidente, un energúmeno llamado Javier Milei, tuvo que renunciar por un brote psicótico, y su vicepresidenta fue tan cuestionada que debió llamar a elecciones anticipadas en octubre de 2025. Ése, sin duda, sería su momento.